¡Yo le Odio Señor Disney!

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Botas&Kadenas
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¡Yo le Odio Señor Disney!

Mensajepor Botas&Kadenas » 19 Ago 2010, 20:10

Desperté angustiado tras la pesadilla. Mi respiración era rápida, el corazón intentaba escapar del pecho y un sudor frío caía sobre las blancas sábanas de mi vieja cama. En la oscuridad una tenebrosa neblina gobernaba la habitación, me arrastré hasta la mesita de noche en busca de la caja de cerillas y una vela; encendí el fósforo y pendí la mecha en busca de un poco de lumbre en la negrura.

La sorpresa se reflejó en mis ojos, allí no estaba yo con mi soledad si no que me hacían compañía varios personajes. A mi lado permanecía Bambi con el hocico ensangrentado, también Pinocho con la nariz afilada. Me rodeaban también Cenicienta, Blancanieves, los siete enanitos, Mickey, Minnie, Pluto y el Pato Donald entre tantos otros; todos con cara de muy pocos amigos y los ojos bañados en sangre.

Intenté cerrar los ojos con fuerza procurando que así desvaneciera aquella alucinación, pero de nada sirvió. Aquella escena era tan real como yo y nadie podía evitarla, me sentía rodeado por aquel mundo de dibujos animados. Al fondo, junto a la puerta, permanecía firme y con los brazos cruzados el señor Walter Elias Disney, el padre de aquellas oscuras criaturas que ésta noche querían convertir mi cama en mi lecho de muerte. Me levanté con enfado;

- ¡Yo le odio, señor Disney! – grité con rabia

Pero aquel hombre ni se asustaba. Más bien hizo un pequeño gesto de risa y me enseñó sus dientes como cuchillos, punzantes y afilados, de los cuales intentaba escapar una lengua similar a la de los lagartos. En sus ojos se reflejaron pequeñas letras: “¿Y quién eres tú para odiarme?”

- Soy quien ha crecido con tu manipulación animada, quien creyó que el mundo sería maravilloso al convertirme en adulto, quien bebió de tu savia clasista y conservadora,… Soy yo quien, sin querer, te ha invocado no como a un Dios si no como a un Demonio de traje y corbata. Soy yo quien te odia por ser lo que eres, por haber creído en tus imágenes baratas, por ser quien representas. – repliqué.

El sudor ya no era un pequeño goteo, me sentía completamente empapado. Los nervios, la angustia y la ansiedad se convirtieron en pequeños vampiros que me mordían y se bebían mi sangre mientras yo, aterrorizado, miraba fijamente a los ojos de aquel señor que permanecía ante la puerta de mi habitación.

- No le temo, señor. Simplemente le odio; usted no sabe cuánto puedo llegar a odiarle. – pronuncié simplemente para que el silencio no empezara a mordisquear mis entrañas.

Pero aquel hombre ni se inmutaba. El señor Disney clavaba desafiante su mirada sobre la mía, me apuñalaba y destripaba con ella, me abría en canal con sus pupilas y me ahorcaba con su corbata. Ya no sabía si me había vuelto un loco o si aquello era señal de cordura, si realmente aquel hombre había sido criogenizado o si estaba soñando. Estaba yo completamente confuso, pero sin ninguna disposición a rendirme.

- ¿Cree usted qué existe alguna posibilidad de que la maldad siempre salga derrotada? Usted mismo está generando ahora mismo maldad en mi cabeza… ¿Será también usted derrotado? – pregunté sin esperar ya respuesta alguna.

- ¿Me niegas pero a la vez tienes esperanza que ésta sea una historia cómo las tantas que yo he creado? – respondió finalmente Walter

- No, no lo espero. No creo en sus palabras, simplemente. Desperté y me sentí defraudado al ver que no es todo tan bello y sublime como usted lo había pintado, muy señor mío. – respondí a penas sin respirar – Ya no creo en esos amores a primera vista entre princesas y plebeyos, ni en los finales felices, ni en la felicidad de los pobres, ni… Ni en tantas cosas, señor. Así mismo no comparto sus ideas conservadoras reflejadas y bañadas en tinta coloreada. Me repugna y no entiendo como no le repugna también a usted.

El hombre volvió al silencio, aunque no por cobardía como cualquier otro hubiera callado. Aquel hombre permanecía firme en su postura, desafiante y quizás algo prepotente ante lo que yo había expuesto. Seguramente sabía perfectamente cual debía ser su respuesta, pero por algún extraño motivo prefería ahorrársela.

Entonces Bambi hizo gesto de querer morderme, pero el hombre hizo un gesto rápido que le detuvo ante mi asombro. Ahora estaba convencido de la maldad de Walt: quería verme sufrir, experimentar si mis venas reventarían ante la tensión de la situación. Era cruel y despiadado.

Mi mirada se mostraba enfurecida a la vez que angustiante y amarga. Querían escapar las lágrimas, pero a su vez se veían retenidas por mis parpados que preferían apretar con fuerza antes que dejar entrever cualquier debilidad.

- ¡Yo le odio, señor Disney! – me reafirmé.

Entonces una bocanada de aire frío se cruzó ante mi asombro y apagó la vela. La ciega oscuridad acabó por desquiciarme; terminé por no comprender nada, por no saber si aquello era real. Pero así permaneció y yo lentamente tuve la sensación que dejaba de existir, que dejaba éste mundo y me adentraba en la más absoluta oscuridad que había dejado a su paso el apagón de la vela.

Aún así mi odio por el señor Disney no desvaneció.

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