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Modro
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Mensajepor Modro » 31 Oct 2005, 08:44

Tu amor ha dejado huella, en el más sucio rincón de mi negro corazón,
La huella es tan fuerte que no la puedo limpiar ni con estrella,
Aquel verano, y aquellas fiestas fueron inolvidables, ahora sólo puedo contentarme con los restos, lo he dado todo en esta vida por ti, sabías que daría mi vida, por tenerte a mi lado, sabes que te quiero con locura, y que sin tu amor no puedo vivir, aunque pienses que soy un mujeriego, sabes que lo poco que tuve contigo fue amor del verdadero, cada mensaje, y cada carta tuya era una iluminación para mis ojitos desalmientos el roce hace el cariño, pero a nosotros nos toco vivir la distancia, una gran distancia y eso enfrió las cosas, hizo que tú te alejaras de mi, y nunca más te volviste acercar, a partir de ahí mi vida estuvo marcada por las imprecisiones con las mujeres y llegó mi fama de mujeriego, porque no aguantaba más de dos meses con ninguna, porque tú has dejado en mi una gran huella, que nunca se borrará, y hace que cada vez que paso un momento especial con una mujer, yo pienso que estoy contigo, aún tengo deseos y esperanzas de que vuelvas algún día a mis brazos, aunque yo sé que es imposible, impensable, pero tus recuerdos de mi mente son imborrables, cada día que paso sin ti, es un paso más hacia al abismo, un día mas cerca de ese pozo negro sin fondo, se acerca la primavera, y me recuerda a que bonito es el amor, mas que nunca en primavera, pero me estoy haciendo poeta y tu amor en primavera no existe, mi vida esta hundida, el alcohol era mi salvación, ahora ni el alcohol quiere mis penas, me he metido en las putas drogas, que son un vicio que no puedo dejar, tú me bronqueas y me preguntas el porque me he metido en este mundo, pues porque estoy hundido, hundido en la miseria sin ti

Sabes que cuando quieras volver, aquí me tendrás, siempre tendrás el camino abierto a mi corazón, normalmente es muy difícil ganárselo y se tarda mucho en recorrer el camino, pero tú ya te sabes todos los atajos habidos y por haber, tú me creaste a tu imagen y semejanza, me hiciste tuyo, contigo senté la cabeza, y después de todo el daño y el calvario que me has hecho pasar, he aprendido mucho, ahora te amo todavía más, como la trucha al trucho, mítica frase que te dicen cuando eres pequeño, y que ahora repites con empeño, y que ahora sin fruncir el ceño ahora en mí se hace realidad, para mí siempre serás alguien especial, y tú lo sabes de sobra, aunque ahora seamos nada más que amigos, y ahora mismo yo también solo quiera eso, o eso tenga asimilado, pero cuando tú me digas quiero volver a empezar, eso nunca pasará, lo sé y me duele, aunque de ilusiones y masturbaciones vive el tonto de los cojones, yo no sé si doy en el blanco porque no se donde caen esas palabras de amor que yo te lanzo, no se si van a tu corazón o simplemente se quedan en tu cabeza, como si decírtelas no fuera ninguna proeza, y tu estuvieras cansada de poetas de discoteca y romerías, esos que sólo buscan la satisfacción de un día, pero tú sabes que yo no soy así, estoy obsesionado con tu amor ya lo sé, y así es mi vida y así te la he contado
Damos la cara po´la oficialidá
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cronopio
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Mensajepor cronopio » 07 Nov 2005, 02:30

-La Isla de la Calma-

(Madrid, 31/10/05)

Calles de Madrid... no te esperaba.

Y la verdad es que por mucho que lo hubiera imaginado, lo vivido en este imposible reencuentro me ha sorprendido completamente enamorado. Puedo mirar atrás y reconocer que todos los días al menos un pensamiento iba dirigido a ti y entonces era como si hablara contigo y compartiera dicho pensamiento, y siguieras de esa forma presente en mi vida. Sin embargo era yo el que forzaba el encuentro, el que siempre inevitablemente requería tu presencia y no al revés, por lo que soy consciente de que ya entonces soñaba el momento en que tú por ti misma aparecieras junto a mí para hablarme y compartir tu vida, y ofrecerme la esperanza de que el tiempo y el espacio gozan de infinitas dimensiones y es posible conectar al menos dos de ellas en un mágico instante.

El instante en que tú y yo volveríamos a vernos.

Nunca Jamás es el nombre del país imaginario por excelencia donde todos al menos una vez hemos estado aunque no siempre seamos capaces de recordar. Con el paso de los años –obligándonos a crecer- abandonamos ese país para alojarnos en el territorio común de la vida adulta y responsable, lo cual es necesario pero no suficiente. Hace falta soñar, seguir soñando y pronunciando Nunca Jamás como esperanza de que siempre dispondremos –si nos permitimos soñar- de ese país donde no existe pasado ni futuro sino un único presente incandescente en el que seguir experimentando la mayor aventura que te pueda ofrecer la existencia: Vivir.

Y si de vivir se trata, no es extraño que la estatua de un Hombre de Hojalata cobre vida al observarla con detenimiento y requiera mi presencia, o que simplemente perderse por las calles estrechas y misteriosas sea siempre el pasadizo a otro tiempo y lugar que la memoria será capaz de imaginar y revivir si lo desea.

Como tú deseaste revivir aquella mañana para acompañarme en mi búsqueda y orientarme hacia lo desconocido y empezar a tararear “Calles de Madrid...” llegando al puerto, y entonces, deslumbrado por la luz inmensa de la belleza del mar y su olor y su sabor, mirar a las alturas y divisar unos Molinos de Viento invitándome a sonreir de felicidad y sentarme en un banco del paseo para compartir contigo los versos de Luis García Montero que descubrí recientemente y no pude comentarte con anterioridad: Las confesiones de Don Quijote.

(:..)

Volver será el oficio del amor,
incluso en un lugar impertinente.
Regresa tú también,
aprieta con tus manos el silencio
del último rencor
hasta sentir la caracola
que ha guardado la culpa y la inocencia
junto a la voz del mar,
esta canción añil
de los saludos y el adiós
que todavía compartimos.


(...)

Y entonces en aquél banco de piedra de la Isla de la Calma, fumando a medias, desde nuestras calles de Madrid, te sentí ver llegar doblando la esquina donde se afinan los sueños y se encienden los ecos de palabras antiguas. Para engañar al dolor en lugar de acabar la canción. No podía ser de otra forma y sonriente lo acepté. La verdad es que lo había presentido en cierto modo esa misma mañana en el hotel cuando tumbado sobre la cama escuché esa canción y la sentí de una forma diferente, no sé, como si allí, en ese lugar tan alejado al que llegué volando por primera vez en la realidad, fuera posible encontrar la búsqueda rodeado de sirenas y fantasmas. La vieja sirena y el fantasma de la soledad. ¿Recuerdas? Glauka y Krito otra vez juntos sentados en un banco divisando el mar y aprendiendo a vivir, a soñar, a aceptar lo que uno es para poder (si lo desea) ser otro. ¿Y qué otro desearía ser yo? El gallo cantó a mediodía y una hora más tarde aparentemente me perdí por la ciudad. Lo que no podía imaginar es que tú me siguieras como la sombra que un día soñé y que esconde la intensa luz de la melancolía futura, y que esa mañana de sábado me cegó de ignorancia y desconcierto primero, para después regalarme simplemente la vida. No la mía, por supuesto, sino la de esos otros que no fui y que nunca seré. Como el niño feliz saboreando un helado de limón en un rincón de la calle, huyendo del sol, y observando a su alrededor todo lo que ocurre deteniéndose en los minúsculos detalles de irrealidad que siempre aparecen en cualquier esquina bajo el disfraz de lo estrictamente cotidiano.

Escribir es vivir. No es fácil entenderlo, y mucho menos aceptarlo. Y sin embargo la necesidad vital es razón suficiente para hacerlo, y entonces surge la idea de que tal vez a la derivación del “pienso luego existo” por el “siento luego existo” habría que añadirle la del “escribo luego existo”. Escritura ilegible la mayoría de los casos que nuestro consciente e inconsciente a cada instante de tiempo redacta en la memoria en forma de pensamiento o sentimiento, y que luego después podremos releer y reescribir de cualquier manera elevando la creación artística a su inicial función aristotélica. Pero tardaría bastantes horas en descubrir ese hilo mágico de existencia, y al apagar el cigarrillo y levantarme del banco para proseguir la marcha, ya sólo tenía una idea fija en la cabeza: había llegado el momento de que leyéramos juntos la biografía de Enrique Urquijo para acabar cualquier noche en un bar que nunca cierra llamado la Antesala del Dolor donde sonrientes y felices le diríamos adiós a la tristeza apurando el agridulce sabor de la nostalgia en un nuevo beso de despedida.

Cruzamos la calle, y cerca de la Lonja nos detuvimos para hablar con el mar y explicarle las heridas que jamás purificamos en su abrazo imposible de interrogante eternidad. El mismo mar que nos conoció hace trece años a mil kilómetros de distancia y años luz de realidad. El mar, los Molinos de Viento, las murallas, y al fondo la catedral, y en otro tiempo y en otro lugar conocer tus múltiples reencarnaciones pasadas, presentes, y futuras. El mar. Y supongo que te hizo gracia verme la noche pasada mirándolo fijamente queriendo sumergirme en el lenguaje de sus faros. Unas simples luces que siempre me han fascinado porque me invitan a darle cierto sentido a la oscuridad adentrándome en su misterio, en su enigma, en la comunicación no visual sino secreta entre todos aquellos que en ese mismo instante contemplemos su luz. porque se trata de vida, y en las noches de tormenta (real o imaginaria) esa llama incandescente es la única que puede salvarnos del naufragio. Pero seguro que lo que más te divierte es que a mi lado se encontrara una sirena. Lo sé, mi escepticismo hace imposible que realmente considere siquiera la posibilidad de que existan las sirenas, y esa consciencia es la que hace más satisfactoria la búsqueda de dar nombre al sentimiento. Después amanece, las luces del faro se apagan, y todo vuelve a empezar, o todo sigue igual o –incluso, si lo prefieres- todo comienza a girar. El caso es que te fuiste, aunque no se bien definirlo porque en realidad por supuesto que no fue así ya que ni siquiera llegaste. ¿Cómo ibas a hacerlo? Sin embargo en esa otra realidad del corazón, en los rincones secretos del alma, sí es posible esta clase de apariciones y desapariciones que un día (soñar es un largo aprendizaje de soledad y silencios) espero llegar a controlar hasta elegir tus múltiples reencarnaciones, ésas de las que antes comenté que desearía conocer y que la imaginación fuerza a la memoria a descubrir y revivir. Y como para revivir primero hay que vivir, ahí estaba yo viviendo ese momento y decidiendo cruzar solo la calle para sentarme en una terraza y pedir una cerveza, y cumplir con la necesaria realidad.

Llamé entonces a tu hermana, y le expliqué lo sucedido, y debió ser muy transparente mi emoción porque recuerdo que en el tono de su voz (los teléfonos también gesticulan y comunican sentimientos) sorprendí curiosidad y alegría, pero no una alegría presente sino futura, ya que como bien debes saber ella quiso venir a la Isla y yo me negué para a cambio justificarme ofreciéndola otro viaje en busca del mismo mar antiguo del nosotros y donde la calma fuese sustituida por el sol. Y es cierto; aquí ella y yo no pintábamos nada juntos y sin embargo dentro de unos meses en Benalmádena... ¿Qué nos encontraremos? Ni más ni menos que mi vida, su vida, y tu vida. ¿Comprendes? La circularidad temporal es fascinante aunque exija el coherente sacrificio de la presente linealidad. ¿Para qué vivir en cada lugar diferente con la misma persona el mismo tiempo común de la simple realidad? ¿No resulta mucho más gratificante poder multidimensionar el espacio y el tiempo viviendo cada experiencia presente de diferente manera según la persona con la cual se comparta? Dándole vueltas a esta idea y contrastándola a cada instante con lo que me rodeaba (ni más ni menos que la vida de diferentes personas de diferentes lugares y diferentes tiempos reunida en una misma y única realidad), terminé de comer para salir de “El Túnel” donde me pude encontrar a un matrimonio joven inglés con una niña de unos diez años que sería probablemente su hija y que al instante me llamó la atención. Él a un lado de la mesa, y en frente su hija y a la derecha de ella su mujer. Apenas hablaban, y las miradas que entre ellos se dirigían dejando al margen a la niña, me transmitieron una sorprendente sensación de cansada y placentera felicidad y al instante ya me lancé por el tobogán de la imaginación y me puse a vivir una de sus múltiples intrahistorias posibles. Su país de procedencia, su trabajo, su familia, sus amigos... y como no era capaz de encontrar algo interesante desvié mi atención en la niña y me sentí cautivado por todo lo que podía imaginar que escondía su mirada. Una mirada perdida, expresiones autómatas de aparente aburrimiento que los gestos traicionaban al jugar con el tenedor sobre el vaso, o hacer una bola de pan, transformar una servilleta de papel a saber en qué fantástico elemento, y a la vez acatar de vez en cuando alguna corrección de sus padres al respecto supongo que referente a la educación, la compostura, y demás valores que la niña aceptará con resignación y que sólo entenderá cuando inevitablemente crezca y entre a formar parte del mundo adulto. Y encima estaba sola. Ningún otro niño con ella. ¿Y con quién jugaría en su mundo infantil? ¿Con quién compartiría las increibles aventuras que sin duda florecían en su mente a cada instante en aquella Isla de la Calma? No tengo ni idea, pero sí se lo mucho que agradezco esos minutos en que pude volver a ser un niño para intentar averiguarlo. Luego también averigüé -por la pregunta de un señor de otra mesa al camarero-, el significado del “Son” que acompaña a tantas expresiones mallorquinas y que suscitó un interesante combate lingüístico entre “casa de”, “finca de”, o -como el dueño se empeñaba en asegurar- “masía de”, permitiéndome descubrir que entre los ocupantes de la mesa había por lo menos un catalán, y la verdad es que es maravilloso profundizar en la importancia del lenguaje y su riqueza, y sentirse afortunado de intentar en lo posible amarlo y respetarlo para que su evolución constante no destruya su inmensa cultura anterior sustituyéndola por un único lenguaje universal vacío de contenido y hasta de forma aunque sin duda muy práctico en sentido plenamente tecnológico y funcional. Y es que el día en que por ejemplo un catalán, un balear, o un valenciano utilicen un mismo lenguaje oral y escrito a la hora de comunicarse... entonces algo como decía maravilloso se habrá perdido y no tengo nada claro que lo que se obtenga pueda compensarlo. Y lo mismo sucede el día que un madrileño, un salmantino, o un toledano, haciendo uso en este caso del castellano, también caigan en el error de usar exclusivamente el mismo lenguaje. O un sevillano, un cordobés y un gaditano.Ese es mi gran temor respecto a los avances tecnológicos, que ahora no viene al caso pero que en aquel instante me planteé al ser privilegiado espectador de aquel debate lingüístico. ¿Y qué decir de la hermosa camarera que al servirme el agua derramó un poco de ella sobre el vaso vacío de vino sin darse cuenta hasta que su compañera se lo advirtió? “La chica de ojos color esmeralda espera al que nunca vendrá. Está escrito en la ley.” Cautivado ante su belleza no pude evitar observarla moverse de un lado a otro para atrapar ese instante de vida que sin saberlo le estaba regalando a todo aquel que deseara escribirlo en su memoria. Y la voz. Alguien que la noche pasada la invitó a una copa y que motivó el comentario de su amiga semejante a que si ella quisiera ese hombre le solucionaba la vida y no tendría que trabajar más. Fascinante. ¿Tendría novio? ¿Novia? ¿Quién sería ese hombre? ¿Qué era lo que ella buscaba y no había encontrado? ¿Y lo que había encontrado sin deseo de búsqueda? ¿Cuáles sus sueños? ¿Realidades? Y lo mejor: la imposibilidad de toda respuesta presente a causa simplemente de mi propia libertad consistente en no forzar el azar y dejar que todo siga su curso alejándome de “El Túnel” en dirección a la búsqueda del ansiado libro sobre Enrique Urquijo cuyo título no cesa aún de embrujarme y resultarme simplemente conmovedor: “Adiós tristeza” ¿Bienvenida soledad? ¿Y porqué la Soledad, la Pasión, la Esperanza, la Gracia, la Virtud, la Felicidad... son nombres propios de mujer y no de hombre? ¿María? ¿A causa de una Virgen? Pero no de una virgen cualquiera sino sólo de aquella que fue capaz de engendrar vida sin necesidad de ser fecundada por la Ley Natural sino por la Ley Sobrenatural vetada a la racionalidad y entendimiento humano.

Subo por el passeig des born, y aprovecho para formularle a la esfinge la cruel adivinanza del tiempo. Las edades del hombre. Entro en una galería de arte bajo el reclamo de un cartel de librería pero nada, ni siquiera conocen a Enrique Urquijo aunque obtengo la ubicación de unos grandes almacenes donde proseguir la búsqueda con el reloj de arena girando como siempre en mi contra porque debo regresar al hotel y descansar antes de iniciar la jornada vespertina para que los sueños se acostumbren a las sombras y queden ahí capturados como futuros recuerdos de pasados olvidos. Bajando las escaleras mecánicas comienza la burla. Primero en forma de altavoces al pasar por la sección de sonido (ahí estaban los adecuados y no los que compré el día anterior), y después en la sección de librería el dependiente me indica que el lunes les quedaban tres ediciones y nos ponemos a buscar y nada que hacer: agotado. Y creo que lo sintió él mucho más que yo, pues para mí sonó la alarma en el sentido de que tal vez aunque lo deseara no era aún el momento de que ese libro cayera en mis manos y así debía de aceptarlo aunque no pensara rendirme tan pronto. Aún me quedaba la tarde para proseguir la búsqueda, y al salir del establecimiento en lugar de tomar un taxi elegí perderme andando de nuevo por las calles en un camino de los que denomino de regreso y que afortunadamente, tarde o temprano, siempre tienen fin. El caso es que ni siquiera desandé el camino sino que busqué o me dejé guiar por lo desconocido y efectivamente mi orientación volvió a hacer de las suyas y tardé cerca de una hora en situarme. Pero mereció la pena, y mucho, porque a cambio conocí otra ciudad y la satisfacción ante lo visto y vivido en esa aventura que finalizó al llegar por fin al hotel, fue inmensa, y antes de ducharme para quitarme el sudor (el largo peregrinaje con casi cuarenta grados y una elevada humedad dejan afortunadamente huella física sobre la vida de un cuerpo cansado; la erosión y el desgaste para una nueva purificación que haga posible otra erosión y desgaste, y así circularmente...), sentí la necesidad de pasar las fotografías realizadas de la cámara digital al ordenador portátil que siempre al viajar llevo conmigo, para así poder visionar con todo detalle ese mundo recién descubierto para ocultarlo de nuevo bajo el disfraz de su reflejo fotográfico. Así pues realicé el proceso mientras me preparaba el delicioso cigarrito previo a cualquier sueño o descanso, y mientras lo fumaba escuchando música, ante mis ojos, directamente al corazón, iban sucediéndose imágenes que agrandaba y disminuía con entera libertad para exprimir toda la vida posible que allí se encontrara y sellar o fundir el recuerdo físico real con la experiencia incorpórea espiritual, y entonces de esa forma aceptar que de todos los mundos posibles que existen en cada fotografía, yo había vivido uno de ellos que podría recuperar cuando quisiera gracias a la memoria. Es cierto: cualquiera que no sea yo y que observe cualquier fotografía que yo haya realizado estará eligiendo de ella un espacio y un tiempo diferente al que yo viví; su espacio y su tiempo y no el mío. Y compartir esos espacios y tiempos diferentes en un mismo espacio y tiempo común, un mismo momento, para mí resulta simplemente esperanzador y es uno de los mayores placeres que le encuentro a la vida. Aplasté la colilla sobre el cenicero, apagué el portátil, y tras una breve ducha me tumbé desnudo en la cama para cerrar los ojos y dejarme llevar por todas las emociones y sensaciones recién adquiridas que en ese momento jugaban buscando su mejor ubicación dentro de mí. Deseaba dejarme vestir por ellas y me extraña que a la masturbación sentimental no le sucediera la física (era sin duda un momento propicio para ello) y me sonrío ante las causas posibles que ahora descubro y que no vienen al caso porque lo relevante es que logré disfrutrar de una hora sencillamente prodigiosa en el limbo de la consciencia durante la que no estuve ni dormido ni despierto, y sobre la que deseo detenerme un instante porque resulta muy estimulante conocer su final.

Un final ya previsto por mí, ya creado por mí, y en el que sin embargo siempre acaricio la duda de que no llegue. Quiero decir que dentro de la liturgia o preparación de ese momento privilegiado estaba incluído el rescate real del mismo en forma de alarma de teléfono móvil. A las 17:30 para ser exactos. ¿Y qué pasaría si dicho rescate no llegara nunca? ¿Si no fuera posible el regreso a ese mundo real? ¿Si la hora fuera interminable? ¿Si ya no saliera jamás de ese limbo en dirección a los sueños (dormir; estar dormido) o a la realidad (despertar; estar despierto) y lograra mantener constante esa vigilia? ¿Imposible? Está claro que para que eso llegara a suceder el resto de seres humanos que existiéramos tendríamos que estar viviendo en ese limbo en el mismo momento, y así el tiempo en apariencia se detendría (nadie preguntaría por mí, nadie me rescataría de ese mundo: ni mi familia, ni mis amigos, ni los empleados del hotel, ni mis jefes y compañeros de trabajo... porque tanto a mis compañeros y jefes, a los empleados del hotel, a mis amigos, y a mi familia... a todos ellos les pasaría lo mismo que a mí y nadie preguntaría por ellos: ni su familia, ni sus amigos...) o mejor aún: si no quedara nadie en la ciudad, si no quedara nadie...

Pero siempre queda alguien o afortunadamente siempre queda algo de ese alguien que es necesario ponerse a buscar. Despertar y soñar. Escribir y vivir. Y al bajar de nuevo las escaleras y salir del hotel para proseguir la aventura me percaté de que me dejaba la cámara de fotos y tuve la fabulosa oportunidad de elegir: o subo a por ella o dejo que el azar siga su curso. Decidí lo segundo amparándome en la pereza y la falta de tiempo, y al ir reconociendo las calles para perderme por otras fabricando su misterio (esa iglesia de comienzos del siglo pasado, o esa escultura donde se podía leer “arrabalero”) me hicieron sonreir al sentirme tan desvalido sin mi cámara porque entonces debía retener sin ayuda la imagen en la memoria y esperar a otro momento para disfrutar de un ahora en el que efectivamente podía sentir y vivir que “en todos los lugares te encuentro, en todos los lugares me siento un habitante más...” que por supuesto ya llegaba tarde (medir el tiempo y la distancia es lo más complejo que existe), y entonces no me perdí, no me aventuré a lo desconocido sino que me equivoqué conscientemente y esa es la gran diferencia entre lo fabuloso y lo inútil. Desandé los pasos y por fin llegué a la Plaza de España donde realmente comenzó el principio del fin de una de mis múltiples búsquedas y tal vez, ¿por qué no?, reencarnaciones: la del libro y la vida de Enrique Urquijo.

Vencida la soledad resulta más sencillo compartir causalidades, y entender que la vida no es sólo lo que uno ha vivido, vive, o vivirá, sino también lo que todos los otros igualmente hayan vivido, vivan, o vivieran, y si a todo lo vivido se le añade lo que indefectiblemente, por vivir, se deja de vivir... ¿Qué nos queda? Por ejemplo el original “Música Celestial” que desde hace cerca de un año supe que algún día encontraría sin necesidad de buscar, y que en aquella tienda de discos y librería, a la caza de Adiós Tristeza, me dio por preguntar y ya lo tenía en mis manos y no sólo eso, sino que pude compartirlo con alguien y abrir el libreto y al sorprenderme el dibujo de ese insecto lanzando esporas conocí de sus labios la explicación de que son como mariposas de luz, y entonces seguir caminando y recordar la Luz de ciudades en llamas, y sentir cómo el atardecer le daba otro color a las calles, y proseguir inmensamente feliz la búsqueda en otra librería.

Y llegados a este punto es necesario parar. Una máquina antigua de escribir. Un espacio acogedor y moderno bien distribuido. Un rincón de lectura al lado de una barra de bar estéticamente diseñada para la ocasión, y donde el café y la cerveza, el anís o la copa, el cigarro o el puro, rodeados de libros, te sumergen por unos momentos en una especie de versión actual de bohemias tertulias. ¿Y qué teníamos allí? Ilustraciones gráficas de la historia de los Faros junto a La vieja sirena, y por otra parte la correspondencia personal de Frida Kahlo igualmente ilustrada, y las palabras, los gestos, el debate sobre el hecho de que un sábado a esa misma ahora este mágico rincón esté casi vacío porque la masa (nosotros mismos) lo normal es que estuviéramos haciendo otra cosa común a esa masa, y sobre todo ese anuncio cartón a gran tamaño de un libro que nada más verlo acepté la señal y supe que formaría un punto y seguido en mi particular existencia. Escribir es vivir. José Luis Sampedro. Minutos antes busqué a ese autor en las estanterías para enseñarle su obra a una persona muy especial, y comentarle que La vieja sirena a su edad significó para mí un antes y un después por todo lo que me enseñó a descubrir, y que era una gozada años después poder mirar atrás y reconocerlo, y entonces al dirigirnos a ese rincón de lectura con el libro en las manos, literalmente delante de mis narices, hace su aparición la portada gigante de cartón de este nuevo libro que es mucho más que un libro:

Escribir es vivir.

“No sólo en literatura, creo que en toda actividad humana hay siempre un componente racional, describible, transmisible, que se puede enseñar y un componente misterioso, al que puede uno aproximarse, pero sin tener la seguridad de que se ha encontrado. Esto nos lleva también al terreno de la religión, al misticismo, pero es realmente fundamental en el arte de vivir, que es nuestro tema de hoy. Y si trato del arte de vivir de un modo tan estrechamente vinculado a la creación es porque en mi caso escribir ha sido y sigue siendo una necesidad vital. Cuando digo que la vida y la obra están entremezcladas es porque hacer y hacerse son las dos caras de una misma moneda. Hacer y hacerse. Vida y obra. Retengan estos conceptos; son importantes para entender todo lo que sigue, pues es con este enfoque con el que pretendo penetrar mejor en la génesis de la creación literaria. Seguramente entre ustedes habrá personas a quienes les guste escribir, que aspiren a ser escritoras o escritores o que ya hayan emprendido el camino. Desearía ser capaz de mostrarles “lo que hay”, no como la expresión de una técnica, sino como la demostración de alguien que escribe, que ha escrito toda su vida y lo sigue haciendo porque, en el fondo, no sirve para otra cosa. No intento enseñar en el sentido de adoctrinar; intento mostrar mi oficio y generar ideas en quienes me siguen, ideas provocadas por lo que han oído. He sido profesor y he enseñado mucho tiempo en universidades y fuera de ellas. Mi pedagogía siempre se reducía a dos palabras: amor y provocación. Hay que querer a las personas a quien se dirige uno y yo quería a mis alumnos. Y si me permiten, les digo con toda sinceridad que, ahora mismo, siento cariño por ustedes, les agradezco que estén aquí pendientes de mis palabras. Quiero corresponder a ese primer impulso afectivo con la provocación. Hay que provocar en el que escucha que piense por su cuenta. No hay que adoctrinar, hay que provocar. Me gustaría pensar que, en algún momento, algo de lo que digo les sirva de provocación para que salten por encima de mí, para que se hagan y lo hagan mejor todavía.

(...)

Muchos de ustedes habrán estado en Granada y habrán visitado el Generalife. El Generalife era el sitio ideal para veladas poéticas. De noche, con un clima espléndido, la luna, un surtidor y leyendo o hablando medio tumbado de Omar Jayam. Eso es un estilo de vida fabuloso que no pueden imaginar quienes se afanan por implantar e imponer a todos otro tipo de vida. Es importante, y perdonen que les llame la atención sobre estas cuestiones, pero tienen mucho que ver con la vida y la formación del autor y el posterior reflejo en su obra. Ya lo irán ustedes viendo. Porque ese mundo que evoco aquí ante ustedes, el mundo de mi infancia, sigue siendo mi mundo. Afortunadamente, sigo siendo el niño que vive allí y no quiero ser otra cosa. Todo lo demás son aditamentos, colgajos que han puesto en la percha de mi vida, son pájaros que se posan en las ramas del árbol que soy; senador, catedrático, académico, sí, todo eso está muy bien, pero es completamente secundario con lo que estoy haciendo hoy aquí.

Miren, les voy a pedir un favor. En el mundo al que pertenezco era difícil llegar al tuteo, por eso me cuesta tanto trabajo tutear, pero si me lo permiten, llegado a este punto, me gustaría tutearlos. ¿Por qué? Porque lo que os estoy contando, lleno de emoción, no se puede contar desde la distancia. No he venido aquí a hacer retórica, ni poética, ni literatura ni nada. He venido aquí a VIVIR, a vivir cuando se me está acabando la vida y, por tanto, a disfrutarla más.

(El ambiente se carga de emoción, la sala aplaude y el profesor recurre una vez más a sus técnicas de distensión basadas en el humor y las anécdotas; cuenta historietas de la pianola de su padre, del olor a jazmín y de las músicas de su infancia antes de retomar el hilo para centrar la cuestión.)

(...)


Y decir gracias no sirve de nada. Y poder preguntarle al dependiente-camarero por el libro mientras me servía la cerveza, y sentarme y que me lo traiga y le eche un vistazo y llevármelo como si fuera un tesoro. Y después en el avión, en la sala de fumadores del trabajo, en el autobús, en el metro, en cualquier tiempo y lugar, leerlo y con su lectura descubrir que ha llegado por el fin la señal para dar el siguiente paso y aceptar que la escritura es vida, que lo que yo ahora mismo estoy haciendo esta larga semana es vivir nuevamente lo que el tiempo lineal me regaló aquellos dos días tan maravillosos que pasé en la Isla de la Calma. Y como todo es presente, invariablemente esta semana he seguido viviendo experiencias que más adelante podré escribir si lo deseo como necesidad vital de la memoria para hacer consciente su carácter plenamente selectivo. Y si esto fuera poco, además gracias al poder de la imaginación no es necesario siquiera referirse a los hechos reales tal cual sucedieron sino que se puede y se debe ficcionar la realidad para transformarla en otra realidad diferente que al fin y al cabo es la verdadera en la mente del auténtico creador, del auténtico escritor.

Así pues le dije Adiós a la Tristeza felizmente resignado. Sé que dentro de unos días, el 17 de noviembre, decidiré que reaparezca en mi vida de manera especial con una canción: “Agárrate fuerte a mí, María”, que tanto me había emocionado durante muchos años y de la que hace sólo unos minutos (precisamente mientras me documentaba sobre esa fecha) he descubierto por fin la realidad escondida entre sus letras. Siempre supuse que María era el nombre verdadero de alguien muy importante en su vida, pero no sé porqué razón nunca supuse que se tratara de ella. El artículo completo es impresionante y ya lo conservo como anticipo de un libro que me ayudará a seguir descubriéndome y aceptándome, eligiendo ser lo que quiera ser, y aprendiendo de nuevo, constantemente, a escribir y vivir, a sentir y vivir, a pensar y vivir.

“Él no sabía vivir en este mundo", escribe Pía Minchot, su última novia, en la carta que ha enviado a la página web del músico para compartir con sus fans sus tristes sentimientos. De Pía dicen los más allegados que fue la mejor de sus novias, sensata, sensible, la que intentó poner orden en su vida. Se conocieron hacía unos tres años y durante el último vivieron juntos. Lejos quedaba ya la relación que mantuvo con Almudena, la madre de su hija María, de la que se separó hace más de dos años.

(...)

Pero, por encima de todas, la mujer de su vida era la pequeña María, una niña guapísima a la que su padre paseó por estudios y locales de ensayo contagiando a todo el mundo de la ternura que desprende la cría. "Ahora María es lo más importante para todos nosotros", continúa Álvaro. "De momento está con su madre fuera de Madrid y estamos estudiando cómo darle la noticia. Es una monada de niña y super inteligente. Enrique estaba muy orgulloso de ella. Fardaba de niña y con razón. Tanto que le escribió hace dos años Agárrate a mí María, una canción que, sin ser de las más conocidas, es de las más duras y sinceras que compuso.”

Y llorar y vivir, y escuchar el agridulce sabor de las lágrimas de emoción que la música despierta en nosotros para seguir sintiéndonos vivos entre tanta existencia apagada y vencida.

“Él no sabía vivir en este mundo” ¿Cuántas veces te dije lo mismo de mí? Muy pocas, lo sé, pero sí de manera constante y repetida a lo largo de los años. Igual que tu respuesta la última vez que nos vimos: “No te engañes. Tú sabes perfectamente vivir (y de hecho te encanta) en este mundo. Lo que te asusta e inquieta, lo que anhelas realmente conocer, es la manera de comunicar y expresar tu vida en este mundo para compatibilizar las dos realidades que están siempre presentes dentro de ti.” ¿Y qué esperanza nos queda?- te dije al oído mientras te abrazaba. “No seas idiota – te burlaste dándome un beso en la mejilla. Deja ya tu irónico fatalismo. ¿Te parece poco vivir teniendo la certeza de que siempre, pase lo que pase, seguiremos necesitando volver a encontrarnos para celebrar los dos juntos la vida?” La vida. ¿Y el mundo? En él nunca pude agarrarme a la vida de nuestro hijo (niño o niña) como ahora ya no puedo agarrarme más a tu vida. Y por eso escuchar esta canción en la voz de Antonio Vega (la original de Enrique la reservo para esa noche del 17 de noviembre en Malasaña) me hace posible vivir en este mundo lo único que deseo: seguir poder cantanto (gracias a Ismael Serrano) aquello de que “amo tanto la vida, que de ti me enamoré” aunque esta noche no sea la más fría ni pueda ya más agarrarme fuerte a ti.


(...)

Mañana cuando despiertes
Estaré lejos sin fin
No creo que pase nada
De otras peores salí
Si acaso no vuelvo a verte
Olvida que te hice sufrir
No quiero si desaparezco
Que nadie recuerde quien fui

Agárrate fuerte a mi María
Agarrate fuerte a mi
Que esta noche es la mas fría
Y no consigo dormir
Agarrate fuerte a mi María
Agarrate fuerte a mi
Que tengo miedo
Y no tengo donde ir

Agarrate fuerte a mi María
Y no llores mas por mi
Volveré por ti algún día
Y escaparemos de aquí
Agarrate fuerte a mi María
Agarrate fuerte a mi
Que tengo miedo
Y no tengo donde ir.


(...)

Y para terminar exhauto y vacío, purificado en virtud de la escritura y de la música, una única referencia a mi última noche en la Isla vivida en compañía de una sirena y de una niña que se fueron en un mismo taxi blanco.

“Ya no puedes escapar, un taxi blanco aparecerá: te llevará a un concierto, al cielo o a tu infierno, al centro de la nada donde poder gritar...” (José María Granados)

-Mamá.

Efectivamente, a las cinco de la mañana de un reloj que no atrasó su hora, se subió a un taxi blanco la niña que sigue exisitendo en su madre y cuyo beso de despedida me hace presente a Wendy y su dedal y mi sombra, y con quien compartir sin necesidad de palabras las heridas del amor y del tiempo: la elegida soledad del amado.

Dejo atrás definitivamente la Isla de la Calma volando por medio de mi mayor pensamiento alegre en ese momento (vosotras) y me embarco plenamente a vivir la próxima parada segura en mi existencia: el dos de diciembre en Granada.

Y no es tan sólo una señal. Es, simplemente, la Vida.

(Madrid, 06/11/05)

+
"He visto tu cara ardiendo en un lienzo de agua, y me he sumergido en un sueño sin poderte tocar, formando un mosaico de sombras, buscando a ciegas lo que sé que no está."

Layma
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Mensajepor Layma » 22 Nov 2005, 23:49

La dificultad siempre está en el título. La canción de Los Secretos con la que doy comienzo es un guiño evidente para Kike, la recordé al sentirme tan a gusto a solas pero gracias a él por ponerme antes la miel en los labios al hablarme de Enrique Urquijo que para mi significa una vuelta al pasado, a la infancia. Colarme a escondidas en el cuarto de un hermano mayor que no consentía que tocara sus discos y devorar una a una cada canción, desde la emoción de lo prohibido. (Ahora pega escuchar de nuevo el "No me olvido" de Nacha Pop :)).

- Pudo Pasar -

"...Si pudiera recordar qué estoy buscando pararía a descansar,
si supiera en realidad que estoy pensando ya podría respirar.
Si escuchara atentamente tus consejos cuando intentas explicar,
entonces es cuando ya estoy tan lejos que sólo escucho soledad.
Cuando paso cerca de un colegio y me pongo a recordar
siento que hoy estoy mucho más viejo y mi mente empieza a hablar:
qué sólo estás, qué solo estás, contigo no cuenta nadie ya.
Si mirara más hacia el espejo y menos a la ciudad,
si alguien me llevara aún más lejos quizás pudiera olvidar.
Qué sólo estás. Qué sólo estás. Contigo no cuenta nadie ya,
nadie ya..."
:wink: . -Qué sólo estás. Los Secretos.-

La soledad invadío mi espacio de nuevo, caminado por la Gran Vía madrileña. Ya estoy casi acostumbrada a ella y me reconforta cuando azota.

Se dice que los ángeles no distinguen entre los vivos y los muertos. Puede que no haya ángeles, o que la vida sea para ellos un simple parpadeo, porque lo que persiste es la muerte. Es indudable que a nosotros, a menudo, nos ocurre lo mismo que a los ángeles. Vivir es despedirse, estar despidiendo. La vida es sólo una mudanza de lugar, postura o de afectos. ¿Cómo rememorar hoy el pasado? Su ambigüedad la hemos transformado en certidumbre; lo despojamos de lo que ahora nos parece accesible y acaso no lo fue: una mirada, un temblor, una voz; lo interpretamos como algo lineal y definido. Y no es así. El pasado, ahora, es lo que nos fue construyendo como hoy somos; pero, ¿acaso ese era su propósito? ¿Tuvo siquiera un propósito? Su esencia cuando fue presente, o sea cuando fue, era, como la esencia del hoy: transitoria.

Transitoria era la vida de todos los que me rodeaban. Pasaban, acelerando el paso. Todos nos hemos sentidos alguna vez extraños, incluso en nuestra propia ciudad.

El pasado indeformable y sólido que hoy vemos no es más que un invento opuesto del todo al agua en que nos movimos. Nuestra historia, carece de principio y de fin, es como un río: el cauce empieza y acaba, pero el agua no: nadie se baña en la misma dos veces. El presente es el último capítulo de ésta historia... de momento. Pero, ¿cómo interpretaremos mañana este momento de hoy, tan lleno de posibilidades? ¿No dependerá de aquel mañana, hoy indeciso, en que desembarcaremos?
Si no nos empeñásemos en comprender la vida, estaríamos siempre celebrando. ¿Y quién es capaz de no empeñarse en comprenderla?. Yo no. Y no porque ande mirando continuamente hacia atrás (que podría porque tengo un buen trecho ya), no porque me sienta, que me siento, vieja (la muerte está en la vida formando parte de ella, como cuando caminamos sobre una tumba: movimiento y quietud total) sino porque me siento yo. Si no miro hacia atrás, tropezaré (perdón por la paradoja), y si miro sólo hacia atrás tropezaré sin duda. De ahí que haya encontrado el callejón sin salida donde vive la tragedia: Procuro reinventar el pasado a mi conveniencia.

Me sorprendí siendo consciente de querer mirarlos a todos desde arriba. No desde la superioridad, que también. Sino desde la libertad de elegir mis pasos, que ellos marcaran mi camino. El tiempo se volvió a parar en mi muñeca a las 17.30. Un chico me miró a los ojos, sonreí, cómplice conmigo misma, ocultando lo que estaba viviendo y sin querer descubrir lo que vivía él.

No sólo las cosas pudieron suceder de otra manera, sino que sucedieron de otra manera. Lo que soñamos o lo que imaginamos lo confundimos con lo que vivimos, y si eso lo multiplicamos por cada una de las personas que están soñando e imaginando a la vez que viviendo, tenemos un infinito de realidades.*Todo lo edificamos, incluidos a nosotros mismo sobre falsos recuerdos. Le quitamos el polvo al pasado, lo catalogamos y lo ordenamos cuidadosamente. Vemos en él la serenidad de lo controlado. Y es mentira. Creemos que para conocernos es preciso podar las enredaderas que nos ocultan el tronco, pero nadie puede garantizarnos que no estábamos eliminando lo único que importaba: aquella sonrisa que apenas percibimos, la intención de tomar una nuca y acercarla a nuestra cara, lo que no quisimos sentir cinco minutos más… Un día quizás oímos, fuera o dentro de casa, gritos alborotados, o el crujido con el que un navajazo entra en la carne. Quizás fue sólo una advertencia y hoy muramos del navajazo aquel.
La vida sólo se opone a la muerte porque es una continua ruptura, manos que no dejan de agitarse en el adiós. Nos vamos de ciudades, de casas, de amores, de desamores, de soledades y de compañías, de verdades cuestionadas y de ídolos… El presente consiste en defenderse del pasado seleccionando los adioses.

No me dirigía a ninguna parte y sin embargo la eterna pregunta de la búsqueda hacia presión en mi estómago por salir.

Ignoro si será posible volver. El pasado malinterpretado no se cierra como una ostra. También con el silencio de una ostra. De ahí que haya que tener cuidado con el presente porque es de él de lo que el pasado se forma y se compone. Hay personas a las que un día amamos y hoy conviven con nosotros. Diariamente nos sirven una taza de té, nos dan las buenas noches o nos sacuden el polvo de la ropa antes de salir; pero no son la misma que un día amamos, o nosotros no somos los mismos, ni a nuestros ojos ni a los suyos. Son del pasado ya, no nuestros. Ni nosotros de un instante a otro, somos nuestros.

Dejé de pertenecerme, de pertecener a esa calle, a esa hora. Todo se hizo más lento, ahora caminaba por encima de las cabezas de la gente. Me llamó la atención una bonita camisa en el escaparate de una tienda, hubiera sido una prueba del momento que vivía. Entré tras ella, no la encontré, sin embargo, allí muchas personas compraban todo tipo de vestimentas, afanándose por destacar. Qué difícil es llamar la atención, sobresalir entre tantos supuestos iguales. No es de extrañar que algunos hipotequen su propia alma. La única forma de revelar lo que somos es la desnudez, en cualquiera de sus formas.

Nos ilusiona a veces un reencuentro. Nos acercamos a él por las verdes esquina de la esperanza. Procuramos mirar de igual modo, caminar de igual modo, sentir lo que entonces sentimos. Es inútil: ya no somos los mismos, lo que éramos. O, lo que es peor, cada uno ha leído el pasado común de una forma distinta. Es decir, ya ni siquiera fuimos lo que fuimos. Hermético, el pasado nos rechaza: no hay reencuentro. No hoy sólo, ni siquiera ayer, y cada cual se lleva lo que aportó, aunque no como lo aportó, sino desgastado y desteñido, lo mismo que un regalo que alguien no aceptara y la lluvia y el tiempo lo desgastara.

Continué soltando pasos, algo perdida. Buscaba lo que la música y la literatura dicen a sus autores, no lo que dicen a quién los disfruta. La desnudez con la que se presentan.
En una bocacalle que se perdía hacia ninguna parte pude leer en un viejo cartel: “Librería La Busca”. Fui hacia ella. Soñaba encontrar a Pío Baroja (La busca) y soñaba encontrar lo que no buscaba. Ni siquiera de lejos quise comprobarlo, sólo cuando estuve a las puertas lo descubrí: La Busca estaba cerrada. Era el momento de regresar, de nuevo una despedida.

Vivir no es más que estar diciendo adiós a uno mismo, y por consiguiente, a todo lo demás: una profunda soledad llena de adioses. Esa es la música que pretendemos no escuchar. Cualquier historia será siempre mal contada, porque al hacerlo elegimos lo que deseamos contar. No es otra la razón de que, si afinamos el oído, en lo más oculto de nosotros, percibamos una voz, la nuestra, que nos advierte: “Vayas donde vayas, yo iré siempre un paso por delante de ti”. Esa es la única verdadera compañía, la única que acaba con la muerte.

Y, a menos que la muerte sea pasar a otro plano de ésta realidad, yo no me sentía muerta sino ansiosa por vivir otra noche más, regresé sobre mis pasos, creando otros nuevos que me proporcionarían nuevos recuerdos. Buscando un destino que me llevaría a otra despedida. Inventando. Creciendo. Viviendo.
"Nació con el don de la risa y con la intuición de que el mundo estaba loco. Y ese fue todo su patrimonio..."

*Somos lo que decimos...*

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Mensajepor brujita_alc » 25 Nov 2005, 21:01

Me da hasta vergüenza leerlo a día de hoy y me tienta muchísimo retocar algunas frases o situaciones, cambiar el modo de decirlas, pero voy a ser fiel a la q fui hace ya 4 años... Tal vez haya llegado el momento, o no.

- Sebastián -


Sebastián tenía un sueño. Quería volar. No soñaba con pilotar aviones como hacía su padre, ni con montar en ala-delta. Él quería volar sin alas, sin necesidad de artefactos extraños ni motores.
Una vez mencionó algo que no se correspondía con su deseo de volar por sí solo, fue una tarde al salir del cine. Acabábamos de ver La historia interminable.

- ¿Qué te ha parecido la película?-me dirigí a mi amigo, aún con la fantasía ocupando mi mente.
- No ha estado mal- contestó-, pero el libro todavía te gustaría más.
- ¿El libro?-me asombré al pensar que podía haber algo mejor que aquella película.
- Claro -me decía mi amigo con ciertos aires de superioridad.
- ¿Y tu me lo enseñarías? -le pedí, ilusionado, pensando todavía en lo que acababa de ver en la gran pantalla.
Me imaginaba un libro similar al que aparecía en la película. Un libro enorme y viejo, lleno de polvo, con gruesas tapas y una serpiente de metal dorado enroscada sobre sí misma en la cubierta. Pensaba que en su interior encontraría montones de dibujos y la idea de poder revivir, aunque fuera a través de ilustraciones, la fantástica película que acababa de ver, hacía más interesante la idea de que Sebastián me lo enseñara.
Fuimos a su casa. Sólo estaba su madre, su padre se había ido a uno de sus vuelos, a pilotar.
- Hola Pedro, ¿cómo estas cielo?- me miraba la mujer pestañeando sin parar.
No me gustaba nada la madre de Sebastián. Siempre se mostraba encantadora, me ofrecía dulces y me preguntaba por mi madre. Pero aunque yo fuera sólo un niño, no era idiota, sabía muy bien que detrás de todo aquello se escondía una mujer que me detestaba tanto como yo a ella, que pensaba que no era bastante bueno para su hijo y que criticaba a mi madre por tener un hijo siendo soltera.
María, que así se llamaba, cogió a su hijo y lo estrujó entre sus brazos. De repente, y como si mi amigo quemara o tuviera la peste, lo agarró por los hombros y empezó a mirarlo de arriba abajo.
- ¿Pero tú has visto como vas? No sé que voy a hacer contigo.
La madre de Sebastián le colocó bien la camisa, le arregló un poco el pelo alborotado y le limpió la cara con la punta de un pañuelo mojada con su propia saliva.
- "¡Qué asco!"- pensé mientras observaba a Sebastián, que permanecía inmóvil como una marioneta mientras su madre lo acicalaba.
Nos fuimos al piso de arriba, a la habitación de mi amigo. Era una de esas habitaciones que imitan el camarote de un barco, con las paredes azules y los muebles de un marrón muy oscuro y brillante. Los tiradores de los cajones y los picaportes de las puertas eran dorados, igual que los escasos motivos marítimos que adornaban algunos de aquellos pesados muebles. No parecía la habitación de un niño. Todo estaba ordenado y pulcro, no se veían muñecos tirados sobre la cama, ni posters de motos o superhéroes colgados de la pared. Había una estantería, no habían cuentos infantiles, ni cómics, sino un montón de libros gordos, colocados simétricamente. Recuerdo algunos de los títulos que allí había: Viaje al centro de la tierra, 20000 leguas de viaje submarino, Los viajes de Gulliver, La isla del tesoro ...
No conocía ninguno.
Sebastián se dirigió a su cama, se agachó y sacó de debajo un libro similar a los que había en aquella estantería. Era más nuevo que los otros, pero tan gordo como el que más. Me lo dio.
- Es este- extendió su mano hacia mí.
En un principio no sabía a qué se refería pero me di cuenta nada más ver la cubierta del libro. "La historia interminable. Michael Ende". No ponía nada más. Miré a mi amigo, extrañado, buscando una explicación.
- Bueno, ¿no querías verlo?.Pues aquí lo tienes.
Lo abrí. Me topé con una letra diminuta y apretada que me dañaba la vista, seguí pasando páginas en busca de algún dibujo, una foto que diera sentido a aquel libro, pero no encontré nada, sólo más y más de aquellas pequeñas letras. No podía creer que de aquel libro hubiera salido una película como la que había visto momentos antes, ¿dónde estaba el hombre de piedra?, ¿dónde se escondía el dragón blanco?.
Sebastián me quitó el libro de las manos. Estaba sonriendo.
- ¿Sabes cómo se llama el protagonista de la historia?
- Claro-respondí con seguridad. Esta vez no conseguiría hacerme sentir estúpido- Se llama Bastian. ¿Por qué me lo preguntas?
- Pareces tonto,- me decía- se llama casi igual que yo.
- ¿Y qué?-yo estaba cada vez más extrañado y, al mismo tiempo, intrigado ante las palabras de mi amigo.
- Veo que no te das cuenta. Algún día un dragón blanco vendrá a por mí surcando el cielo y me llevará con él para enseñarme mundos desconocidos y maravillosos. Me rescatará de aquí.
Yo no sabía muy bien que me quería decir con aquello, supuse que se trataba de una de sus historias, una de las muchas que le gustaba inventar. Sin embargo, sus palabras parecían mucho más convincentes que las otras veces, como si de verdad creyera todo lo que estaba diciendo. Aquella fue la primera y única vez que mencionó algo sobre volar en compañía, ayudado por un dragón blanco que aparecía en un libro horrible y que, a la vez, era el origen de la película más increíble que jamás había visto.
Sebastián estaba ahora apoyado en el marco de su ventana, sonreía mirando al cielo y, por un instante, me pareció ver que saludaba a alguien. Quizá eran sólo imaginaciones mías.

Era un buen estudiante. Sacaba buenas notas, era ordenado y hablaba muy bien. Siempre escribía las mejores redacciones y acababa el primero los deberes. Era muy limpio en sus trabajos y llegaba a ser tan responsable y serio que nadie podría imaginar que, tras ése pequeño adulto, se escondía una mente más fantástica que la de todos los niños de la clase juntos.
Mi amigo sabía contar historias maravillosas de hadas y duendes, de elfos y delicadas ninfas, de príncipes convertidos en sapo y hermosas princesas encerradas en la torre de un castillo. Inventaba mil historias acerca de tesoros escondidos y piratas, de cuevas misteriosas y de guerras medievales protagonizadas por trolls y enanos, que se disputaban en lugares lejanos.
A cualquiera le hubiera extrañado saber que aquel niño conocía estas historias. Yo era el único que lo sabía. A Sebastián no le gustaba contárselas a nadie. Eran suyas y tenía miedo de que alguien se las pudiera arrebatar, pero sabía muy bien que yo jamás revelaría su secreto, ése mundo tan especial que escondía en su interior.

Su padre casi nunca estaba en casa. Era piloto de avión y viajaba mucho, podía estar semanas enteras sin pasar por casa y, después, volvía a reaparecer como por arte de magia, con un regalo enorme bajo el brazo. Se quedaba en casa durante unos pocos días y luego volvía a desaparecer. Para Sebastián su padre debía ser como una especie de aparición fantasmagórica o un holograma que desaparecía y aparecía durante un tiempo y que le traía regalos. Era algo así como los Reyes Magos, Papá Noel o el Ratoncito Pérez. Pero estos personajes nunca existieron para Sebastián. Desde muy pequeño sus padres le contaron que no eran reales, quizá en un afán de que al niño no se le llenara la cabeza de pájaros y tonterías, pero lo único que consiguieron fue el efecto contrario. Sin embargo, en apariencia, él era lo que sus padres querían que fuese: un adulto en miniatura, una personita hecha a su imagen y semejanza que nunca reía como lo hacían los demás niños, que nunca se manchaba de barro ni chapoteba en los charcos cuando acababa de llover.
Creo que esa era la principal razón que llevaba a los demás niños a no querer jugar con él. Lo veían aburrido, un niño cuya única preocupación era aprender a tocar el piano y sacar buenas notas. Para los demás Sebastián era gris. También lo era para mí, pero eso fue antes de conocerlo.

Su casa y la mía estaban muy próximas y cogíamos el mismo camino para ir a la escuela. Yo trataba siempre de evitarlo, no quería que ningún niño me viera con él y pensara que éramos amigos. Evitaba que nuestras miradas se cruzaran, apretaba el paso y no miraba atrás. La verdad es que me sentía muy aliviado cuando llegaba a la escuela y había conseguido no establecer ningún tipo de contacto con él. A los pocos minutos de mi llegada triunfal llegaba Sebastián, con el paso lento, tranquilo, ajeno a mi táctica de distanciamiento y, probablemente, pensando en alguna de sus historias. Su indiferencia fue lo que despertó en mí el deseo de saber algo más de ese niño estirado. Algo me decía que, detrás de su mirada melancólica y perdida, había escondido un niño de verdad.
Un día de lluvia, al volver de la escuela, alguien me tocó en el hombro. Yo no llevaba paraguas y me estaba mojando. Al volverme vi su cara repelente mirándome fijamente a los ojos. Me ofreció cobijarme en su paraguas, era muy grande, de cuadros rojos y verdes, y los dos cabíamos de sobra. Yo dudé por un momento, la idea de pensar que alguien me pudiera ver con él me asustaba pero, a la vez, temía el enfado que tendría mi madre al verme entrar en casa mojado por la lluvia. Me metí debajo del paraguas, Sebastián sonrió. Todavía seguía perfectamente peinado y oliendo a colonia.
Aquel fue el primero de muchos días en los que él y yo volveríamos juntos de la escuela, aunque en esos momentos yo sólo quería llegar a mi casa y no volver a cruzármelo más.
A consecuencia de las gotas de lluvia que cayeron sobre mí antes de que Sebastián me ofreciera cobijo en su enorme paraguas, me resfrié y no pude ir a la escuela durante unos días. El primer día que falté alguien vino a visitarme por la tarde. Llamaron a la puerta. Oí el timbre desde mi habitación, estaba tumbado en la cama y tapado hasta las orejas con mi edredón de Spiderman.
- Está arriba en su habitación. Puedes subir a verlo si quieres- escuché a mi madre decirle a alguien.
Pude oir unos pasos que subían por las escaleras y se acercaban a mi habitación. Golpearon la puerta y, a continuación, apareció la cabeza de Sebastián, sonriente, tras ella.
- Hola... -saludó con un débil hilito de voz. Parecía más enfermo que yo.
- Hola- contesté, sorprendido, al ver a aquel niñato invadiendo mi habitación.
No me hacía ninguna gracia que mi madre hubiera dejado que un intruso viniera a verme. No me apetecía hablar con él, así que iba a tratar de ser lo más desagradable posible para que se fuera cuanto antes. Pero Sebastián empezó a contarme lo que habían estado haciendo aquel día en la escuela y apenas me dejó un segundo para que yo pudiera intervenir y mostrarme antipático.
Al principio no escuchaba lo que decía pero, a medida que seguía hablando, sus palabras consiguieron hacerme olvidar que estaba enfermo y mi aburrimiento se iba disipando poco a poco. Empezaba a despertar en mí una cierta simpatía.
No sé como lo hizo, pero la conversación sobre las manchas de tiza en la blusa de la maestra y los irónicos comentarios sobre la comida de la escuela acabaron por convertirse en fabulosas historias que me dejaban boquiabierto. Me di cuenta de que era verdad que Sebastián era distinto a los demás, pero no en el sentido que todos creían. Aquel día, metido en mi cama y con algunas décimas de fiebre, me contó su primera historia. Esa noche soñé con dragones, princesas en peligro y castillos encantados.
Mi amigo vino a verme todos los días que falté a la escuela, me contaba lo que habían hecho en clase y también alguna historia. Los sueños más fascinantes de mi vida los tuve en las noches que me duró aquel resfriado, resultado, probablemente, de la mezcla de la fiebre y la fantasía que Sebastián me inculcaba.
Pasados los días de convalecencia no me quedaba más remedio que volver a la escuela. Ahora que el niño repipi de la clase era mi amigo me daba miedo lo que pudieran pensar mis amigos de mí si me veían con él. Emprendí mi camino habitual a la escuela. Quería ver a Sebastián, que me contara alguna de sus historias, pero no le esperé. Apreté el paso como hacía siempre para no tener que cruzármelo. Llegué a la escuela jadeando, había corrido demasiado y todavía no debía esforzarme. Él no había llegado aún.
Vino poco tiempo después, como siempre. Yo estaba en el patio, rodeado de mis amigos. Me estaban contando lo bien que lo habían pasado diseccionando una rana en la clase de ciencias del día anterior. Se reían a carcajadas pero yo no les acompañaba en sus risas. Sebastián me sonrió en la distancia y siguió andando en dirección a clase. Era una sonrisa triste. Me sentí culpable. El niño de las historias fantásticas se había dado cuenta de que lo estaba evitando.
Quizá fue puro egoísmo, o quizá realmente me importaba perder a un amigo. Él fue el único que estuvo conmigo cuando me encontraba mal, el único que me sacaba la sonrisa (y la carcajada) cuando me dolía todo el cuerpo y me subía la fiebre. Y yo se lo agradecía dándole la espalda.
En el recreo mis amigos jugaban al fútbol. Yo no podía jugar todavía porque el médico así me lo había ordenado. Miré alrededor. Sebastián estaba apoyado en un árbol, solo. Sentí el impulso de ir hacia él, preguntarle si le apetecía venir a mi casa a jugar aquella tarde. Pero para llegar hasta él tenía que cruzar todo el patio. Mis amigos me verían, se reirían de mí si me veían hablando con aquel apestado. Pero lo hice. Por primera vez vencí mis miedos, igual que los caballeros de las historias de Sebastián vencían a los malvados dragones. Pude oir las risas de mis amigos detrás de mí pero, para mi sorpresa, no me importó en absoluto. Sebastián me recibió con una amplia sonrisa, esta vez de verdad, de alegría y, sí, puede que también, de admiración.
Desde entonces nos hicimos inseparables. Mis notas mejoraron, estudiar con él era mucho más fácil que hacerlo solo. Incluso declinar un verbo o sumar se convertía en una aventura. "La aventura de aprender", como él decía. Pero no fui yo el único que pagó las consecuencias de nuestra amistad. Sebastián también cambió, ya no llegaba como recién peinado a su casa después de la escuela, a veces se manchaba de tiza o barro y el olor a colonia le desaparecía a los pocos minutos de haber echado unas carreras en la parte trasera del patio. Le enseñé a jugar a las chapas y a las canicas y, cuando me ganaba, sus ojos le brillaban tanto como a mí cuando escuchaba sus historias. No me habría importado regalarle todas mis canicas de colores a cambio de unos minutos de un relato suyo.
Cuando llegaba a su casa, y su madre lo veía con los pantalones oscuros llenos de manchas grises por haber jugado en el suelo, ésta se echaba las manos a la cabeza y, mientras cerraba la puerta, me miraba frunciendo el ceño y con la boca torcida. Me imaginaba lo que sucedía tras la puerta cerrada. Podía ver cómo María cogía a su hijo de la camisa con la punta de los dedos temiendo mancharse y lo llevaba directo a la bañera. Imaginaba a Sebastián sonriendo, a pesar de la limpieza intensiva que le esperaba.
Yo no le gustaba a la madre de mi amigo. Lo notaba. Me miraba con desprecio y como si fuera un niño diabólico. Pensaba que yo era una mala influencia para su hijo. Pero yo no había hecho nada malo, solo había conseguido que Sebastián fuera un niño.
Recuerdo un día de clase antes de conocernos. La maestra nos iba preguntando uno por uno qué queríamos ser de mayores. Yo dije que quería ser astronauta, aunque no lo deseaba realmente, pero era algo que todos los niños querían ser de mayores por aquella época. Pero Sebastián no quería ser astronauta, o bombero, profesión que también triunfaba entre los niños de mi generación.
- Yo de mayor quiero ser un niño- se levantó, respondiendo a la pregunta de la maestra.
Todos nos echamos a reír y la señorita Conchi, que se había quedado de una pieza, no supo que responder. Esa misma tarde los padres del niño que de mayor quería ser pequeño fueron a hablar con ella. Al día siguiente, Sebastián salió a la pizarra y leyó delante de toda la clase una redacción titulada "De mayor voy a ser piloto".

Las cosas empezaron a ir mal en casa de mi amigo. Al parecer, sus padres ya no se querían y, según había oído decir a mi madre cuando hablaba por teléfono con sus amigas, una tal Sasha de pelo rubio y pecho exuberante había sido la causa de la ruptura del matrimonio.
- Lo único malo de ser un niño- decía Sebastián - es que todos piensan que no nos damos cuenta de que no todo es perfecto.
Yo sí que pensaba que todo era perfecto, no tenía preocupaciones. Cuando llegaba a mi casa mi madre me esperaba con la merienda preparada y, después de hacer los deberes, veía un rato la tele o me ponía a jugar. Sabía que habían guerras, accidentes o enfermedades pero tenía la sensación de que eso sólo pasaba en la pantalla de mi televisor y lo veía todo tan lejano y distante que nunca se me ocurrió pensar que algo de aquello me pudiera pasar a mí.
Llegó un día en que el padre de Sebastián volvió a casa, como otras veces, después de un vuelo más largo de lo habitual. Pero después de irse de nuevo, ya no volvió más. María empezó a dejar de estar tan pendiente de su hijo y pasaba tardes enteras metida en su casa sin hacer nada, la casa ya no estaba siempre reluciente e incluso dejó de reñir a su hijo por llegar de la escuela con los pantalones sucios. Por aquella época Sebastián pasaba más tiempo conmigo, veíamos la tele o nos íbamos a mi habitación y él me contaba alguna historia de esas que tanto me gustaban. Mi madre miraba a Sebastián con lástima pero yo sabía que él estaba ahora mejor que nunca, sin nadie que le dijera lo que tenía que hacer. Pero esto no duró mucho tiempo.

Cerca de nuestro barrio había un bosque. No era un gran bosque pero a nosotros nos bastaba para imaginarnos las mil aventuras que se podrían vivir en él. Pero la imaginación se nos quedó corta y una tarde decidimos vivir la aventura que llevábamos meses planeando.
Nos adentramos en aquel magnífico bosque después de clase. Sólo queríamos explorarlo, averiguar que maravillas escondía. No le dijimos nada a nadie de aquello, era nuestro secreto, uno de tantos, pero esta vez lo acabaron por descubrir.
Aquel bosque no parecía el mismo por fuera, una vez dentro, todos los árboles, matas y malas hierbas eran iguales a nuestros ojos. Sebastián y yo nos perdimos, como estaba previsto que le sucedería a dos críos que no tenían muy desarrollado el sentido de la orientación.
Fuimos encontrados por un policía gordo y viejo. Hacía frío y estaba muy oscuro, debían ser altas horas de la madrugada. Todo sucedió muy rápido, las lentas horas que habían precedido a nuestro rescate sucedían ahora de modo vertiginoso.
Detrás de aquel policía fofo apareció la madre de Sebastián con la cara desencajada por el espanto. Cogió a su hijo y lo abrazó con tanta fuerza que pensaba que lo ahogaría allí mismo, acto seguido la madre de Sebastián le dio una sonora bofetada. Me dedicó una terrible mirada cargada de odio, pude sentirlo recorriendo mi espalda. Me quedé sin habla, incluso tuve miedo, pero mi reacción fue en seguida calmada por mi madre, que también aparecía detrás del policía gordinflón.
Mi madre me abrazó, me apretaba con fuerza contra ella, pero en ningún momento me pegó. Sabía que aquello sólo había sido una travesura infantil y le bastó con darme un buen sermón al cabo de un par de días, una vez que ya nos habíamos recuperado del susto. Desde entonces tuve muy claro que no volvería a pisar ese bosque.
El policía era como una caja de sorpresas, detrás de su cegadora linterna aparecía cada vez más gente. En pocos minutos me encontré envuelto por una enorme manta gris y rodeado de otros policías más jóvenes que me preguntaban cosas.
Yo no escuchaba las preguntas, buscaba a Sebastián. Entre tanto alboroto lo había perdido de vista. Me pareció verlo entre los demás unos metros más allá de mí, con su madre cogiéndolo fuertemente por los hombros. Pero no conseguía encontrarlo, entre los nervios, las preguntas y todo aquel jaleo no pude centrar mi atención en buscarlo.
Nunca más volví a verlo.
Durante los días que siguieron a nuestra aventura fallida no supe nada de él. Tenía la esperanza de volver a verlo en la escuela y volví a clase con la ilusión de poder hablar con él de todo lo que nos había sucedido. Quería preguntarle si le dolió la bofetada, si su madre seguía enfadada y si nos dejaría seguir siendo amigos. En parte me sentía culpable de todo aquello, me daba mucho miedo la idea de que la madre de Sebastián no dejara que nos viéramos más porque yo fuera una mala influencia para su hijito. Habernos perdido en el bosque era algo que nunca me perdonaría aquella mujer.
Pero Sebastián no apareció nunca más por la escuela.
Me enteré al poco tiempo de que su madre lo había enviado a estudiar a un internado.

Ahora sería yo quien jamás perdonaría a aquella horrible mujer.

Al cabo de unos meses encontraron el cuerpo sin vida de mi amigo en el patio interior del internado. Boca abajo, con los brazos extendidos y las piernas ligeramente separadas. Un pequeño charco de sangre yacía bajo su cabeza. Sus ojos abiertos miraban fijamente la pared gris y desconchada del viejo edificio. Pero en sus labios asomaba una sonrisa.
Sebastián había sido rescatado por un precioso dragón blanco.



Raquel
"Mirad por la ventana y tal vez podáis ver al ángel que espera sus alas sentado en el andén..."

Layma
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Mensajepor Layma » 09 Dic 2005, 01:44

Recuerdos recuperados...

- Mirando al Sur -

-¿No dices que te acuerdas de tantas cosas? Seis añillos tendrías. Tu padre quiso que te conociese la abuela porque eras la única nieta que se llamaba también Helena, pero Helena con "H" al estilo de las tragedias griegas. Te llevaron en coche hasta la casa. Nos llevaron, porque yo iba contigo. Y te sacaron por una puertecita que daba al pasillo por donde tu abuela andaba sin parar. Tu abuela, a los sesenta años, de repente, sin saber porqué sí ni porqué no, y sin tirar si quiera el jabón a la olla, perdió la suya y le dió por andar. Al principio daba una cabezadita en un sillón; después, ni eso. Andó, y andó, y andó.

-Se dice anduvo.

-Se dirá como te dé la gana, pero andó. Tanto es así que, como en la casa de Sevilla y en ésta de Sanlúcar hay tanto recoveco , tuvieron que darle facilidades. Tu padre se puso manos a la obra y le arreglaron un pasillo por todo alrededor, para que la pobre mujer pudiera andar sin tropezarse. Como iba igual que un tranvía, te pusieron en mitad del pasillo. Tu padre te empujó un poquillo y dijo "Es mi hija pequeña, se llama ...". No le dió tiempo a más. Tu abuela lo miró con los ojos en ascuas, negros que daban miedo. Luego, no sé si llegó a mirarte a ti; el caso es que te apartó con el brazo y siguió caminando mirando a lo lejos que era lo que le gustaba.

-¿Y yo que hice?

-Echarte a llorar, ¿qué ibas a hacer?. Menudo trago pa una niña chica.
Después de eso no hubo más oportunidades, no vivió mucho más. Una tarde en la que parecía que habría tormenta porque los cielos estaban arrebatados de la congestión que llevaban; tu abuela descarriló. Se metió dentro de la casa aunque todavía no era de noche, entró en el salón y se sentó en un viejo tronete que aún conservaba a pesar de lo antiguo. Tu tía, que vivía con ella llegó corriendo, asustada porque no la había visto sentarse en quince años "¿qué le pasa a usted madre?", le preguntó como si fuera raro que estuviese cansada, pero claro la falta de costumbre... Se sentó, la miró como si la reconociera, cosa que jamás había hecho y miró también las cosas del salón: los cuadros, los muebles, el tapiz y se miró las manos... Luego, despacito, sin levantar la voz, le contestó a tu tía "¿Cómo que qué me pasa?. Que me voy a morir". Y se murió. Sencillamente. Hizo así con la cabeza y se murió. Como si en ese final recuperara la razón, de pronto, entera: hay que ver que cosas. El cuerpo está enterrado, como el de los de más piraos de tu familia, en el panteón del cementerio de San Fernando. Menuda juerga deben tener allí.

Helena y la tata hablaron mucho ese verano de los sucesos familiares. A Helena le interesaba su niñez más que nunca. Se sentaban desde por la mañana hasta que les daba la hora de comer. Muchos días ni si quiera se cambiaban, almorzaban con el camisón y la bata, acompañadas siempre de unos pai-pai que compraron en la playa con los que se abanicaban. A ritmo de Caribe decía la tata entonando por lo bajini una habanera. subían luego a la azotea a tomar café, y a ponerse moradas de pastelitos de esos pequeños. Helena adoraba mirar las azoteas de Sanlúcar, con tantos desniveles, con su lavadero, el cuarto donde antes se cocía el pan, el largo tendedero. Todo le traía olor y sabor de su infancia, cuando el verano duraba tres meses o más y eran las deslumbrantes azoteas y los tenebrosos trasteros el reino reservado de los niños.
Se recostaban las dos mujeres en las hamacas y charlaban sin cesar. O se estaban calladas mirando el cielo, o los jardines de un convento vecino. Cuando el Sol iba cayendo, a veces, se iban a pasear por el Bajo Guía.

-¿Echas de menos tu casa?

-Sólo por el jardín. Aquí estoy tranquila, recargando baterías. Cuando me asomo por el cierre del salón a la calle, me parece que aqui la gente vive más. Que ciudad tan inmovil es a veces Sevilla. Como esas guapas que hacen curas de sueño para no envejecer. Desde hace tantos años está ahi repintada, disimulando sus arrugas...

-Cómo todos.

-Lo dirás por ti. Yo no tengo arrugas, y cuando las tenga estaré orgullosísima.

-La hermosura no es más que la flor de un día, hija, y más duro es conseguirla que mantenerla.

-Naturalmente lo dices por Sevilla. Cuando estoy en otra parte siento que Sevilla es una ciudad de visita, lo mismo que un museo; una ciudad de paso, preparada para los turistas. Hay quien se enamora se Sevilla, queda deslumbrado, y hay quien se engancha como de una droga: gente de fuera siempre a la que le cuesta desengancharse. Qué falta de cambio si te das cuenta, las mismas fiestas siempre, las mismas personas que se repiten sin cesar, la misma superficialidad, la misma grasia que no se pué aguantá, un año y otro...

-En un momento has puesto a Sevilla a caer de un burro, menos mal que yo nací aquí.

-Bueno a Sevilla no, a los sevillanos. O más bien a los sevillanos que yo conozco, tienes razón, no debí generalizar.

Vivían como a salto de mata. Leían el periódico sin prisa y sin necesidad de saber de la actualidad. Y Helena bebía más que nunca, fumaba más que nunca.

-Eso es que estás nerviosa, por mucho que digas que Sanlúcar te amansa. ¿Y que es eso de beber whisky con coca-cola? Que asco niña. ¿Porqué no te bebes un vino o una manzanilla?

Un día leyó Helena en alto un suelto de un periódico que comentaba que un ciclista cumplía en la próxima temporada, sus 31 años, y que a tal edad el cuerpo no responde ya con las mismas garantías. Se detuvo en seco.

-Treinta y un años.

-Tampoco vamos a correr nosotras ningún tour, niña. No creo que te vaya a dar a estas alturas por la bicicleta.

-No; si es que tengo la impresión que nunca llegaré a esa edad, es como si todavía no hubiese tenido catorce años, ni veinte, ni veinticuatro...

Quizás fuese el estar tan a solas con la tata pero la mente de Helena se había cerrado en banda. "¿Cómo he podido vivir la adolescencia sin enterarme?¿O se me habrá olvidado? ¿Cómo fue mi primera regla? ¿A quién llamé para contarlo? ¿Porqué estaban tan borrosos todos los años anteriores al amor? ¿Qué es lo que tengo mío? ¿Qué me pasa?". Se lo contaba a la tata, y la tata se conformaba con mover la cabeza y decirle al ratito:

-Todo eso es tuyo, tuyo y de nadie más. Hay un tiempo que una va por un camino y no sabe dónde la lleva, y se distrae andando, como tu abuela, y se olvida de los días en que andó (se dice anduvo, pero no me da la gana), y del camino también se olvida... Yo creo que eso pasa cuando una tiene algo importante que hacer y que no ha hecho todavía.

-A mi lo que me parece es que un día de éstos entro en la cocina, saludo a quien haya, y echo el jabón al puchero... Todo es como si no me hubiera pasado a mi. Como si estuviese contigo todavía de pequeña y tu me contases lo que me iba a pasar, y yo hoy lo recordara como me lo habías tú contado. Tu eres para mi, mi oraculo de verdad.

-A mi no me llames porquerías.

Helena se acurrucaba a los pies de la tata y apoyaba la cabeza en sus rodillas y le suplicaba que se inventara cuentos o recitara ensalmos. De cómo hay que mirar a la luna llena y rezarle la oración con una moneda en la mano; de cómo recoger en el menguante la leña y sembrar en el creciente, y cortarse el pelo o las uñas. De qué conjuro se sirve una para hacer volver al amante...
Aquella misma noche, al fresco ya, retó a la tata:

-Tú que tanto sabes, ¿qué hay que hacer cuando se tiene la sensación de haber vivido sólo quince años, y no seguidos?¿No hay unas hojas de reclamaciones?¿Porqué no se puede volver a empezar?

-Porque harías el ridiculo dos veces. El hombre es el único animal capaz de tropezar dos veces en la misma piedra. Eso dicen ¿no?. Pues la mujer es capaz, además, de coger la piedra y tirársela contra su propio tejado. Unas imbéciles, es lo que somos cuando nos empeñamos en llegar, andando, andando, al final del camino. Tu abuela se perdió la ocasión de conocerte, ¿qué vas a seguir perdiéndote tú, mi niña?.
"Nació con el don de la risa y con la intuición de que el mundo estaba loco. Y ese fue todo su patrimonio..."



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Mensajepor Layma » 13 Dic 2005, 18:17

No lo posteo en miradas porque es un poco largo pero bien podría tratarse de una. En fin, aquí queda.

-El paseo de los almendros-

Mi miedo es libre y
manifiesta mi libertad,
pongo toda mi libertad
en mi miedo.

J.P. Sartre.

Me puse unos vaqueros, una camisa negra, el pelo mal recogido por si tenía que cubrir mi cabeza con la capucha de la chaqueta, son las cosas de una ciudad tan lluviosa. Repasé mentalmente el contenido de mis bolsillos, si se me olvidaba el tabaco iba a pasar algún rato apurado esa noche. Cada día soy más dependiente. Cogí la llave de la habitación y la tarjeta con la dirección del local, sin mirarla si quiera, poniendo de manifiesto que se trataba sólo de un trámite, para asegurarme si me perdía, de preguntar la dirección correcta. Pero yo sabía que no pasaría, recordaba cada recodo del camino con detalle. Bajé por el paseo que tan habitual había sido hace unos años. No tenía prisa, ni me importaba ser impuntual. Anochecía lentamente. Había ciudadanos de "la city" paseando a sus perros. En un entrante ajardinado, se levantaban, airosos, aquellos dos almendros que fueron testigos mudos de un primer beso...
Otro avión atravesaba el cielo con su parpadeante ojo rojo. Paseaba por la orilla este del río, bajo unas nubes que guardaban aún un resto de luz dentro de ellas "¿Cómo mi corazón?", me planteé. ¿Qué importaba eso ahora?. Una Luna velada asomaba en el cielo.

En un balcón atestado de flores, de macetas y de jardineras, con una gran jaula de madera al fondo, había asomada una mujer viejísima. Al notar que la miraba, la anciana me saludó con una mano lentísima. "Hablamos el mismo idioma, nos sentímos igual de viejas". Dieron las luces a las farolas, y más allá, relucían los destellos plata del London´s Bridge.

Siguiendo las indicaciones de mi torpe memoria, torcí un callejón a la derecha y desemboqué en una preciosa placeta, había cambiado a lo largo de éstos años pero no podría precisar en qué. Continué calle abajo, pronto pude ver el cartel de letras blancas sobre fondo azul cobalto: "Vernont Street". Encencí un cigarro paralizada ante las puertas negras del local, las imágenes de la última noche que las atravesé se agolpaban en mi mente y pasaban como diapositivas. Luego, más despacio fui recordando una por una las caras de los diferentes acompañantes que me habían llevado allí. ¿Podría ponerle nombre a esas caras? Roger, Daniel, Jhon, Philip, James, Sergi... recordaba sus nombres pero no lo que fueron para mi, pasatiempos con los que ganar dinero. Me consolaba la idea de que ellos tampoco me recordarían.

Entré timidamente y un sabor amargo me subió a la boca, tuve la tentación de salir corriendo, pero cuando quise darme cuenta ya estaba dentro. Había unas cincuenta personas. Un hombre joven que me saludó con efusivos besos, sin enterarme bien de quién era, me fue presentando algunos grupos. Pedí un bourbon, con la torpeza de no mencionar la coca-cola. Me lo sirvieron con un agua ligeramente gaseosa, que lo convertía en una bebida inofensiva en apariencia y buena para quitar la sed.

Oí una voz que llamó inmediatamente mi atención, Frankie me llamaba con la mano alzada desde el otro extremo de la barra, y yo acababa de aterrizar de pleno "en otro tiempo, en otro lugar".

Todo lo demás desapareció, me quedé a solas con él, con sus ojos flotando sobre mi, tropezando con los míos. Lo noté mayor, pero le favorecía. Cuando conseguí apartar los ojos de su boca, vi su cuerpo, familiar, cálido con esa dejadez romántica que acentuaba su camisa blanca impecable. Tuve la sensación o la forcé, de enamorarme de nuevo a primera vista. Me sonreí al recordar que precisamente lo último que le dije, al salir del loft donde vivíamos juntos para no volver fue: “Ya no te quiero, nunca te he querido y nunca más te querré”. Soy demasiado propensa a dictar sentencias.

“I don´t hope you to come back here. I´m happy to see you, baby”, dijo con una de sus mejores sonrisas. “No finjas, sabías que vendría” contesté mientras me acercaba a darle dos sonoros besos. Nuestros cuerpos estuvieron unidos unos segundos más de lo habitual, que a mi me parecieron eternos, quizás sea cierto que donde hubo llamas aún quedan cenizas. “Talk me in spanish, please. I hate this one damn language”, solté para romper el hechizo que empezaba a asustarme. Frankie me soltó una mirada burlona, supongo que por mi patosa forma de construir frases en inglés y por la cantidad de veces que en el pasado le había insistido para que me enseñara a hablarlo correctamente.

El local no había cambiado mucho, quizás los que habíamos cambiado fuéramos nosotros. Ahora que la gente habla de poesía como si fuera una recién descubierta. Miraba las botellas colocadas bocabajo con sus dosificadores, los mismos licores que alguna vez quise probar. La barra de madera mil veces barnizada, la música impersonal que acompañaba las conversaciones, aquella mesa de esquina donde tantas veces interpreté el papel de la felicidad, el bar donde se hace de día… Fuese como fuese, lo cierto es que me gustó. Pero me reproché que me gustara. Imaginé el efecto que me habría producido tenerlo a mano para acudir cuando quisiera, dentro de mi ambiente normal, si es que a mi ambiente se le puede llamar normal. Luego dejé de imaginar. Me quedé prendida del lenguaje de sus manos, distinguidas aunque poco cuidadas. Me confesé atraída, en el sentido más inmediato, por su boca sensual, tan expresiva, los altos pómulos, por el movimiento con el que ladeaba la cabeza cuando esperaba una respuesta que yo tardaba en darle, por su mirada, por las repentinas risas invencibles, contagiosas, armónicas… Caí en la cuenta de lo femenino que siempre me había resultado. Sus manos me pasaron cerca de la cara y volví a sonreir, tan capaces a la vez de generosidades y de perfidias, de afirmaciones incuestionables y de cuestionables ternuras. “Estás reinventando al personaje”, me recriminé. Me invadió un sentimiento de comodidad, como si nunca hubiera dejado de tratarlo. No me extrañó en absoluto que siguiera dedicándose a la música y que viviera aún en el mismo loft, por temporadas acompañado y temporadas a solas. Fue por eso por lo que me embistió, sino el miedo aún, la primera señal de alarma. Es decir, no era de nuevo un amor a primera vista sino un temor a primera vista. Inesperadamente me oí decir:
- “Estoy buceando entre los recuerdos como quien bucea en aguas profundas, tratando de sobrevivir entre ellos y de ellos. Ser y haber sido quizá no sea posible al mismo tiempo. Quizá no sea posible amar y haber amado.”-
Como si se tratase de una conversación iniciada hace mucho, Frankie afirmó con seguridad:
-“Es posible. Yo lo sé. Yo lo estoy sabiendo. No ha sido en la música donde he obtenido mis alegrías, ni siquiera el asomo de la felicidad. Lo mejor de la vida lo he obtenido de la vida misma. Y así y todo…”

Pensaba que no fueron mis amantes artistas los que me habían amado mejor. Me amaron porque contaban, además de sus artes, con su corazón. El arte es capaz de multiplicar, de ampliar, pero no crea nada; es capaz de iluminar pero no crea la luz:
-“La vida adquiere más valor cuando una empieza a comprobar que ha comenzado su viaje de regreso.-Frankie negaba con la cabeza-. Cuando se vive más despacio con la consciencia de que muchas cosas las realiza por última vez : viajes, deseos, miradas…”
-“¿Cuál es la última vez? Cada vez es la primera y la última.

Su voz me acunaba. “Es un tío cursi” me dije para sacudirme del peligro que me arrinconaba la voluntad. De pronto sentí ganas de llorar pero continué sonriendo. La memoria es selectiva o somos nosotros los que dejamos que seleccione libremente, lo cierto es que no recuerdo mucho más de la conversación. La noche continuó hasta que tuve la necesidad de salir de allí. Moví la mano despidiéndome de todos. Me escabullí como pude. Algunos de los que estaban allí me rodeaban. No sé lo que les dije. Salí de allí. Cruce el callejón para buscar mis pasos.

No, no era culpa de Frankie, era mi estado de ánimo. Una inexplicable inquietud me arrastraba en volandas hacia el hotel. En mi interior sangraba un conocido remordimiento de lo que una vez fui. Las torturas que me había causado el amor, sus catástrofes. Y aún tenía la intrepidez de tentarme de nuevo, de acercarse con sus leves pasos, con su alegría, con su ya ensayada improvisación. Escuché dentro de mi como se cerraba una puerta. No, no recordaba el engaño vivido, ni la alegría que corta la respiración, ni el placer de la entrega absoluta(¿Cuándo había sido absoluta mi entrega?). Recordaba sólo los momentos de las muertes, el final, los adioses.

Supe que estaba irremediablemente perdida cuando llegué a la puerta del hotel. La tentación de hacer una llamada, o de regresar corriendo como si no me hubiera ido punzó en mi estómago. Pero ya la desesperanza había hecho mella, necesitaba dormir, necesitaba soñar…

Me quité las botas subiendo en el ascensor para sentir mis pies sobre la pesada moqueta, hay costumbres que no se pierden. Me desvestí con tanta rapidez que hubiera podido quitarme la piel y no darme cuenta, la ropa quedó deperdigada junto al resto de pertenencias mal ordenadas. Una ducha caliente era lo mejor para quitarme el olor a tabaco y alcohol que me había traído pegados, de nuevo otra costumbre que no se pierde. Hace años, la ducha se convertía en lo mejor de las noches después de haber estado en el local. Me tumbé desnuda sobre la cama, en el espejo podía ver la silueta de mi cuerpo, esta vez estaba a salvo, era sólo mío. Leí un rato sin que me calaran ideas ni palabras y me quedé pronto dormida. Dormí dándome cuenta de que estaba durmiendo y un sueño revelador vino a visitarme. Un sueño que conservo intacto en mi memoria y que me hizo despertar radiante de felicidad…

Luego, por fin, sobrevino el llanto. Lágrimas amargas resbalaban por mi cara, mojaban mis labios, caían sobre mi pecho. Lágrimas que sacaban un dolor profundo, el dolor del Amor.

Ya no quedaba otra cosa, después de que el mundo entero girara sobre este eje, salvo la soledad. Y el silencio, y las lágrimas.

---------------------------------------------------------------------------
Pd: Oiessss que editao pa incluir las frases de Sartre del comienzo y es que me he dao cuenta que en el manuscrito original (que payasa soy :P) había escrito eso mu apretadito en el margen de la página de la libreta y al transcribirlo me lo había saltao :).
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Mensajepor brujita_alc » 30 Dic 2005, 21:23

Ni 15 años son suficientes para olvidar. Me pregunto qué extraño motivo hace que tenga recuerdos tan vivos y detallados de momentos que sucedieron mucho tiempo atrás y, sin embargo, apenas pueda recordar cosas que hice hace tan sólo unos días.
El recuerdo todavía quema hoy, y duele.


- Absurdo -

De buena mañana, una luz blanca traspasa como un cuchillo recién afilado los cristales que dan al balcón. Es tal su intensidad que me obliga a entornar los ojos hinchados. Veo flotar motitas en la luz, quedándome absorta, con la mirada perdida en la multitud de la nada. El día es soleado, despiadadamente bello. Sentada en el sofá a la espera de una respuesta aguardo a que alguien aparezca e interrumpa mi elegida ausencia. Es difícil para una niña de nueve años tratar de entender que, paradójicamente, la vida no se interrumpe a causa de la muerte y que todo sigue su curso. Y es que me acabo de dar cuenta de que la vida no espera, no se detiene, no importa que pidamos un segundo de reflexión. No hay tiempo, y eso equivale a sentir que tengo todo el tiempo que puedo desear, infinito. El árbol del parque sigue moviendo sus ramas mecidas por el viento. La rutina y los quehaceres cotidianos del mundo me resultan odiosos. Todos deberían estar ahora mismo guardando, como mínimo, un minuto de silencio. Reír debería estar prohibido. Aparecen mis primos por la puerta y observo en sus miradas cierta dosis de lástima y una enorme cantidad de curiosidad movida por el morbo. Me siento como si tuviera diez años más que ellos, como si fuera una vieja, y ellos fueran sólo dos niños malcriados que desconocen el significado de la palabra dolor. Hoy me ha tocado desempeñar el papel de payaso de circo en sus monótonas vidas. Qué se le va a hacer, por mi como si prefieren que sea equilibrista. Todo da igual, porque todo es un absurdo sinsentido. A mi infancia le ha salido una grieta, y sé que eso significa algo, pero todavía no adivino qué puede ser. Los niños mimados desaparecen por la puerta de la cocina donde les espera un vaso de cola-cao caliente y unas madalenas duras.

De nuevo mi mirada se dirige al ventanal. Todavía no he logrado saber porqué ha salido el sol.

A media mañana sigo en casa de mi abuela, la madre de mi padre. Enviudó joven y ahora vive con mi tía y mis dos primos, los imbéciles. Mi sombra deambula por la casa, helada, y nadie me habla de lo que saben que estoy pensando. Inútilmente tratan de desviar cualquier conversación hacia temas de los que no tengo ganas de hablar. El fingido interés cae sobre mis heridas como sal en carne viva. La noche anterior fue un infierno. Las lágrimas quemaban mis mejillas y con ellas se llevaron un tercio de la inocencia y otro tanto de ilusión. Nada es lo mismo. Mi llanto ahogado en la almohada no fue suficiente para evitar el desvelo. No era tanta la necesidad de no molestar como la de que los demás no supieran lo agitada que se encontraba mi alma. Mi abuela, en la cama de al lado, simplemente callaba. Yo le daba la espalda, encogida en un lateral del colchón, mirando al armario. La luz amarillenta de la lamparita se reflejaba en las paredes, y proyectaba mi silueta sobre el barniz del desgastado mueble, acentuando el ambiente de tristeza que me ahogó aquella noche. Nunca he sentido así la soledad, rodeada de silencio y bebiendo lágrimas amargas. Me repetía una y otra vez que aquello era una pesadilla, pero cada silueta, cada objeto, cada hora que pasaba, resultaban lentos y pesados, reales, tangibles. Todo es realmente cruel, sin excepción. Pero sólo nos damos cuenta cuando esa crueldad se manifiesta de forma dramática y grotesca. Es entonces cuando nos invade un sabor amargo en el fondo de la garganta que va subiendo hasta que el vómito acude como principal síntoma físico que responde a una revelación tan brutal. La vida no es bella, nosotros la imaginamos así.

Llegó un nuevo día exacto a todos los demás en el que el sol brillaba con fuerza. Imaginé que el sol barría cualquier rastro de agonizante tormenta y sentí que todo había sido sueño. Nadie lo negó.
Alguien me proporcionó un estuche con pinturas y unos folios en blanco. Él se había marchado, la muerte lo había arrancado de la vida de golpe y sin avisar, dejando un inmenso vacío frío y oscuro. Dibujé tres gatos. Todo resultaba tan absurdo…

Ese día aprendí algo importante. La vida es inevitable.



Raquel
"Mirad por la ventana y tal vez podáis ver al ángel que espera sus alas sentado en el andén..."

Invitado

Mensajepor Invitado » 02 Ene 2006, 15:26

Cuando lo escribi sentía la necesidad de hablarle...

... ahora con escucharle es suficiente, ya que los dos seguimos el mismo camino.

No se si esta sera la mejor forma de hacerlo, pero por lo menos espero librarme de esa extraña sensacion que me recorre. Es como si estuvieras todo el dia chillandome y sabes bien que a veces consigo no oirte, supongo k el tiempo me da la fuerza necesaria para hacerlo, pero no creo que esa sea la solucion, no quiero vivir sin escucharte, no quiero pensar sin saber lo que tu opinas, lo que tu sientes, quiero poder volver a seguir tus instintos sin despues derrumbarme como una montaña de cartas con un leve soplido.

Se que estas ultimas semanas lo has pasado mal, que te has sentido solo y yo he estado ciego, mas bien no queria ver lo que pasaba, porque sabia que tu lo estabas pasando mal y pensaba que si lo hacia asi eso acabaria y podrias seguir viviendo igual que antes con esa felicidad y energia que contagiabas a todos. Pero supongo que no siempre puede ser asi, que a veces la vida te da palos que te cambian y que espero te hagan mas fuerte y hagan que madures, y como no, a mi contigo.

Todavia no se muy bien porque estoy escribiendo esto, pero es que ahora necesito tu ayuda, no te quiero dejar de lado, pero a la vez no quiero sufrir contigo. Prefiero que tu dejes de sufrir y me ayudes en lo que ahora me tengo k concentrar. Quiero que estes ahi, no te quiero oir llorar por las noches resonando en todo el cuerpo y cubriendo a los ojos de lagrimas, no quiero volver a sentir esa sensacion, a no ser que sea por felicidad.

Supongo que todo esto es una tonteria, pero a lo mejor me ayuda, ahora necesito concentrarme y si tu estas triste no puedo evitar ir a ver lo que te pasa y no me centro en lo que realmente tengo que hacer. Por eso quiero pedirte que te olvides un poco de todas esas cosas que te hacen sentir asi, que me des fuerzas y entre los dos consigamos sacar algo a delante.

No se si es demasiado lo que te pido, pero se que lo intentaras, aunque no es como a ti te gustaria hacerlo. Pero ya no puedo mas, no se si tengo mas fuerzas para seguir haciendolo a tu modo, asi que ahora intentaremos hacerlo al mio, solo seran unos dias, por intentarlo no se pierde nada, asi que espero que pongas de tu parte.

Creo que no tengo nada mas que decir, espero que esto haga que cambies un poco, y que cambies de opinion y me ayudes. Supongo que este es uno de esos momentos en los que estamos lo dos solos y para superarlo nos vamos a tener que ayudar. Tenemos que sacar fuerzas de donde no las hay, y no voy a permitir que te derrumbes, porque eso no nos beneficia a ninguno.

Espero que estas palabras hayan servido de algo y que mejore la situacion. No se si algo asi volvera a repetirse, pero por lo menos siento que te has quedado un poco mas trankilo y espero que sigas asi por un tiempo. Siempre unidos superaremos lo que tenga que venir.



No sabia donde ponerlo y por eso lo puse aqui, disculpad se me confundi de lugar.

Soma.

Mensajepor Soma. » 02 Ene 2006, 15:44

El Accidente;



Aquella mañana, era Lunes. Aunque hacía tiempo ya, que yo no distinguía los días. Lunes, Martes, Miércoles o Domingo, todos eran iguales. Como todos los días, fumaba y esperaba el autobús que me llevaba al hospital. Desde el día del accidente, no me sentía con fuerzas para conducir. Ni para eso, ni para nada.

Había dejado mi trabajo, de ejecutivo en una multinacional. Para muchos el trabajo perfecto. Viajar, tener una secretaria guapa y ganar mucho dinero. Para mí, la realidad era otra. Lo de viajar se reducía a subir en un avión, para ir a una ciudad de la que nunca veías nada. Encerrado en la habitación del hotel, recorriendo una y otra vez, los infinitos canales de la televisión por satélite, hasta cagarte en todo. Mi secretaría rondaba los sesenta, con un espectacular parecido a Clint Eastwood, y que no me tenía el mínimo respeto. En cuanto al dinero, simplemente pienso que, sólo tiene realmente mucho aquél que no tiene que aguantar los problemas y las tonterías de los demás. A no ser, que éstas le diviertan. Por lo demás, a veces se me permitía cogerme algún puente e incluso podía irme a veranear o esquiar a otros países. El resto del año, purgaba miserablemente mis pecados.

Realmente, yo nunca tuve la culpa de convertirme en un soplapollas. Un día, unos señores muy elegantes llegaron a la facultad. Preguntando por los expedientes más brillantes, y allí estaba el mío, y yo con él. Dispuesto a comerme el mundo. Aprendí a ganar mucho dinero, pero no sé quién se habrá comido a quién. Me metí en la boca del lobo, pensando que nunca me llevaría la corriente, que no me convertiría en uno de ellos. Y cuando me di cuenta, ya era tarde. Me había convertido en uno más. Capaz de pisotear a cualquiera, por cosas que carecían de sentido.

Sólo existía una cosa que daba sentido a mi vida, Lucía. Ella, era el sol que me hacía ver los problemas de la noche con más luz. Los dos tenemos treinta y tres años. Y no tenemos hijos, ella tuvo dos abortos. Perdió los hijos que esperábamos, de una forma inexplicable. Llevamos siete años casados y otros tantos de novios. Toda una vida, que se suele decir. Habíamos tenido nuestros problemas, como todas las parejas, pero yo seguía tan enamorado como el primer día. Es la mujer de mi vida, ha nacido para mí. Y sé, que ella también me quiere. Una vez se planteó dejarme pero no lo hizo, nunca pudo. Yo soy tan sólo, uno de los dos polos. De esta historia, la mitad. Más y menos., y en el otro extremo, ella. Mi tormento, mi fabuloso complemento, mi fuente de salud. Lucía es preciosa, una andaluza morena de piel y de pelo. Con unos ojos color verde, verde esperanza. La suya, la mía, la que nunca perdí. A mi, no se me podía clasificar ni de alto ni de bajo, ni de grueso o delgado. Hacía ya un par de años que andaba medio deprimido, medio desanimado. No me encontraba la herida, pero tenía la sensación de que por dentro me manaba la sangre. Dos años, los mismos que habían transcurrido desde el accidente de Lucía. Le habían diagnosticado un estado vegetativo crónico persistente y un año después, estado de coma. En el cual se encontraba.

Para un quince por ciento de los pacientes, el coma dura solo un par de semanas. En ese término, la persona con lesiones menos severas, despierta espontáneamente. Algunos dicen recordar que el médico les hablaba, pero son sólo anécdotas. Porque científicamente, lo que se sabe, es que en ese momento no hay registro de actividad en el cerebro. Otros no corren con tanta suerte, cuando la lesión que se presenta en alguno de los hemisferios no compromete el estado, sino el contenido de la conciencia. Pueden abrir los ojos pero no logran conectarse. Miran un objeto y no saben qué es. En estos casos esas alteraciones se conocen como estado vegetativo. Los médicos son muy cuidadosos en no declarar una persona en dicho estado, antes de tres meses. Si sigue sin tener relación con el mundo exterior se llama vegetativo permanente. Una excepción se hace cuando el paciente es joven. Los niños y jóvenes, pueden tener una buena recuperación, aún después de un año.
A diferencia de las personas en coma, que permanecen todo el tiempo con los ojos cerrados, quienes se encuentran en estado vegetativo crónico persistente, tienen períodos de vigilia y de sueño (abren los ojos durante el día, para luego cerrarlos al dormir), aunque su mirada y los movimientos de sus ojos no tienen ningún contenido de conciencia. Es decir, que no presentan ninguna comunicación con el mundo exterior. No obstante, la evidencia muestra que nadie en tal estado puede volver a tener conciencia.

Esto era lo que me había explicado el equipo médico, en la reunión que tuve con ellos el mes pasado. Reunión en la que me propusieron la posibilidad de desconectar la máquina, que aún la mantenía con vida. A ella, y a mí. Cuando me lo dijeron, sentí como un fuerte dolor en el pecho. Como si me arrancasen el corazón a tiras. Después, a duras penas, logre esgrimir un rotundo no. Mi vida se había convertido en una asquerosa rutina, pero todos los días iba al hospital. Allí podía verla e imaginarla como antes, como siempre, llena de vida. Y eso me hacía feliz.

Todas las mañanas mientras espero el autobús, recuerdo el día del accidente. Era nuestro aniversario de bodas. La estaba esperando en casa y el reloj marcaba casi las diez de la noche. Ella aún no había vuelto de trabajar. Empecé a preocuparme, a ponerme nervioso. La llame una y otra vez al móvil, y estaba siempre apagado. De pronto, la puerta se abrió. Era ella, subió corriendo a buscarme. Yo andaba por el pasillo, dando vueltas. Bastante nervioso. Mi mirada se clavó en la suya.
- Lo siento cariño. He tenido una tarde de trabajo. Ni siquiera tuve tiempo para encender el móvil.
- ¿Qué pasa, es que no sabes hacer dos cosas a la vez? ¿Para qué coño te regalé el móvil? ¿Para que lo tengas apagado?
Y entonces mi corazón comenzó a acelerarse. Sentí, como que la cabeza se me nublaba. Que el cuello, se me llenaba de hormigas. Que me secaba por dentro. Y el aire se paró, el ruido, todo…y deje de ver. Y una vez más, el miedo se apoderó de mí. Estaba seguro de que me engañaba. O sino, ¿qué iba hacer una mujer como ella, con alguien tan poca cosa como yo?

Cuando regresé de mi estado de coma particular. Lucía había caído rodando por las escaleras. No sabía que había pasado, ni quién la había tirado. Se había golpeado fuertemente en la cabeza y un gran charco de sangre le dibujaba la silueta.

Yo nunca quise líos. Sólo una relación normal. Lo normal de un matrimonio. Que los dos sepan donde está el otro en todo momento, lo que hace, lo que piensa…lo que sueña.

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Gata*
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Mensajepor Gata* » 03 Ene 2006, 02:35

Aquella habitación era suya. Ellos dos se fundían allí dentro como una llama inalcanzable. Calor puro. Calor humano. Fuego. Pasión. Era como si el tiempo no pasase allí dentro. Noches eternas pero días pesados. Mañanas de olor a tabaco... El amor se sentía a kilómetros. Se querían. Semanas de cariño, meses de caricias. El sexo era como un pasatiempo debajo de aquel edredón y en aquella cama, que se iba quedando sin esquinas. Y no era solo el sexo lo que les hacía diferentes, sino las conversaciones sobre nada en particular que compartían, las carcajadas que hacían eco en las huecas paredes, y las miradas que se comían el silencio... Allí se respiraba amor puro, y no sólo vicio. La lujuría se partía en pequeñas dosis para no abusar. Era todo tan perfecto...La luna y las estrellas se estremecían cuando se asomaban al pequeño balcón para mirarlas...Solamente un pequeño detalle era un mundo en aquel rincón que les unía. Y les unió hasta que él se desvaneció un día de lluvia. Los años habían pasado y nada se podía hacer. Ella se quedo sola, llegó a enloquecer, pensando que su hombre nunca iba a volver. Aun así, continuó yendo a aquel lugar, su sitio, el de los 2, y allí se encerró hasta que el tiempo a ella también se la llevó... Ahora hay una nueva pareja, ellos los velan desde alguna parte. Se siente la pasión como al principio...

El amor puede llegar a ser magia *
*No todos los recuerdos bellos que quedan congelados en nuestra memoria son capaces de destruirnos, a veces tambien son capaces de hacernos sacar una sonrisa, la cual solamente nosotros sabremos interpretar*

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Mensajepor *Itza* » 03 Ene 2006, 21:03

Hace muchísimo tiempo ke no eskribo. Leo la página kasi a diario, xo he pasado x una époka en la ke estaba konvencida d ke no tenía nada ke decir.
En esta vuelta os dejo un relato. Tal vez no sea más ke mierda. Xo al menos a mi m sirvió xa akabar kon ella.


RUTINAS




La habitación está pintada de salmón y la mayor parte de sus muebles presentan un tono verde botella demasiado sobrio para ser acogedor. Cansada, deja la maleta sobre la cama de matrimonio que preside el cuarto y se sienta junto a ella. Por fin en casa. Por fin de vuelta.
Tras unas fantásticas vacaciones ha regresado, y si ha de ser sincera echaba un poco de menos esa rutina aplastante que fabrica su diario. Recorre las paredes con la vista y no observa cambio alguno. Todo sigue igual. Como siempre. Como siempre.
El reloj le indica que no tiene demasiado tiempo si quiere llegar puntual a su cita. Lo primero que necesita es una ducha, así que se dirige al baño con un albornoz en una mano y un bote de champú en la otra.
El espejo le devuelve la imagen de sus ojos verdes (de sus ojos vacíos. Vacíos y empapados en lágrimas que queman como si fuesen ácido, que corroen poco a poco su visión del mundo.) y comienza a desnudarse. La visión de su cuerpo desnudo la ruboriza y no puede evitar taparse inútilmente con sus brazos. (Su horrible cuerpo desnudo, un cuerpo destrozado y sucio, que le produce en el fondo de la garganta una profunda sensación de asco, de impureza, de oscuridad...).
Tras evaluar la temperatura del agua, se decide a introducirse bajo ese chorro a presión que tanto desea. (Sus lágrimas se confunden con el líquido, la sangre producida en las palmas de sus manos por sus propias uñas cae por el desagüe y desaparece...). Acaricia su cuerpo con el jabón por todos los rincones, suavemente (caricias que cortan como cuchillas de afeitar desde que él hizo que su dulce piel se convirtiera en lija, desde que él hizo que su propio tacto la repugnara). El agua cae sobre ella como una cascada de vida. Enjabona su cabello largo y rizado( a veces, mientras lo hace, arranca mechones con rabia intentando que sus pensamientos se vayan con ellos, a veces el dolor que siente al arrancarlos le recuerda que está viva) un par de veces y lo aclara con paciencia. Mucho mejor ahora (mejor que cuándo? Aún nota sus manos como garras apretando sus muñecas cada noche, aún siente su apestoso aliento cerca de ese pelo recién lavado).
Sale de la ducha y envuelve su blanquísimo cuerpo con un albornoz que llena el baño de olor a lavanda y detergente, de olor a limpio ( cuánto tiempo hace que no se siente realmente limpia? Desde aquella noche en que él la tiró sobre la cama, se tumbó sobre su cuerpo débil, recorrió con sus manos y sus labios cada uno de sus rincones).
Ante el espejo se seca con tranquilidad y sosiego, disfrutando de la textura de la tela de toalla. El reflejo de su cuerpo la vuelve a sonrojar (no es su cuerpo lo que le avergüenza. No es su pecho, ni sus caderas, ni su cintura...Sino su rostro. Un rostro sin nombre. Sin máscara. Sin esa máscara que lo recubre siempre que hay alguien a su alrededor. Y la verdad que se esconde bajo esa máscara avergonzaría al más osado y aterraría al más valiente. Su propio rostro le hace temblar de pánico) y se tapa en cuanto puede de nuevo con el albornoz.
Dejando un rastro de agua a su paso se dirige hacia el salón y tras activar un par de botones, la música inunda la casa. Las palabras en inglés parecen simples gritos (gritos como los de aquella noche. Gritos como los que profirió al ver en sus ojos que sería capaz de todo, al sentir sus labios sonriendo de placer y odio. Nadie los oyó. Nadie acudió en su ayuda. Se perdieron en el vacío inmenso dejando eco tan solo en su memoria), pero le gusta tanto ese grupo...
En su habitación decide qué ropa ponerse entre la poca limpia que hay en su maleta aún sin deshacer. Eso es. Unos pantalones vaqueros (como los que él llevaba aquella noche), una camiseta roja (como la sangre de sus labios al día siguiente), unas deportivas blancas (como las paredes de aquel cuarto), ropa interior negra (como su vida. Como sus esperanzas). Se viste procurando que la ropa no se moje con la humedad de su cabello y observa el resultado final (no puede mirar su ropa, no puede apartar la mirada de ese rostro sin mentiras y esos ojos sin alma. Un escalofrío recorre todo su odiado cuerpo llegando hasta sus pies, pero su expresión no se inmuta. No puede. Está muerta.) y le gusta lo que ve. No está mal, parece que las vacaciones le han sentado realmente bien. Necesitaba un descanso (de sus pesadillas nocturnas y diurnas. De sus miedos inventados. O reales).
Enchufa el secador y dirige el aire hacia sus rizos castaños (hacía aire al día siguiente. Hacía aire cuando le vio de nuevo tras todo aquello y se paralizaron cada uno de los músculos de su cuerpo, cada una de sus articulaciones,cada una de sus voluntades. Hacía aire cuando sus pulmones dejaron de respirar y su corazón de bombear sangre por unos segundos. Hacía aire cuando se dio cuenta de que ese demonio le había arrebatado la vida).
No queda mucho más que hacer. Apenas quedan quince minutos para que llegue la hora de la reunión con sus amigos. Les tiene que contar qué tal fueron las vacaciones (acaso a alguno le interesa qué tal fueron en realidad? por qué tras tanto tiempo aún hay noches que se despierta gritando y empapada en sudor? acaso alguien quiere esuchar eso?) y oír sus novedades en estos quince días. Además, debe darle los regalos que compró en aquella tienducha playera como recuerdo inútil. Seguro que les hace ilusión.
Es hora de bajar. Recoge un poco el baño (está demasiado acostumbrada a recoger pedazos), apaga la música y sale de casa.
Cuando llega al sitio concretado unas horas antes les encuentra allí, esperándola. Están contentos de volver a verla. Ella también se alegra de estar allí. Se dirige hacia ellos con la mejor de sus sonrisas. Despacio, reflejando su alegría y su buen humor, disfrutando de cada uno de sus pasos. Con una mano sujeta los regalos. Con la otra, se coloca de nuevo su máscara. Hoy será un buen día.
"Tan lejano... Tan lejano komo la primera mujer kuando tienes 11 años, komo el reumatismo kuando tienes 20, komo la muerte kuando sólo era ayer..."

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Mensajepor Aprendiz » 04 Ene 2006, 01:28

Sigo volviendo cada dia a este lugar, he vuelto a mirar el tiempo que pasamos juntos. No recuerdo ya muy bien tu cara, creo que aquellos labios me gustaban, bueno, estoy seguro de que me gustaban, pero ya no recuerdo su textura, eso si, su sabor no se me va de los mios. Vaya, vuelve a llover, no me importa mucho mojarme, lo hago a menudo. Aqui casi siempre llueve. Asi que ya estoy acostumbrado. No se muy bien que palabras decir, aunque sigo pensando que me escuchas, aunque todo el mundo piense que estoy loco. Vuelvo hacia casa, y sigo pensando que a pesar de los comentarios, aquello fue culpa mia. Todo el mundo dice que esas cosas pasan, pero te escapaste tan pronto. Sigo escrupulosamente el ritual; al cruzar junto a las esquina de la tienda de regalos, dejo de pensar en ti. Vaya tonteria, siempre pienso que soy un egoista por dejar voluntariamente de pensar en ti. Aun asi lo hago, sin demasiada dificultad; quiza sea la practica. Compro regalices y me dedico a masticarlos como tu hacias. Eras demasiado impaciente para dejar que se deshiciera en tu boca; aquello me encantaba. Llego a casa, guardo en el bolsillo trasero del vaquero lo que me queda de los regalices. Cuando enciendo el ordenador, vuelvo a leer aquello que escribi, y vuelvo a esperar que en la pantalla algo de ti. No hay, ya no hay nada. Me duermo con cierta dificultad, y por la mañana, todo como siempre. Despertar, ducha, coche, cafe, trabajo, recuerdos, trabajo, recuerdos, coche, y de nuevo en es lugar. Otro dia mas. Tienda de regalos, regalices, sueño. Aun hay gente que pregunta, Eneko, por que sigues esperando. Te fuiste, y yo sigo en la estacion de trenes esperando verte aparecer a lo lejos.
Si alguien llega a victoria que me espere alli y se saque dos tequilas

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Mensajepor Layma » 26 Ene 2006, 23:57

Parte del texto y de la idea original ha sido de creación compartida. Gracias Vero ;).

- Una rosa en el desierto -

La libertad, la libertad, derecho de la humanidad,
es más fácil encontrar rosas en el mar...

Luis Eduardo Aute.


Nunca nadie se quejó de si era pobre o rico hasta que a mi se me ocurrió sembrar rosas. Yo misma no sabía que eran rosas. La semillas me las dejó como pago un viejo de un pueblo cercano por haberle dado algo de comer. A él se las había ofrecido una señora a cambio de una ropa de abrigo. A su vez la señora las había obtenido de un viajero que se las dejó en prenda en agradecimiento por darle cobijo un par de noches.
Nadie conocía exactamente de donde venían, lo cierto es que tampoco nadie recordaba como eran las semillas de rosa. Hacía tantos años que no llovía y el agua era tan escasa que cuando las planté no tenía mucha confianza en que naciera absolutamente nada, pero me esforcé y regué el montoncito de tierra con las semillas literalmente con mis lágrimas, hasta que un día al despertar fui directa a admirar mi planta que días atrás ya había empezado a germinar. Estaba preocupada conmigo misma porque aquel sencillo suceso se había convertido en toda una obsesión.
¡Oh! no podía creer lo que veían mis ojos. !Qué belleza¡. Había nacido una flor. Una flor incomparable. Sus colores eran indeterminados entre el púrpura y el rosado carnal. Los pétalos eran como la piel de un recién nacido y brillaban como el cristal. No pude contenerme y bajé corriendo a que avisar al resto de vecinos:

- Oigan, vengan a ver !!!. He sembrado unas semillas y ha nacido una flor hermosa.

Admirados, no podían creer el milagro. ¡Una rosa!, ¡es imposible!. Si, era una rosa. Habíamos olvidado el aspecto que tenían. Todos me felicitaron menos ella. Mi vecina Mei. Empezó rectificando los colores. Para ella esos tonos no se acercaban a los de una rosa auténtica, de seguro me había equivocado en algo al sembrarla. Luego le restó importancia. No había que perder el tiempo comtemplando una vulgar rosa.

Mei aseguró que el haber creado rosas nos traería mala suerte y soltó un montón de conjuras contra mi flor. Echando espuma por la comisura de los labios , repitió que la rosa era muy mediocre.

- Para colmo es demasiado hembra. Nada más que piensa en parir botones. ¡Arg que asco!. Todo lo contrario a mi, yo podría vivir sin hijos pero no sin Internet, fax ni teléfono.

Cierto era que la Mei era la única que permanecía todo el día delante de la pantalla de su ordenador. Aunque en el mundo ya no sucédía nada extraordinario, sólo muertes y más muertes. Los ojos de la Mei relampagueaban. Desconfié, ya en dos ocasiones me había traicionado, la primera acostándose con el hombre que yo quería, y la segunda plagiándome una receta de mi madre. Había decidido perdonarla. La vida es corta y de poco sirve guardar enemigos, aunque no debí aceptarla de nuevo.

Cuando todos se fueron, se quedó por allí merodeando. Se acercó a mi rosa, agarró un petaló y lo arrancó de raiz.

-¡No, Mei, ¿que haces?!

-Nada, quería saber si existía de verdad, aquí hay veces que vemos visiones. ¿Cómo hiciste para lograr tal obra maestra?

-Creía que no la considerabas así.

-¡Bah, estupideces mías!. Dime como lo has hecho te lo ruego, quiero lucir una igual en mi jardín.

-Espera a que tenga hijos, no podría dártela ahora, la mataría.

-¡Tú siempre pensando en los dichosos hijos!

Pero Mei no podía estar tranquila a pesar de que tiempo atrás ella había sido la dueña del más precioso jardín de tulipanes que hubo sobre el planeta, los cuales fueron exterminados por una plaga de hormigas cabezonas. Ella sabía que quien lograra ser dueño de nuevo de una flor, sería no sólo feliz sino apreciado por el resto del pueblo. Así que se puso manos a la obra y creó con ayuda del ordenador y a través de la realidad virtual unas falsas rosas con un aspecto magnífico. Contactó a través de un foro con dos expertos en verificar rosas y le dijeron que parecían perfectas y que por este motivo no daban la sensación de reales, y que ellos estudiarían el caso para ver si podían verificarlas. Entretando pasada los días quejándose:

-¡Ay, no tengo suerte!. Nadie quiere mis rosas.

A mi por el contrario me llovían las demandas, mi rosa se había convertido en un precioso jardín y de todo el pueblo me pedían ramos y más ramos y todo el mundo hablaba sin parar de su incomparable fragancia. Tuve miedo, eso no haría más que avivar la llama de la envidia. Poco a poco se fueron difundiendo rumores sobre mi, una gran cantidad e chismes, aunque algunos miembros del pueblo me defendieron a capa y espada. Mei seguía encerrada, haciéndose la malquerida e insultándome por los cuatro costados.

Entonces decidí visitarla para llevarle algunos hijos de mis rosas, y también con la secreta ilusión de que me mostrara sus rosas falsas. Muy pocos habían podido apreciarlas. Al verme llegar bajó los ojos recelosa.

-¡No necesito tus malditas rosas! Son vulgares porque no dejan de parir. Anoche salí al campo, pronuncié nombres, recé, grité, y hoy me han comunicado que van a autentificar mis rosas. Todo a salido a pedir de boca. Mañana seré la dueña de las mejores rosas del universo. ¡Oh, perdona si he sido dura contigo! A ti te debo el éxito de mi operación, si no hubieras tenido la idea de sembrar rosas probablemente yo no te hubiera seguido. Tu me iluminaste, nos iluminaste a todos. Sólo tú tienes la luz.

-Cada cual posee su propia luz, Mei.

Me giré y me largué. No estaba siendo sincera y seguro que algo malo tramaba.
Una soleada tarde de lluvia se presentó un policia exigiéndome que presentara el documento que confirmaba el registro oficial de mis rosas. Respondí que no lo había hecho, que simplemente las había sembrado, y las había regado con mis lágrimas.

-Perdone señora, pero tenemos una orden de arresto contra usted. Se supone que ha creado unas rosas verdaderas plagiando unas artificiales que alguien había registrado antes que usted. El asunto es que o quema su jardín o tendrá que acompañarme a la comisaría. Aquí está prohibido sembrar flores naturales, hacen demasiado feliz a la gente.

-A propósito-dudé- no recuerdo haberle visto antes. ¿Es usted de por aquí?

-Si señora, soy producto de la realidad virtual de su vecina, la Mei ¿no es maravilloso?

-¡Asi que ahora se entretiene en crear policias y hasta leyes! ¡Qué bárbara!

-Eso es algo que no me incumbe señora, yo estoy aqu para velar por el orden. Y usted ha roto ese orden establecido.

-Pare, pare, no soy idiota. Ya imagino lo que puede querer decretar. No se preocupe, en seguida quemaré mi jardín

Al rato llegaron los amigos, se habían enterado de la tragedia. Uno de ellos me contó una historia sobre un jardín en las nubes, me dijo que me la regalaba, que yo podría escribirla. No era el momento adecuado de escribir algo tan conmovedor. Mientras las raíces de mis rosas desaparecían bajo las llamas, sentía que yo también me estaba convirtiendo en cenizas.

Cuando todos se marcharon y el campo se había quedado arrasado, tuve una magnífica idea. Había una cosa que nadie podía destruirme y yo sería la primera en plantarlo. Entonces escarbe la resentida arena con más esmero aún que antes. Puse mis pezones mirando a la tierra y los apreté con fuerza, primero salieron un par de gotas, luego comencé a regar leche, mucha leche. Era fantástico verla formar arroyuelos. En sus orillas comenzaron a brotar cientos de flores . Los capullos tenían forma de pezones. Me puse a llorar, no sólo las flores eran bellísimas sino que con ellas podría alimentar a mis niñas y a los niños de los vecinos. Además nadie podía acusarme de olor a flores porque olían a leche materna. Y lo más importante, Mei no podría hacer nada porque para hacerlo debía haber experimentado el parto. Y ella era bruja pero no mujer.

Los vecinos volvieron a ser felices con mi invento. Mei sin embargo sigue espiando detrás de las ventanas , preparando un plan infernal para acabar con mi nuevo jardín y desequilibrar mi deseo. Al cabo de años nacieron más niños a los que sus madres han alimentado, y cuando la leche a abandonado sus pechos, mi jardín de pezones ha seguido nutriéndolos. Ahora podré sentarme a escribir la historia de aquel amigo. La del jardín que crecía sobre las nubes, en el cielo.
"Nació con el don de la risa y con la intuición de que el mundo estaba loco. Y ese fue todo su patrimonio..."



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Mensajepor brujita_alc » 27 Ene 2006, 13:00

-Brillantes y diminutos-

Me desperté con las sábanas revueltas, como de costumbre, pero esta vez el edredón y la manta me los encontré tirados por el suelo, como arrastrándose. A pesar de la ola de frío y de que mi cuerpo en esos momentos se hallaba cubierto únicamente por una sábana, sudaba, sudaba mucho. Podía recordar que durante la noche había soñado algo triste, porque me desperté llorando en silencio, con una amargura desconocida. El motivo del sueño era indescifrable para mí pero imágenes de esqueletos sosteniendo guadañas con sus huesudas zarpas me asaltaban a ratos. Ni siquiera la luz del día me ayudó a desprenderme de esa sensación tediosa, como si fuera una sombra que se había agarrado a mi espalda. Intentaba girarme rápidamente para pillarla desprevenida y poder verla, pero era inútil, la mancha negra se había acomodado sobre mi columna, justo entre la primera cervical y la cuarta, y era mucho, muchísimo, más rapida que yo. Traté de achacarlo todo a mi sugestión y pensé que se desvanecería tarde o temprano. Pero al subir al coche seguía allí, observando mi nuca, yo lo sabía. La miraba sin cesar y la sentía agujereándome con unos ojillos que imaginaba brillantes y diminutos. Me picaba ahí detrás pero me aterraba desplazar hasta allí mi mano para aliviar el picor. Temía por ella, no fuera a arrancármela de cuajo. Conducí lenta, parsiominiosa, al contrario de mi costumbre habitual de adelantar por la izquierda a todo vehículo torpe y cobarde -para mí todos eran torpes y cobardes- sin dejar de sentir mis movimientos observados con sigilo. El corazón me latía con fuerza y el estómago me reventaria en cuestión de segundos si no ponía remedio. Aceleré a pesar del miedo y al llegar a la oficina me fui directa al baño. Una vez allí todas las prisas que llevaba se pararon en seco al invadirme una vergüenza descomunal. No me apetecía en absoluto permitir que aquella sombra negra, con ojos brillantes y diminutos y que encima olía a mugre -hacía escasos segundos que había reparado en eso, en que olía a mugre- viera mis intimidades y, menos aún, que me viera realizando una función tan natural como asquerosa. Esperé unos instantes, como si fuera a ocurrir lo que llevaba esperando más de media hora que sucediera. Efectivamente, la mugre negra con ojitos brillantes no se movió de su sitio. Aguanté con todas mis fuerzas y me dirigí a mi mesa. Por suerte - o por desgracia, porque así, tal vez, alguien podría haberme ayudado- la oficina estaba vacía. Me senté en mi cómoda y anatómica silla verde y me dio un vuelvo el corazón cuando alguien llamó con fuerza a la puerta. Tal fue el susto que me propinó que ni me atreví a contestar un débil quién es. Fui lenta, parsimoniosa, igual que mi forma de conducir aquella mañana, hasta esa barrera que separaba mi mundo de tinieblas del real y la abrí.
Su primera reacción, nada más verme, fue preguntar estupefacto qué narices era eso que llevaba colgando, que tenía un aspecto asqueroso, y que sólo mirarlo daba ganas de vomitar . Anda quitatelo, ampútalo o haz lo que debas, decía con sus ojillos brillantes - y diminutos -, pero cuidado no vayas a mancharte o peor, pillar alguna enfermedad contagiosa. Fue entonces cuando vi algo que debía de ser una de sus extremidades, de la sombra de mi espalda, un brazo tal vez, delgado y negro, negrísimo, y muy largo, con pelos tiesos y gordos cubriendo toda su superficie. Con una mano enorme, desproporcionada, que me hizo pensar que su tamaño debía ser también mucho más desproporcionado de lo que yo había supuesto, me agarró y me despegó de cuajo de su cuerpo.
Me miró con desprecio desde aquellos ojos brillantes, diminutos y terribles, con un gesto que me hizo creer que vomitaría, y me lanzó por la ventana más cercana.


Raquel
"Mirad por la ventana y tal vez podáis ver al ángel que espera sus alas sentado en el andén..."

J F

Mensajepor J F » 28 Ene 2006, 19:43

Asustado, metido en medio de una gran nada, acurrucado en un poco de calma que vaga sin rumbo con destino a ninguna parte. Miro a mi alrededor y lo único que veo es miedo. Miedo, mezclado con un poco de frio. Frio que me hiela la piel y cala hasta el alma. ¿Dónde estás? ¡No te veo!. ¡Silencio!. Un susurro. ¿Dónde estas?. Grito cada vez más fuerte y no hay respuesta. Espera, ahora lo recuerdo, te has ido, vuelvo a estar solo, como tantas veces, como siempre. Ya estoy acostumbrado, es la misma historia de siempre, distintas heridas pero siempre el mismo dolor. Pero este frío, este frío no es el de siempre. ¿Qué pasa? ¿Será que esta vez si que necesito tu calor? No creo, yo soy muy fuerte nunca he necesitado el calor de nadie; y si lo he necesitado, me he ocupado de que no se notara… pero esta vez, este frío, es extraño, no es el de siempre ¿será que no soy tan fuerte? …¿Dónde estás? ¡No te veo!...


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