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Mensajepor cronopio » 27 Feb 2006, 01:18

Buscando una luna
Última edición por cronopio el 06 Nov 2011, 23:43, editado 1 vez en total.
"He visto tu cara ardiendo en un lienzo de agua, y me he sumergido en un sueño sin poderte tocar, formando un mosaico de sombras, buscando a ciegas lo que sé que no está."

cronopio
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Mensajepor cronopio » 22 Mar 2006, 23:19

No es exactamente un relato pero bueno, no sabía dónde colgarlo y finalmente me he decantado por hacerlo aquí.

Imagen


Alicante, noche del sábado 18/03/06.

Sala Confetti, en aquel concierto memorable. Estabas preciosa, deslumbrante, con aquella faldita corta, las medias negras de rejilla, y el sugerente y oscuro top dejando buena parte de tu espalda al descubierto. Yo me encontraba feliz, renovado, inquieto, intentando apurar al máximo cada instante de emoción vivida y presentida entre el humo, el alcohol, y el intenso y hermoso estallido de música que me obligaba a mirarte a cada momento para perderme en tus ojos brillantes, besar tu encantada sonrisa, o gritarte al oído cualquier espontáneo detalle sobre el prodigioso espectáculo al que estábamos asistiendo capaz de transformar el sueño en realidad.

¿Recuerdas? Hace apenas un mes bajo el mismo amor, la misma lluvia –como decía aquel tango imborrable en mi memoria- compramos el disco que nada más escucharlo en la habitación del hotel te motivó asistir al concierto en tu ciudad. Yo entonces regresé a Madrid, y no tardé ni dos días en concretar el regreso para empezar a soñar con esa mágica noche que volveríamos a pasar juntos disfrutando en directo del mejor rock and roll posible. El sueño hecho realidad. La Sala Confetti cerrada. Una copa en el Jendrix. Torcemos de nuevo la esquina, y por fin la persiana metálica entreabierta descubriendo un cartel anunciando la actuación de Doctor Divago media hora más tarde de lo previsto. Una cerveza en La Carcoma, y la felicidad era inmensa estando a tu lado compartiendo con expectación y nerviosismo la pasión y el deseo de vivir una nueva aventura que desafiara el paso del tiempo, la distancia, o cualquier otro obstáculo que quisiera imponernos la realidad en el absurdo y cotidiano, monótono e inútil, transcurrir de la existencia.

Me sentía como el niño que fui, el que siempre seré a tu lado, y el cajero automático de la esquina fue testigo de ello cuando, torpe e ingenuamente, olvidé el número secreto de mi tarjeta agotando los tres intentos disponibles, bloqueándola, con la consiguiente y molesta sensación de desazón y amargura. No pasa nada, tranquilo, me dijiste, y al instante dejé atrás aquel error en cierto modo satisfecho porque así se cumplía en parte el maravilloso “Manual de la equivocación” de la inminente “Revuelta elemental” que nos esperaba unos minutos más tarde.

De esta manera entramos por fin al local, y en la taquilla pudimos conseguir el single “Jugando a pillar en el limbo”, y el ansiado homenaje a 091 “Canciones de cuna y de rabia”. Una copa de whiskey, y comenzó la actuación. La primera en la frente. Ni más ni menos que “Con tanto amor”, reconocida sin dudarlo al sonar los primeros acordes. Con tanta felicidad, extraviando la mirada.... porque estabas preciosa con tu faldita corta, las medias negras de rejilla, y la certera presunción en cada uno de tus gestos y movimientos de que estabas sintiendo lo mismo que yo, con lo cual me tranformaba en la persona más afortunada de la sala, a punto literalmente de volverme loco antes de volver a verte, antes de sentirte cerca.... sin dejar de soñar.

¿Qué más podía pedir? El grupo entregado nos deleitaba canción tras canción, y dos cervezas después llegó el imposible. ¿Recuerdas? Ninguno de los dos conocía aquel tema y no pude evitarlo. Te grité “no queremos crecer” varias veces, totalmente vencido ante la indescriptible emoción que me embriagaba, y tú me sonreiste con complicidad sin saber muy bien de qué narices hablaba. Pues bien, escucha con atención el tema número dieciseis de la “Versión 5.0” que, una vez acabado el concierto, amablemente te entregó en un cd grabado el cantante del grupo –Manolo Bertrán- al que no me cansé de agradecer y elogiar su talento porque sinceramente se lo merece. Doctor Divago es una prueba más de que aún es posible encontrar música rock de calidad en estos tiempos tan patéticos culturalmente hablando que asedian a la juventud de hoy en día. ¿Ya lo has escuchado? Imagino ahora tu risa porque efectivamente no decía “no queremos crecer” sino algo infinitamente mejor: “medicando nuestro sueño con esperanza caducada nos han permitido crecer”.

Envejecer junto a vos.

Esta mañana, al escuchar camino al trabajo la canción, reconozco que lo que sentí sobrepasaba todo límite imaginable recordando aquel instante del concierto, y fue entonces cuando empecé mentalmente a escribir estas líneas porque necesitaba compartirlo contigo. Pero no es sólo eso. ¿Qué decir de Nacho Vegas? Te recuerdo medio dormida y desnuda, mientras yo te abrazaba y escuchábamos sus dos últimos discos que tanto me han impresionado e impactado las últimas semanas. “Con amor y absurdidad por ejemplo”:

Clara esta aquí, e insiste en preguntar
si acaso no baso mi vida en la irrealidad.
Yo dudo durante un segundo
antes de responder;
le digo aún siendo así
hoy quiero vivir
y viviré.

¿Comprendes? Es inútil darte las gracias por renacer. No hace falta decir nada más, pero no puedo evitarlo. Estabas preciosa como todas las noches vividas y las que nos queden por vivir. Tus “ojos de gata” me enseñarán el camino de regreso a tu presencia, y sólo puedo atreverme a pedirte una vez más que confíes en mí. Tenemos toda una vida por delante para envejecer, si lo deseas, a la vez.

Fue en un pueblo con mar, una noche después de un concierto. Volveremos a escuchar a Enrique Urquijo y volveremos por supuesto a soñar. Alicante, Valencia, Madrid, Granada...

"Todos los negativos que esconde el destino
se positivarán.
Alguien los revelará"

[Doctor Divago, Camino de regreso]

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"He visto tu cara ardiendo en un lienzo de agua, y me he sumergido en un sueño sin poderte tocar, formando un mosaico de sombras, buscando a ciegas lo que sé que no está."

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AIDA_cantasaetas
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Mensajepor AIDA_cantasaetas » 26 Mar 2006, 16:30

El amenazado

Es el amor, tendré que ocultarme o huir. Crecen los muros de su cárcel, como un sueño atroz.

La hermosa máscara ha cambiado, pero como siempre es la única ¿de qué me servirán mis talismanes; el ejercicio de las letras, la vaga erudición, el aprendizaje de las palabras que usó al áspero norte para cantar sus mares y sus espadas, la serena amistad, las galerías de la biblioteca, las cosas comunes, los hábitos, el joven amor de mi madre, la sombra militar de mis muertos, la noche intemporal, el sabor del sueño?.

Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo. Ya el cántaro se quiebra sobre la fuente, ya el hombre se levanta a la voz del ave, ya se han oscurecido los que me miran por las ventanas, pero la sombra no me ha traidor la paz.

Es, ya lo sé, el amor; la ansiedad y el alivio de oír tu voz, la espera y la memoria, el horror de vivir en lo sucesivo. Es el amor con su mitología, con sus pequeñas magias inútiles.

Hay una esquina por la que no me atrevo a pasar. Ya los ejércitos se cercan, las hordas (esta habitación es irreal; ella no la ha visto). El nombre de una mujer me delata. Me duele una mujer en todo el cuerpo.



(Jorge Luis Borges)
El que quiere nacer, tiene que destruir un mundo

orsan

Mensajepor orsan » 31 Mar 2006, 12:06

Hachis de amor

-Déjame que te hable también con tu silencio
-¡Hemos tenido tantas cosas que decir, y no se dijeron!

La mañana clareaba, como un huevo duro antes de cocer, se desperezaba el día y se quitaba las legañas al tiempo que sufría porque otra muerte se le acercaba, un nuevo atardecer.

Me dolía la cabeza y tenia las piernas agarrotadas, un sabor seco y áspero llenaba mi boca y se transmitía por mis fosas nasales hasta inundar mi consciencia. La noche anterior había dejado secuelas en mi cuello, y ahora intentaba reponerlo mediante bruscos movimientos que provocaban fuertes chasquidos que ennegrecían la suave mañana.

El día se adentro al subir la persiana, y reboso la habitación como el semen del amado entra a raudales por el gineceo de la princesa mientras ambos se agarran exasperando un último halito de vida, antes de que la pasión sea sustituida por el abrazo y el escalofrío. La mañana era digna de abrazar como si de una amada se tratase y no soltar hasta que se difuminara en la neblina del atardecer y se confundieran la luna con farolas.

Me encendí el ultimo cigarro del paquete al tiempo que olía el dulce sabor de la vela anti-tabaco que salvaba la distancia por un momento entre tiempo y lugar y me transportaba al oscuro ocaso de la noche, cuando se marcho y yo deje de respirar aire limpio para enturbiarlo con el humo del cigarro.

La noche anterior distinta a las demás pero unida por el mismo cordón invisible que me transportaba una y otra vez a la cruda realidad cuando siempre pretendí salir de ella. La semana de trabajo similar a las demás, pero absolutamente imprescindible para intentar que la siguiente no lo fuera. Todo conectado y a la vez separado por kilos y kilos de indiferencia de desapasionamiento y de una supina falta de claridad.
Sin duda una droga muy potente, componía y recomponía mi mundo a pasos agigantados. Faltaba saber cual era y como dominarla. Así comenzó nuestra historia.



-¿Qué es poesia…? Decia ella
-Poesia somos nosotros- le respondi yo

En la mesa una botella de whiskey y 10 gramos de hachis. Enfrente ella.
Sus ojos azules como el mar, como un cielo apunto de poder ser tocado. Al mirarlos me sumergia en la profundidad de la noche, me dejaba llevar por sus ondas sinusoidales que me atraian al tiempo que la firmeza de su mirada me trasnoportaba irremisiblemente a la insoportable levedad del ser. Ella me miraba desde unaa talaya como una virgen estrenando su manto de grana y oro, como un angel al que Dios le otorgo una gonada para hacerla mas especial que sus hermanos.
Trenia miedo, fijaba mi mirada en sus ojos por unos segundos para impedir que ella viera todo aquello que le intentaba ocultar, todos esos secretos, los planes y el dolor que era capaz de causarme si se lo proponia. En esos segundos de fija mirada contemplaba su risueña sonrisa, sus parpados semicaidos y el contoneo de su cintura, era absolutamente demencial. Su belleza era tan limpia y cristalina que desancosejaba acercarse a comprobarla pero a la vez tan enigmatica que atraia para si.

Salimos a la ventana, ella junto mis manos y las suyas formando un ovillo, mientras yo lentamente masajeaba sus nudillos. Sus manos eran tersas pero finas, largas pero habilidosas, suaves pero dolorosas.
”No la merecia”, la frase martilleaba mi cabeza, al tiempo que su perfume adormecia mi consciencia y me lanzaba al desenfreno de poder posar mis manos sobre su cara.ç
“No era para mi”, la humanidad conspiraria para arrebatarmela. No podia ser mio algo que debia disfrutar toda la humanidad, no me podia pertenecer la piedra filosofal, el caliz de fuego no tiene propiedad. La belleza es un bien comunitario.

En la ventana, aun se oian los rescoldos provenientes de la chimenea recien encendida. La noche ofrecia un espectáculo sin par, miles de destellos que componian la coreografia de la vida, y que se apagaban en cuanto dejaba de mirarlos. Al fondo, la inmensidad. Al lado, la inmensidad

La vida trasnporta ineluctablemente a la muerte, y la muerte supone siempre el fin de un camino. La vida resulta dolorosa mientras dura pero placentera mientras no muere. ¿Es perder la vida lo que nos duele? ¿O perder la capacidad de amar y odiar la vida?
Como dice la cancion “yo amo la vida” y en realidad la amaba completamente, como el amante entregado que decide perder su “vida” para ganar la de su amada. Como aquel que por sentir desecha su “vida”
Como el Calixto que contempla a su Melibea mientras el mundo, Celestina, conspira para acercarsela y arrebatarsela al mismo tiempo. Asi amaba la vida hasta que la conoci



-¿Qué es el amor? Dijo el
- Dos caras de un mismo espejo, eso es el amor, le respondio ella

El amor es el principio de mediación entre lo perfecto y lo imperfecto, entre la ley y el corazón, entre lo divino y lo humano. Eso es el amor
El transporte al ocaso, el vehiculo a la eudaimonia, el traje a la deseperacion El amor es la cara que se nos culta y es la curz que reverdece y en la que muere la felicidad. El silencio que nos altera, la noche que nos clarea, la furia que nos despierta y el dolor que se nos adentra.
Ella era el amor. Dos caras de un mismo espejo, dos cruces de un mismo rosario, dos muertes de un mismo ocaso. Nda muere dos veces, me decia. Nadie vive dos veces, le respondia
La felicidad consumatoria no es mas que el dolor de la perdida de lo momentaneo, de lo subjetivo, de lo ilusorio y de lo contemplativo. La practica de la felicidad se levanta contra muros y destellos de una vida mejor. Ella suponia la felicidad, ella suponia el amor.
Aquella noche la contemple mas clara y lucida que nunca, en su redentor silencio levantaba un muro tan alto que nunca consegui cruzarlo. Marca la diferencia entre amar y querer
Ella queria que la amara. Yo amaba que la queria. Soñabamos que nos queriamos. Pero disfrutabamos solo cuando nos amabamos, cuando abrazamos nuestro soledad, cuando repartiamos silencios que parecian panegiricos de una muerta anunciada. De nuestro amor
Lo perffecto y lo imperfecto se fundian en uno solo. La felicidad residia en la imperfección de lo perfecto. El amor en la perfeccion de lo imperfecto. Un te quiero rompia la magia y marcaba nuestras cartas antes de jugarlas.
Nuestra ley, solo era la moral. La moral del ser y del existir. La moral de prevenir el dolor y alentar el placer. La moral hedonica, el principio de la felicidad, el final del amar.
Nuestro dolor dirigia el amor, contemplaba nuestros alientos y se resistiaa caer en el sopor de la noche.
Era perfecto,era amor. Era imperfcto ese amor, era feliz.

-Loco? ¿Qué es locura? – Preguntó ella.
-Locura eres tú. – Respondí al aire.

Y en realidad sus sueños eran locos. En realidad su cadenciosa melodía me volvia loco. Los rizos de su pelo, el hoyuelo de su mejilla y el contoneo petulante de sus labios esperando a ser besados.
En realidad ella era la dama de mi locura, la guadaña de mi cordura y el desengaño de mi vida.
Ella era mi droga. Una droga mas poderosa de la que nunca invento el hgombre, un droga que trascendia la espiritualidad para posarse en el nenúfar de la insconciencia y brotar de la flor de la quebrada.

Ella me miraba, y yo asentia. Ella me besaba y yo me reia. Ella me admiraba y a mi me dolia. Me dolia saber que no seria mia para siempre, pues nunca lo fue. Me dolia saber que mañana los dos seriamos distintos, y nuestro amor un mero experimento. Me dolia saber que no habia antidoto para esta droga y no habia cordura para este dolor.
Estabamaos locos, locos de amor.

-¿Qué haces? Me dijo
_ Voy a pintar nuestra sonrisa con la sangre de las mariposas.

Y era sangre lo que manaba de nuestros labios. Y era desesperación lo que brotaba de mi garganta. Y era dolor lo que descendia de mis mejillas. Y era amor lo que nacia en mi pecho.

Un amor puro en lo material e impuro en lo espiritual. Un amor casto en lo presente pero indecente en lo futuro. Un amor doliente n lo pasado pero borrrado en el futuro. Asi era nuestro amor, y asi era nuestro dolor.
Ella yacia tumbada en la cama. Me miraba con sus ojos limpias con su mirada inocente con sus besos puros con su dulzura belicosa, me miraba y yo no podia mirarla. No directamente, no a los ojos. La miraba por el resquicio de mi consicencia, intentando ocultarle lo que quise que fuera y nunca fue.
Me acerque. La bese en la mejilla. La rodee con mis brazos y la abrace muy fuerte. Ella sostuvo el halito hasta que la hube soltado. Expiro y me beso en los labios.
Baje hasta su pecho, rodee sus pechos con mis manos como un panadero pasa la mano por el molde con el que hace el pan. Baje hasta su cintura e introduci los dedos por el agujero de su pantalón. La bese.
Me miraba a los ojos, y yo miraba su barriga tersa y suave. Le bese la barriga. Hice circulos concentricos en torno a ella y deje que mi boca abrigase hasta el ultimo resquicio de su cuerpo.

Me incorpore y le toque la boca. Toco suavemente su lengua, mientras le recito.



“Toco tu boca, con un dedo todo el borde de tu boca, voy dibujándola
como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se
entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y
recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi
mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas,
con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano en
tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide
exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te
dibuja. Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y
entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más cerca y los
ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los
cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran
y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas
la lengua en los dientes, jugando en sus recintos, donde un aire
pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis
manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la
profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la
boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de
fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos
ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento,
esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo
sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una
luna en el agua.”

MomentoescriturA

Mensajepor MomentoescriturA » 07 Abr 2006, 00:37

Sin título.

Cómo pasa el tiempo, no hace falta ser octogenario para darse cuenta de ello.
La vida es un suspiro que transcurre mientras pensamos cómo vivir; la infancia, feliz e inocente se despide al cruzar el umbral de la adolescencia, encrucijada de sentimientos sin rumbo, que nos matan y nos resucitan, que nos marcan para siempre.
Después, poco a poco y sin tener aún la consideración de “persona hecha y derecha” por la sociedad, vamos descubriendo cómo nos roban nuestros sueños. Eso es la vida, un sueño gigante del que nos van quitando cachitos.
Lejano quedó el tiempo de instituto y con él la felicidad del que todavía no es consciente de lo que espera fuera, cuando sales al mundo ¿qué?.
Puede que decidas pasarte un lustro, que bien puede convertirse en una década, estudiando o haciendo lo posible por que así parezca, empiezas otra etapa donde todo es nuevo, la soledad se hace presente muchas veces, a mí me sucedió de dos formas, la primera y quizá menos importante fue que nadie de mi entorno eligió mi opción, y el problema no es relacionarse con otra gente, eso es fácil, el problema es no “desrelacionarte” con la que era tu gente y ahora camina por otro sendero. El segundo fue el amor, o la tontería, o como quieran llamarlo. Cambiar de etapa tras el mayor de los fracasos no siempre es bueno, aún recuerdo las mañanas en que no quería despertar, pasar frío, aguantar media hora de pesado transporte urbano y llegar a un lugar donde alguien al que no le interesaba tu existencia más que para asegurarse el sueldo te explicase de mala manera algo que ni entendías ni querías entender, pues tu mayor preocupación estaba en un instituto al este de la ciudad y hacía tiempo que no sabías de él, y la última vez que supiste fue para decirte que las cosas cambiaron al volver de Barcelona y ya nada era lo mismo y que lo sentía, que había otra persona. Entonces eso era una carga que junto al montón de cosas que te suponía la facultad te iba achatando y achatando y tú única ilusión era comprarte un trapito, pensando q renovando tu vestuario renovarías tu mente.
Hoy, eso está casi olvidado, ya casi ha pasado un año y ahora puedo comprender que fue lo mejor para mí, porque yo, en realidad, no conocía a la persona de la que me había enamorado, sólo sabía lo que él me contaba, le idealicé, nada más conocerle empecé a sentir una extraña mezcla de sentimientos hacia él, no sé si era lástima o instinto de protección, pero pensaba que a mi lado nunca le pasaría nada malo.

...

Y el tiempo pasa y pasa y un buen día descubres que tu vida no es aquello que siempre habías imaginado, la carrera pasa de sobrepasarte a no gustarte, el caso es que vas sacándola y ya no miras para atrás, no puedes perder el trabajo hecho, pero dudas de lo que hacer en el futuro, sabes que si no te gusta te va a amargar e intentas compatibilizar gusto e interés.
En la relaciones personales, año y medio de amor se ve tambaleado en tu mente por dudas sobre el futuro, aunque más que dudas es la certeza de saber que no hay futuro en común, y te planteas qué hacer, cómo mucho antes ya te planteaste a medida que fuiste descubriendo que las diferencias siempre las paga alguien, mayoritariamente tu en este caso, aunque comprendes que de la otra parte también se han puesto ganas, pero no son suficientes, y sabes que tienes que zanjar el tema, pero te da miedo perder lo querido, sabes que todo va a ser peor a corto plazo, pero que en el largo, te vas a arrepentir de no haberlo decidido antes.

...

Y así pasa el tiempo hasta que llega el día en que te sientes incapaz de seguir engañándote, y decides tomar una decisión que el tiempo tarde o temprano tomaría por ti. Es extraño, y difícil de explicar, pero la falta de ilusión es el peor enemigo del amor, ya sabes que lo pasarás mal, pero que hay que afrontar la realidad.

Y desde entonces...pasa el tiempo, y simplemente eso, pasa y pasa el tiempo, y sigue la vida como si nada, a veces dudas haber hecho bien, otras comprendes que fue lo mejor que pudiste hacer; disfrutas viendo feliz a los tuyos, cuándo te cuentan cosas bonitas, o sufres por ellos si les ocurre algo malo, pero no sólo a ell@s, también a él, ves día a día cómo va construyendo su sueño, y te sientes bien con cada uno de sus logros, aunque en el fondo de tu alma, la rabia de saber que nunca estuviste en sus planes te incite a seguir tu vida; y llega un momento en que deseas volver a sentir qué es la vida, ilusionarte con algo, volver a sentir las famosas mariposas en el estómago, sonreír sin motivo...
¡sonreír! es de repente la más ansiada de tus pasiones, te das cuenta que últimamente te cuesta hacerlo, y reconoces que no son buenos momentos, pero la soledad, aunque mala para muchas cosas, es útil para fortalecer el alma,.
Y tomas tus decisiones, aquellas que siempre soñaste, al fin y al cabo no hay nadie que te restrinja, nadie que se imponga, al fin y al cabo no hay nadie.
Por eso antiguas historias te rondan el pensamiento, en realidad la más antigua es la única que dentro de tu loca cabecita te llega a parecer factible. Dudas sobre tu cordura, por creer en algo sin apenas indicio, crees que llegará el día que se recupere una aventura perdida hace ya...¿cuánto? va casi para 5 años!!
Pues sí señora, te crees que ese chulito de camiseta italiana, sonrisa amargada y ojillos de sueño, va a llegar un día frente a ti y te va a decir: unámonos de por vida.
Es gracioso, en el fondo sabes que lo único que os une es...¿nada? contadas ocasiones de encuentros en el autobús y en salas de estudio diversas, hace más de tres meses que no le ves y la última vez que lo hiciste su rubia estaba con él,
¿Por qué entonces seguir pensando? Estás segura, has idealizado en él todo lo que te gusta, la música, sus pierncings, ese aire “canalla” que te vuelve loca, y así hechos tus sueños persona crees más fácil alcanzarlos, ojalá fuera tan sencillo.

Layma
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Mensajepor Layma » 09 Abr 2006, 15:46

A veces una no puede entender los misteriosos caminos del dolor, ni siquiera el oculto placer indescriptible que oculta. Esa pequeña dosis de placer que nos compensa, porque ante tanta desolación el recuerdo de un bocado dulce para a ser la razón de la existencia. No estamos del todo solos, ni la realidad se reduce a nosotros ni a lo que nos pasa.


-Sin capacidad de Olvido-

Vivo sola en una casa, bueno es un pequeño estudio, en el que nadie, ni yo, se toma el trabajo de dar la luces. Cuando se va la del día, me quedo quieta para no tropezar con los muebles. Y, cuando me traspongo manoteo en mi insomnio, para no darme cuenta de que no duermo, sin ganas de ver los mismo objetos de siempre con algo más de polvo día a día. La mujer del portero o su hija vienen un par de veces por semana a hacer lo que pueden o algo menos. En cuanto a la limpieza, me he ido volviendo muy poco exigente.

Prefiero cerrar los ojos y suponer que alguien, no sé quién, sí lo sé, me ilumina por dentro, o que una luz aparece refulgiendo en la ventana... O sencillamente que no es preciso ninguna luz para adivinar a quien tenía la luz dentro de sí.

No siempre estuve sola.

Cuánta desolación. Porque además ahora sé, cada minuto con más fuerza, que el imbarcable mundo del cosmos, del que somos una infinita pequeña parte, es indescriptible con palabras: ni puede ser comprendido a través de ellas, ni tiene nada que ver con ellas ni con sus inventarios... Ahora sé que no hay nada trascendente que se pueda explicar con palabras, ni orales ni escritas. Sé muy bien a lo que me refiero... Ni una mirada, ni una caricia, ni un atardecer irrepetible, ni el canto de un grillo, ni la insufrible tragedia de una muerte... Nada de lo trascendental, ni siquiera de lo cotidiano, puede expresarse, nada, nada... El rotulador negro con el que escribo, la sombra que proyecta mi mano en el papel, el rumor que sube desde la calle, mi respiración que se agita tanto a veces, todo es indecible. Cuanto más todo lo que yo tendría que contar...
Al menos yo, no soy capaz de describirlo.

Al que ha visto la luz le es imposible vivir entre las sombras.

Mi vida un día fue una habitación amplia, donde entraban los rayos del sol y se escuchaban cercanas voces de alegría. Ahora se ha reducido a un mínimo y oscuro cuartito, en el que apenas puedo extender los brazos sin rozar las paredes.
Y así y todo tengo la certidumbre de que es necesario arder, arder entera antes de sucumbir. Justamente ahora, cuando todo lo que había dentro de mi se ha consumido sin saber cómo, sin saber cuándo, o sí, y sigo en apariencia viva pero vacía y sin sustancia.
Yo tuve mi ocasión. Podría recrearme pensando en ella, mientras llega la muerte. Si es que llega porque ya desconfío. Podría seguir yendo cada tarde hasta el lugar donde la alegría se despidió de mi. Podría anegarme y ahogarme en la tristeza. O también podría dudar de que todo aquello haya existido, lo mismo que cualquiera dudaría. O reprocharme y castigarme por no haber alargado la mano y achicharrarme...

Tarde tras tarde, al salir de la oficina, he vuelto al lugar donde desapareció. Nada allí, nadie allí lo recuerda. Van muchas mujeres a concluir las compras del día, van otras con indebida rapidez, regresan los niños del colegio más retrasados en grupos alborotados, cruzan parejas de novios que se niegan a reconocer que su amor, lo que creen su amor, durará menos que un quejido, jóvenes madres conducen en vacilantes cochecitos hacia sus vacias esperanzas, viejos cansados tratan de olvidar que, tras la primera, o la segunda,o a tercera esquina que crucen les acecha la muerte, hombres y mujeres maduros intentan ponerse la máscara de la serenidad mientras que debajo de ellas se adivina el desconsuelo... Es decir, todo sigue como antes, como entonces, como siempre.

Cada noche me propongo no volver más. Reconocer que mi turno ha pasado de una vez por todas... No escuchar más entre mis sienes el tumulto de cristales rotos, de hierros que chocan, de los alaridos de la gente que vio abrirse en dos aquella tarde. Olvidar su cabeza quebrada entre mis manos, su cuerpo dislocado, las piernas dobladas debajo de la moto deshecha. No mirar más al cielo, no mirarlo más, ni ver a las gentes asomadas a los balcones gesticulando sin sentido. No sentir más cómo el corazón se me iba igual que por un desagüe, y me quedaba boqueando, como una niña que llora demasiado fuerte durante demasiado tiempo, o que quiere llorar más fuerte aún y pierde el aliento y permanece rígida, extraviados los ojos, a punto de morir y sin morirse.

Cada día me lo propongo, y vuelvo cada día. Las horas que paso en la oficina son sólo un trámite que he cumplir antes de acudir a la Plaza del Siglo. Antes de procurar que nadie sepa a qué voy. Antes de ponerme las manos en la boca para no gritarle a quien sea que pasa, a la vida que pasa, adónde va, qué busca, a qué se dedica y para qué...
"Nació con el don de la risa y con la intuición de que el mundo estaba loco. Y ese fue todo su patrimonio..."

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Mensajepor dejedi-M » 11 Abr 2006, 23:22

Tengo una duda :oops:
¿Puedo colgar aquí un relato en catalán? (Con la promesa de volver a colgarlo traducido -eso sí, la traducción será cutre porque esto de traducir no se me da bien-)
Es que es mi primer relato en catalán y me hace ilusión :oops:
"Quien quiera nacer, tiene que destruir un mundo..." (H.Hesse)

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Mensajepor Zabío » 11 Abr 2006, 23:41

dejedi-M escribió:Tengo una duda :oops:
¿Puedo colgar aquí un relato en catalán? (Con la promesa de volver a colgarlo traducido -eso sí, la traducción será cutre porque esto de traducir no se me da bien-)
Es que es mi primer relato en catalán y me hace ilusión :oops:

¿Cómo no vas a poder? Jeje
Está claro que si al ladito lo pones traducido, mucho mejor, porque se supone que el fin último de esto (si no es un mensaje personalizado) es que nos enteremos el mayor número de gente posible. Aun así hay bastantes personas que pueden entenderlo por aquí
Así que si quieres, debes

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Mensajepor dejedi-M » 13 Abr 2006, 12:29

Zabío escribió:
dejedi-M escribió:Tengo una duda :oops:
¿Puedo colgar aquí un relato en catalán? (Con la promesa de volver a colgarlo traducido -eso sí, la traducción será cutre porque esto de traducir no se me da bien-)
Es que es mi primer relato en catalán y me hace ilusión :oops:

¿Cómo no vas a poder? Jeje
Está claro que si al ladito lo pones traducido, mucho mejor, porque se supone que el fin último de esto (si no es un mensaje personalizado) es que nos enteremos el mayor número de gente posible. Aun así hay bastantes personas que pueden entenderlo por aquí
Así que si quieres, debes

=D Vale ^^ muchas gracias :D es que tenía yo la duda... jaja
La traducción está a medias todavía (pero no es culpa mía, es culpa de que nos mandan demasiados deberes, que parece que en una semana trabajamos más que en todo el curso, joé), pero prometo colgarla cuanto antes :wink:
De momento aquí está en catalán...

PETITA SERENATA NOCTURNA.
Somnis, paraules dins un no-res, reflexiona.
Sent que hi ha una força interior, o potser col•lectiva, que l’omple. S’apropa al piano, ben afinat, i pitja una tecla. El so travessa l’espai, vibrant, net i cristal•lí. S’ha quedat sola a casa, els pares han anat a un sopar d’empresa o alguna cosa semblant, a ella li és igual. Un sol de cristall travessa l’ampla cambra de banda a banda i fora, la llum brilla per la seva absència. Ja s’ha fet fosc, tot i que els dies comencen a allargar-se. Troba a faltar la tardor i el so de les fulles sota les sabates esportives d’ultima generació: Crec, crec, crec… El so és igual de peculiar sota totes les sabates, pensa ella. Cada cosa té el seu soroll, la seva música... Tots som música, sons oblidats i sons recordats, tots recordem sons, els interioritzem... Qui no recorda o sent el record de quan li cantaven al bressol? Hi ha cançons que es guarden per sempre.
Hi pensa molt. No, en les fulles que fan crec, no; en això, només sovint. Però pensa en el so. En la música. Creu que és aquesta la vibració que fa que tot es possi en marxa. Quan era petitoneta, aprengué a cantar abans que a parlar; per què? No ho sabria dir pas mai. La seva primera classe va ser quan tenia dos anys, abans de començar preescolar. Sempre ho ha trobat excessiu, però amb tot, ho agraeix als pares. Va nèixer amb mentalitat de romanticista, dèia la mare. La veu va ser l’instrument més preuat per ella fins que va descobrir el piano. Encara ho era, preuat. I tant! S’hi expressava amb tots els matisos posibles, acariciava amb tendresa el cor de qui l’escoltava i, si estava sola, vessava llàgrimes salades com la mar que tant enyorava.
Una onada de fred. S’apropa a l’armari; les seves passes fan eco dins la sala. Allà és on fan les reunions, i etcétera; on hi ha el piano, gran i polit, de cua. Ara mig buida i solitària, sense mobles; només un armari i una taula, fidels a la seva llar. Els altres els canviaran, però fins que no arribin, ella podrà gaudir de la màgia de l’eco. L’armari conté sabates, i una mica de roba; bates llargues, per passar vora el foc les llargues nits hivernals.
Quan està sola a casa, se sent diferent. És un casalot gran i aïllat, molt tranquil; ara hi ha calefacció, però abans li agradava encendre la xemeneia i observar. Creia veure, entre les espurnes i reflexos del foc, fades i esperits ocults. Ara s’estima més altres coses. Ha crescut.
Se’n va a la cuina. La cuina sempre ha estat un lloc màgic per a ella. A l’ambient i la olor de canyella i llimona ha de sumar-li molts i molts records feliços. L’àvia l’agafava al vol en tornar de col•legi, feia que segués a sobre la taula i es divertia dient-li coses boniques: “la meva princeseta…”, repetia de vegades, un cop i un altre i un altre, i la rialla ja apareixia, inevitable, a la seva boca. Sovint, tacava el nassarró diminut de la nena que era ella amb una mica de farina, o de nata, o de caramel líquid. Més tard, quan havia acabat de fer dolços, li donava un bocí d’amagat. Ella evoca aquells moments íntims, màgics i preciosos, i obre tots els armaris escrutant els instruments de cuina de la iaia. Desprès agafa un pot de cafè i hi fica dins la mà. Li agrada; sent els sorollets dels grans de cafè entre els dits, els olora i durant aquella estona és incapaç de pensar en res més. Els grans de cafè que no son tots uniformes, que cadascun té la seva forma, la seva diferència, cadascun és un instant… Perque no està fet amb un motlle... De fet tots som com grans de cafè ; tots som diferents i tots tenim la nostra personalitat. Tots som grans de cafè d’un gran, gran paquet, reflexiona.
Tota ella s’omple de malenconia, i se sent sola, però probablement aquestes són les millors escenes de la seva vida. La pell transpira joventut, i tot i això ella es sap tan vella... per dins!
És especial i n’és conscient. Però no ho ha escollit pas, així que l’únic que cerca de la vida és no-pensar, no-raonar. Valora més que ningú la seva intimitat.
Es dirigeix al saló, ara tan sol i buit com ella ho està sempre. Allà, tot canvia. Es queda nua al bell mig de l’estança, nua de pensament, de sentiment i de vestit. Hi roman una estona i de tan en tan balla amb l’Univers. És lliure, llavors; o així ho percep des de la seva ment jove i vella alhora.
Diríeu que es tracta d’un àngel, si puguèssiu veure-la. Té la pell blanca i pura, com la neu fresca, i els llavis roigs, com la sang. Els cabells arrissats i negres cauen esquena avall, brillants, amb el tacte com de seda fina; i sembla una nina de porcellana, de tan fràgil com és. Però qualsevol imatge que podeu formar a la ment és poca per imaginar els seus ulls blau cel. Són ulls que es claven a l’ànima i ja no en surten mai més; que porten dins tantes coses que n’ompliria enciclopèdies senceres; que són tempesta i calma, i pluja, i Sol, i tristesa, i llum, i inescrutables, tot alhora…
Perd la noció del temps, però tan bon punt la recupera s’apropa al piano submergida encara en les seves reflexions. El prova, com qui tasta una ínfima part del pastís d’aniversari unes hores abans de la festa.. El so travessa l’espai, vibrant, net i cristal•lí; un sol de vidre travessa l’ampla cambra de banda a banda i fora, la llum brilla per la seva absència. Decideix improvisar una mica... ho fa sovint, perquè així treu fora les emocions més fortes que li ronden pel cap i les idees. Quan l’emoció l’ha fet presonera total en cos i ànima, ja és incapaç d‘aturar-se. Com una gran explosió, com un gran “big bang”, com la primera vibració que fa esclatar la vida. I la vida esclata en forma de rialla, recordant l’àvia, o en forma de llàgrimes si el capritxós encís del moment, captivant-la, fa que el passat fuetegi amb infinita crueltat la fràgil ment romanticista.
Aquesta capacitat d’esvaïr-se del món i fondre’s amb les melodies de la vida l’ha heretada de la seva àvia, sense cap mena de dubte. Ella no es dedicava a la música, però sentia les coses igual que la seva néta. S’hi assemblava molt, a la iaia. Va adonar-se’n un dia, mentre l’observava a la cuina.
Era pastissera, però s’emportava el treball a casa, mai millor dit. Ai...! L’enyorava; enyorava les melodies que xiulava i que eren de la seva invenció, i enyorava l’olor dolça i tendra que deixava sempre a la cuina, màgic espai. Trobava a faltar la seva presència i la buscava dins cada record, dins cada somni i dins cada cançó inacabada al piano. La recordava amb el davantal, brut de farina, i un somriure al rostre. Què tal a classe, reina?, li preguntava. En realitat no parlaven gaire, perque mentre l’àvia estava enfeinada (fent un coc, un pastís de crema, amassant, preparant un flam, o simplement cercant la nata) desapareixia del món real i aleshores només era capaç de xiular... i xiular... com si fós un gat miolant.
Des de que la iaia decidí quedar-se per sempre al seu món de somnis i marxar de la realitat, ella havia crescut. La música al piano també havia evolucionat; l’agradaria que l’àvia pugués sentir-la... encara que, sí, n’estava segura: l’àvia debia sentir-la, allà on fós amagada.
Recorda aquella conversació que va mantenir-hi. Aquell era el seu primer record. Ella tenia dos anys i acabava d’entrar a la cuina sense permís de ningú. Després d’una llarga estona mirant la iaia, va posar-se a cantar. Al principi era gairebé inaudible, com un xiuxiueig constant, però més tard per primer cop va experimentar la sensació de deixar-se portar de la música que ens brota de dins l’ànima. Llavors l’àvia va deixar el que estava fent.
-Ets una gran intèrpret, reina. –Diguè de cop i volta. Estava pensativa. –Sí, ets una bona intèrpret, i ho seràs sempre.
-Per què? Què és això, àvia? –Es va encuriosir la petita.
-Per a mi, un bon intèrpret és una persona capaç de sortir a l’escenari i tancar-se en una bombolla que flota en el no-res. Una persona que entra dins la música com si la melodia el posseís i no torna al nostre món fins que els aplaudiments el desperten.
Avui, al piano, plora. Sent aquelles paraules tan properes i alhora tan llunyanes... que no pot evitar les llàgrimes. Però no és pas dolent, al contrari. Ha descobert, com cada cop, que encara és viva. L’art la fa sentir viva. Per això és especial...
Perquè comprén que l’art és qualsevol cosa que ens evoqui un sentiment. Qualsevol cosa: el crec-crec de les fulles sota les sabates, una cançó al piano, l’àvia fent dolços, un quadre, una olor, una imatge gravada per sempre a la memòria, els grans de cafè entre els dits o una nit en que l’estiu està a les seves portes i una nota, un sol, travessa una estança on l’eco l’amplia fins que arriba al cor. Comprén que cal viure la vida com si la vida fós una obra d’art.
"Quien quiera nacer, tiene que destruir un mundo..." (H.Hesse)

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Mensajepor brujita_alc » 27 Abr 2006, 20:39

- Irene -

Todavía estaba en el trabajo cuando mi madre me llamó al móvil. Mi tía necesitaba que le hiciera unas fotos para los papeles que tenía que entregar al día siguiente en la residencia.

- Pues que vaya al bazar, que allí se las hacen en un momentito y lo tiene al lado de casa.

Mi madre argumentó que era imposible sacar a mi tía a la calle, que todavía estaba preparando la ropa que se tenía que llevar, la cual debía etiquetar, doblar ella misma y meter en la maleta. “Y ya sabes como es la tía”, remató.
Al salir del trabajo fui directa a su casa. Vive justo a unos pocos edificios de la mía, en mi calle, pero sin embargo ya no recordaba la última vez que fui a hacerle una visita. Mi tía, la hermana de mi abuelo, vivía cerca, muy cerca, pero parecía habitar a mil años luz. Podía contar con los dedos de una mano las veces que había ido a verla. Mi madre me esperaba en la puerta. Subimos las dos. El pequeño ascensor debía tener más años que el propio edificio, con aquellas puertas plegables de la era paleolítica, el olor a rancio que inundaba el cubículo, los botones desgastados, de números casi ausentes y una estampita de Santa Gema tamaño póster velando por nuestro corto viaje a las alturas. Nuestra tía nos esperaba asomada a la puerta entreabierta de la vivienda, con la cadenita del pestillo todavía echada. Me pareció que su cuerpecillo se encogía al vernos, se metió en la casa y dio un portazo. Se oyeron unos ruidos al otro lado, un pequeño estruendo de metales y golpecitos y luego volvió a abrir, esta vez sin cadenita, pero de nuevo a medias.
Cada vez que la veía se me antojaba estar viendo a un pajarillo asustado. Menuda y frágil, soportaban sus huesos una operación de cadera, dos de cataratas y otras tantas de meniscos, huesos rotos y esguinces mal curados. Puede que el único aprecio que le tuviera estaba provocado por la lástima que me solía inspirar su imagen desolada y el parentesco impuesto por los lazos de sangre. Tampoco puede decirse que ella me diera la oportunidad de quererla pues siempre se mostraba reacia a recibir visitas y el teléfono se convertía en un medio destinado únicamente a reprochar sucesos acontecidos hace mucho tiempo y quejarse pero nunca para escuchar al que sostenía el cachivache al otro lado del hilo. Eso con el tiempo cambió. Puede que ver cada vez más de cerca el rostro de la muerte le hiciera replantearse su carácter de naturaleza hostil. O a lo mejor se dio cuenta de que realmente nosotros éramos la única familia que tenía. Mi madre, su sobrina de sangre, hablaba con ella varias veces a la semana. Irene, que así se llama mi tía, se había acostumbrado a eso y en ocasiones, si mi madre se descuidaba y olvidaba llamarla cuando correspondía, ella se adelantaba y llamaba para preguntar si había ocurrido algo, si estábamos enfermos o si había ocurrido alguna terrible desgracia que hubiese impedido realizar la llamada telefónica de turno. No se puede decir que tuviera un carácter optimista, nunca lo tuvo.
Recuerdo una de las escasas visitas que hice a su casa. Era yo niña y acompañé a regañadientes a mi abuela, a cuyo cargo me habían dejado esa tarde. La casa poseía un inmenso balcón que daba a la calle y, agudizando la vista, también se podía ver el mar. Pero a pesar de ser pleno agosto nos invitó a sentarnos en dos pequeñas banquetas de plástico que dispuso en el comedor. No es que no hubiera sillas o que el sofá brillara por su ausencia. Mi tía tenía la costumbre de apenas utilizar sus bienes materiales, la poseía el miedo a desgastarlos, a estropearlos. Se aferraba a ellos más que a su propia vida y puede que por ello nunca llegara a sentirla palpitar del todo bajo su piel. Vivía a través de los objetos que la rodeaban. Los sofás y las sillas estaban cubiertos por plásticos, las mantas, hermosas colchas y sábanas bordadas a mano se acumulaban en los altillos y nunca se llegaban a estrenar. Lo mismo sucedía con la ropa. De vez en cuando se permitía el capricho de comprarse una blusa o una falda, incluso unos zapatos. Los guardaba en el armario y allí quedaban para la posteridad, eternamente olvidados, esperando el momento de ser de alguna utilidad más que la de abultar. Parece que siempre vivía pensando que algún día se le concedería una segunda oportunidad para vivir de nuevo. Para ella esta vida sólo era un ensayo, un borrador. Tal vez creía que, en la supuesta siguiente vida, podría evitar los errores que cometió en esta otra y entonces se permitiría el lujo de estrenar una bonita blusa o arroparse con sábanas de hilo blanco. Mi tía Irene parecía no saber que sólo se nos concede una vida y que la suya la había dejado escapar, le había pasado por delante como quien se duerme en el cine y despierta al final, cuando la función está a punto de terminar.
Irene, decía, vivía a través de los objetos materiales y no se permitía amar a nadie. Las únicas veces que lo hizo le dolió demasiado.
Era la más joven de tres hermanos. Mi abuelo tenía sólo siete años cuando su madre murió. Ella debía tener unos tres. Quedó a cargo de su hermana mayor, de catorce, Rosarico, que todo le consentía a la pequeña. Creció rodeada de mimos y exenta de obligaciones. Nunca le faltó ningún capricho. Su padre trabajaba en las tierras de unos señores, dentro de las cuales ostentaba el cargo más elevado.
Aquella tarde que acompañé a mi abuela para ir a verla reparé en un cuadro que había colgado en la pared. Era de considerables dimensiones. Enmarcada en él había una fotografía de una joven. Yo había visto alguna vez fotos antiguas de actrices de Hollywood, esas en las que posan con el rostro en un favorecedor ángulo tres cuartos y las luces crean sombras que ensalzan sus rasgos casi divinos. La foto del cuadro me recordaba a esas actrices, y le pregunté a mi tía quién era aquella chica tan guapa. Cuando me dijo que era ella casi no le creí. Me costaba un enorme esfuerzo relacionar aquel perfecto rostro con el suyo, lleno de surcos y arrugas, con la piel apagada y el gesto lánguido. La muchacha de la foto mostraba unos dientes blancos y perfectamente ordenados en una amplia sonrisa, mirando hacia un punto inconcreto elevado por encima de sus cejas, el pelo recogido en un alto moño y la piel tersa, sin rastro de imperfección alguna, lisa y pulida como el mármol, la nariz estaba formada por una leve curva cóncava y los ojos almendrados revelaban un brillo inusitado, lleno de vitalidad. No podía apartar la mirada de aquella imagen, me tenía embelesada y más aún tras descubrir quién se ocultaba tras ella. Me aterró por primera vez la idea de la corrosión que el tiempo llega a ejercer sobre el cuerpo, sobre cualquier cuerpo, pero no volví a pensar en ello hasta mucho tiempo después, cuando empecé a darme cuenta de que verdaderamente no se es joven para siempre.
Quince años recién cumplidos tenía la joven de la foto, pero no mi tía. Ella tenía ya casi ochenta, pues los años se acumulaban a sus espaldas con mayor velocidad que sus enseres en los armarios. La niña de quince años vio estropearse su sonrisa poco tiempo después. Irene tuvo muchos, miles, pretendientes. A cual más apuesto y rico. Pero ella los rechazaba a todos, más por no desprestigiar su pose de dama altiva e infranqueable que por verdadero desprecio. Su soberbia le fue un día devuelta con otra moneda de peor calibre. Se casó ciega de amor con un transportista que debía de tener unos diez años más que ella y que no la supo ni quiso hacer feliz. Irene aguantó dos años de maltratos y abandono. Pero a cambio él le dio una niña, Irene. En una época en la que el divorcio era considerado como un atentado directo contra la santa madre Iglesia y la separación un ultraje contra el maravilloso sacramento del matrimonio mi tía no tuvo más remedio que alejarse del hombre que más dolor y más felicidad le había proporcionado. Su pequeña Irene compensaba cualquier martirio que hubiera sufrido antes, y los golpes, las vejaciones e insultos se convertían en pasto del olvido cada vez que acunaba a su niña, la mecía entre sus brazos o le daba el biberón. Irene pasó a apodarse Irenín para diferenciarse de su madre y así adquirir cierto individualismo a pesar de su corta edad.
Irenín siempre iba perfectamente acicalada de mimo materno, con gorritos de encaje y vestidos blancos de hilo de algodón que contrastaban con sus marcados ricitos azabaches. Cuando pasaba algunos días con su padre, Irenín volvía hambrienta, exhausta y descuidada. Irene la abrazaba entonces con más fuerza que nunca, la bañaba meticulosamente y la alimentaba con sumo cuidado. Nunca antes Irene se preocupó tanto por alguien que no fuera ella misma. Irenín tenía dos años cuando su padre la devolvió enferma a su madre tras los días que le correspondían por Navidad. La niña no comía, apenas se sostenía en pie y sólo quería dormir. Al día siguiente le sobrevinieron unas elevadas fiebres que hicieron temer por su vida. Cuando el médico fue a visitarla era demasiado tarde. Irenín agonizaba a causa de una meningitis aguda, probablemente causada por haber habitado durante un determinado espacio de tiempo en condiciones insalubres. El mismo día que alguien, en alguna parte de España, celebraba que le había tocado el premio gordo de la lotería, Irene lloraba la inesperada y profundamente dolorosa muerte de su pequeña.
Dicen, quienes la conocieron desde niña, que aquello marcó su vida. Nunca tuvo más hijos.
Además de su foto de adolescente, Irene tenía una foto amarillenta presidiendo la mesa camilla que había junto al televisor. En ella una niña pequeña, de aproximadamente dos años de edad, apoyaba su bracito sobre un caballo de juguete. Vestía toda de encaje blanco, a juego con el lazo que adornaba los negros rizos de su pelo.
Mi tía se durmió un día en el que los niños de San Ildefonso cantaban el premio gordo de Navidad. Cincuenta años después, al despertar, no le quedaban recuerdos pero tenía un enorme armario lleno de trastos viejos sin usar.

Siempre he odiado los fuertes pellizcos que me propinaba en los mofletes. Notaba sus dedos oprimiéndome la piel hasta dejármela dolorida. Al mirarme, sonreía, y con voz entrecortada, provocada por su inherente debilidad más que por su vejez, pues no siempre fue vieja, le decía a mi madre, o a mi abuela, o al adulto que me estuviera acompañando en ese momento, lo alta y gordita que estaba la niña. Los pellizcos y sus observaciones respecto a mi fisonomía no hicieron más que reforzar la poca simpatía que le tenía. A eso había que añadir los comentarios que solía escuchar a mis padres, a mi abuela o incluso a mi abuelo. La tía Irene era la tía de los desplantes, los bufidos, las extravagancias y la tirana que utilizaba su aparente vulnerabilidad para manejar los hilos de lo que se le antojaba.
En mi familia materna abundan los José. María José, Josefa, José Antonio, José Ramón. El 19 de Marzo es uno de esos días señalados en el calendario, casi sinónimo de Navidad, con obligatoria comida familiar. Tíos, primos, hijos, hermanos, padres y madres nos juntamos para esa fecha y se celebra como si de un rito sagrado se tratara. Los que no pertenecemos al club acudimos igualmente, no es un club excluyente. Desde que se celebra el santo por excelencia mi tía ha sido invitada. Y como todos los años, ha declinado la invitación con excusas más que justificadas y coherentes. Cuando no tenía que ordenar los altillos, tenía que colgar las cortinas, o lavarlas, o limpiar el comedor o, algún año, que yo recuerde, creo que también tenía que descongelar el congelador o limpiar a fondo el frigorífico. Mi tía siempre ha sido una mujer muy ocupada que se entretenía con cualquier menester. Desde matar una mosca hasta prepararse la cena. Por eso casi nunca podíamos ir a verla. Alguna vez cometimos la osadía de hacerle una visita sin previo aviso por teléfono, ese demoníaco aparato destinado a exponer quejas. Gran error. Una vez en la puerta, nuestra tía, que es tía de todos por lo que se ve, menos de mi abuela eso sí, y tampoco de mi abuelo, se negaba a abrirnos la puerta con la excusa de que estaba en batín porque todavía estaba haciendo la cama, a las cuatro de la tarde, o en albornoz, pues acababa de salir de la ducha o se disponía a meterse en ella. No es de extrañar que progresivamente cada vez fuéramos llamando menos a su puerta, especialmente si era sin avisar. Visitar su casa se convirtió en algo tan extraño e inusual para mí que todavía hoy, cuando he tenido que ir por motivos extraordinarios, me he sentido como un intruso invadiendo un lugar sagrado. Es lo más parecido a visitar las tumbas egipcias, las criptas romanas, o el museo del Louvre. Por un lado, porque allí todo es antiquísimo. Y por otro, porque nada de lo que hay expuesto se puede tocar. Un día se me ocurrió cambiar de cadena con el mando del televisor. Después de aquello estuve varios meses sin tocar cualquier mando a distancia que avistara a menos de un metro de mí. Mi tía pegó un brinco de su asiento con el rostro casi desencajado, me arrebató con fuerza el mando de las manos y comenzó a preguntarme, nerviosa y a gritos, qué canal era el que había puesto antes. Volvió a ponerlo y dejó el mando en su sitio, el del mando, no un sitio cualquiera. Todas las cosas que había en la casa tenían su lugar y no debían moverse de allí bajo ningún concepto. Irene era una cosa más de su hogar. Eso explica que poco o nada se moviera de ella y que siempre rechazara las invitaciones de mi familia para cualquier evento que propiciara la reunión.
También por las fechas de San José, mi abuela tenía y sigue teniendo la costumbre de cocinar buñuelos de calabaza. Al morir mi abuelo, mi abuela abandonó la costumbre durante el tiempo que duró el luto. Cuando, unos cinco años después, se le ocurrió volver a hacerlos y, conociendo su pasión por los dulces tradicionales, llamó a mi tía para llevarle unos pocos, ésta le reprochó su falta de sensibilidad y de respeto hacia la muerte de mi abuelo, su hermano.

-Irene – contestó - el negro es un color muy sucio, y en verano da mucho calor. Dudo que exista alguien que haya amado a tu hermano más que yo, que lo amé casi tanto como a mis hijos. Y es por ellos que después de todo este tiempo me he decidido a retomar mi vida donde la dejé.

Mi abuela colgó el teléfono y se echó a llorar. Siempre ha mostrado mucha entereza pero sé que ese día lloró, lloró mucho. Irene jamás ha vuelto a probar los buñuelos de calabaza que mi abuela hace todos los años por San José.
Las tradiciones no son más que ritos para revivir a los muertos. Cada vez que en casa de mi abuela se hacen buñuelos, mi abuelo vive de nuevo y sale de la cocina oliendo a aceite quemado y con la boca manchada de azúcar, acompañándonos en el copioso festín.


El condenado hijo de alguna fulana del marido de mi tía hizo algo bueno en su vida. Morirse. Él, muy al contrario de mi tía, prosiguió con su vida allí donde ella decidió quedarse dormida. Se juntó con otra mujer y tuvo más hijos, todos tan sucios y zarrapastrosos como él. Al morir, ironías de la vida, la heredera legal de la pensión de viudedad era mi tía. Quién le iba a decir a ella, que casi medio siglo después de quebrarle la vida, aquel energúmeno le pagaría el estropicio mes a mes, durante el resto de su vida, la de mi tía, y durante el resto de su muerte, la de él. Aunque nunca hubiera suficiente dinero en el mundo que saldara la deuda que su marido le dejó en vida.

Creo que existe un refrán que dice algo de que los muertos están mejor bajo suelo y que, una vez enterrados, es mejor no remover la tierra que los cubre. Irenín yacía en el mausoleo familiar de su padre. Compartía piso con otro bebé que había muerto a su misma edad. Irene acudía, las pocas veces que salía de su casa y ocupaba su otro lugar, el del cementerio, a visitar a su pequeña. Conocía los días y las horas a los que solían ir los miembros de la familia de la otra parte contratante y las evitaba para no tener que tragar con el incómodo encuentro. Una tarde, en la que permanecía sentada frente al pequeño chalet de hormigón, mientras observaba los claveles rosas que había dejado en la eterna cuna de Irenín, tuvo una revelación. Consideró absurda la idea de mantener allí a la niña, no tenía sentido ahora que el padre había muerto y ella era el único familiar directo que todavía le rezaba oraciones y le ponía flores, si es que alguna vez alguien más lo hizo. Irene pidió permiso para trasladar los restos de Irenín a una tumba individual, a la que pudiera ir cualquier día a cualquier hora sin tener que encontrarse con indeseadas compañías. Así se hizo.

Cuando sonó el teléfono aquella mañana, Irene no podía creer lo que una voz, gélida y distante, le decía al otro lado. Al parecer, los restos trasladados no correspondían a los de una niña, sino a los de un niño también de corta edad. Parece ser que el compañero de cuna de Irenín, otro pequeño que corrió similar suerte que la chiquilla, había sido confundido con ella y trasladado al nicho asignado a la niña. Cómo se averiguó aquel malentendido es algo que todavía hoy sigue siendo una incógnita para mí. Sólo sé que Irene tuvo que acudir al cementerio para verificar la falsedad de los huesos que se escondían bajo el nombre grabado sobre el mármol de la tumba de su hija. Igualmente tuvo que reconocer, como quien acude a identificar el cadáver de un familiar que acaba de morir en trágicas circunstancias, los huesos de Irenín. O lo que quedaba de ellos.
Las autoridades competentes del cementerio aconsejaron que fuera un pariente lejano del difunto, y no uno especialmente allegado, el elegido para el reconocimiento de los restos. Mi tía no lo consintió y quiso ser ella misma quien se enfrentara, por segunda vez en su vida, a la muerte de Irenín. Mi padre y mi tío, los dos hombres de la familia más cercanos a mi tía, la acompañaron. Cuando abrieron la pequeña y estropeada tumba de madera, sólo vieron un montón de huesecitos grisáceos y casi deshechos, parecidos al cartón piedra, y restos de lo que adivinaron como tela, amarillenta y a pedazos, que se encontraba mezclada con todo lo demás. Aquello era una amalgama gris y polvorienta, prácticamente irreconocible como lo que una vez fue.
Irene apenas palideció al verlo. Se agachó y comenzó a limpiar y recolocar, uno a uno, los fragmentos y astillas de lo poco que quedaba de aquellos casi inexistentes huesos. Cogió con extrema delicadeza los trozos de aquel papel de fumar que algún día fue un delicado vestidito blanco y los fue depositando en el lugar que le correspondía. Irene recordaba con fascinante exactitud dónde iba cada hueso y cada pieza de ropa. Entre los restos había algo que llamaba la atención. Una pequeña muñeca, que también había sufrido de forma irremediable el paso del tiempo, volvía a ver la luz y el cielo limpio y despejado a través de sus estáticos ojitos de cristal. Su fría sonrisa resultaba especialmente macabra, poniendo de relieve lo grotesco de la situación. Irene cogió a la muñeca por una de sus piernecitas con la punta de los dedos, le quitó parte del polvo que había acumulado y la volvió a poner en la caja, a la altura de donde debió estar el brazo de Irenín. Como hizo muchísimos años atrás, mi tía observaba con ternura lo que allí nadie más podía ver. Su pequeña balbuceando, febril, exhalando los pocos segundos que le quedaban de la vida tan fugaz que le había tocado en suerte.

La tarde que fui a casa de mi tía a hacerle las fotos reparé en su mirada. Por un momento olvidé a la vieja gruñona, caprichosa y dictadora. Olvidé sus desprecios y su egoísmo, así como todas las veces que sus palabras envenenadas hicieron llorar a mi madre o a mi abuela. A través de sus ojos vi a Irene, a la mujer desgraciada que habitaba en su interior, al alma dormida que jamás despertaría del auto impuesto letargo. Vi las penas agolparse en sus pupilas, y las cicatrices de viejas heridas a medio curar.
Una maleta pequeña permanecía a su lado, abierta sobre el sofá. Irene se iba al día siguiente a una residencia para ancianos, gobernada por unas benévolas monjitas que la tratarían y cuidarían como si fuera un bebé desamparado, ignorantes por completo de la vida que arrastraba. Irene no siempre fue vieja, y no siempre fue gruñona ni tozuda. No siempre se quejó y también amó, sufrió y sintió rabia. Por sus venas, como por las mías, corría sangre en lugar de horchata. Imaginé lo duro que debía resultar abandonar la que había sido su casa durante tantos años, en la que los recuerdos se acumulaban en forma de objetos y viejas fotografías. Observé su retrato, ese en el que parecía una actriz de Hollywood. Irene fue bella, alegre y vital. Pero tal vez ya no lo recordaba. O puede que sí.
En la maletita había poco más de dos faldas y otro par de blusas.

-¿Sólo te vas a llevar eso?- pregunté.

-Lo que necesito no cabe en esa maleta. – Su mirada se dirigía a la ventana, a través de la cual se veían las nubes.- Ni en ninguna.- añadió.






Raquel
"Mirad por la ventana y tal vez podáis ver al ángel que espera sus alas sentado en el andén..."

niña_mareá
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Mensajepor niña_mareá » 29 Abr 2006, 14:03

eiii dejedi, si quieres yo te ayudo con la traduccion, soy la monja mellada del forum del pap, q ya no me deja entrar ni ganas q tengo xd
enga wapaaa nus vemos, petons!!!1
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dejedi-M
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Mensajepor dejedi-M » 29 Abr 2006, 16:47

niña_mareá escribió:eiii dejedi, si quieres yo te ayudo con la traduccion, soy la monja mellada del forum del pap, q ya no me deja entrar ni ganas q tengo xd
enga wapaaa nus vemos, petons!!!1

Ey :o
La verdad es que me harías un favor porque ahora estoy bastante liada y no sé cuándo podré acabar de traducirla :oops: además hay un montón de palabras en las que dudo¬¬ ...
Pero bueno... xDD no me olvido de la traducción tampoco... sé que tengo que acabarla... aunque ahora me viene encima una semanita que tela¬¬ así que si no tienes nada mejor que hacer pues te voy a deber una por los siglos de los siglos :? y si no, da igual, la haré ...cuando pueda... cuando tenga tiempo :? :? :? :?
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niña_mareá
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Mensajepor niña_mareá » 30 Abr 2006, 21:40

eyyy wapa!! ya estoy en ello, hoy he hecho un trozo, mañana seguir´´e, espero q te guste , lo estoy haciendo lo mejor q puedo :oops:
venga nos vemos!!!!
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dejedi-M
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Mensajepor dejedi-M » 01 May 2006, 20:18

niña_mareá escribió:eyyy wapa!! ya estoy en ello, hoy he hecho un trozo, mañana seguir´´e, espero q te guste , lo estoy haciendo lo mejor q puedo :oops:
venga nos vemos!!!!

Muchísimas gracias :D te lo agradezco, en serio ^^

Sigo con la física... u.u buenas tardes :wink:
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Mensajepor dejedi-M » 08 May 2006, 23:00

LÁGRIMAS ESCARLATA.

La carne había adquirido un tono blanquecino tras el último mordisco. Sentía odio, hacia si mismo y la grasa que se acumulaba en todos los lugares de su cuerpo, incluso en el más recóndito e inconfesable; pero ahora se sentía, también, en calma.
Exhaló un leve suspiro, apenas audible. Tampoco lo habría escuchado nadie, así que ¿qué más daba?, estaba solo en este mundo. Solo en ese infierno de lágrimas rojas.
Había prometido no seguir siendo fiel a aquella navaja, solución y castigo. Era una promesa que no cumplía; aunque por ella se había visto obligado a probar otras cosas. Golpearse no había dado buenos resultados, ya que los moratones permanecían demasiado tiempo en su piel; demasiado a la vista. Demasiado difíciles de ocultar. Morderse… en fin, eso estaba por ver. Quizá funcionaría por un tiempo. Lo cierto era que la fina hoja de acero se había convertido en amiga y verdugo. Y resultaba curioso vivir atado a ella, que podía arrebatarle “su bien más preciado” si él así lo deseaba, o podía proporcionarle momentos de alivio… Cuándo, cómo y por qué, eran ya cuestiones desconocidas para él.
Ahora, ya más calmado, se limitaba a escrutar sus propias lágrimas descendiendo por las mejillas de aquella bola de sebo que le miraba con eterno rencor desde el espejo, intentando adivinar en ellas el por qué de esa siniestra maldición.
Una vaga melodía al piano llegó a sus oídos desde la radio, que parecía tener ganas de hacerle daño –como todo en esa vida. La reconoció, y al instante sus lágrimas se incrementaron. “Vivo per lei…”… ¿por qué vivía él?, ¿por quién?, ¿qué pretendía el caprichoso destino al sumergirle sin previo aviso en un mar de lava y solitarias perlas –translúcidas o escarlatas-?
Había sustituido dulces, felicidad, amistad, estudios e incluso aficiones, por estrictos controles dietéticos, mal humor, ayuno, soledad y autolesiones. Toda una mejora, vaya. Aunque contra todo pronóstico, él así lo creía: “Si adelgazo un poco estaré mucho mejor”, “si logro no comer durante 3 días…”, “si vomito…”, “no tiene nada de malo querer desahogarse, ¿verdad?”, “cuando pese diez kilos menos seré más feliz”
Sin dejar de liberar el torrente de lágrimas que le asediaba dentro de si mismo, salió del cuarto de baño en un revuelo y se dirigió hacia su habitación. Desconectó la radio de una patada y con aire cansado y ausente se estiró en la cama, calculando cuánto rato faltaba para que llegasen sus padres. Cinco minutos más tarde salió de casa, harto de la vida, de su vida.

Días más tarde encontrarían su cadáver nauseabundo topando contra las rocas. Finalmente había tenido el valor, la cobardía, las agallas o lo que fuese. Una botella cerrada herméticamente con sigiloso cuidado contenía su carta de despedida, garabateada con la trémula y diminuta caligrafía de quien se sabe al fin libre de las mundanales ataduras, de lo cotidiano, de su particular infierno, de su particular rutina.
No era demasiado extensa, pues tampoco tenía gran cosa que decir. Rezaba así:

“Querido lector,

quizá nunca haya sentido la emoción que embarga a uno cuando cuenta esas marcas en el brazo y ve que ya van más de 50. Si ese es su caso, deje de leer. No quisiera dirigirme a alguien que no se digne comprender mis sentimientos; precisamente por eso me voy.
Tal vez se pregunte por qué. Como yo en estos momentos. Por qué tanto sufrir, por qué tanta ignorancia hacia mi, por qué tanto desprecio, por qué tantas lágrimas, transparentes, escarlatas, invisibles para esta sociedad. Por qué una persona, porque sepa que antes que nada, soy persona, decide arrojarse desde este acantilado que se extiende a mis pies para quitarse la vida.
Y por qué aquí, por qué hoy, por qué así. ¿Por qué no llenar la bañera de agua caliente hasta rebosar, y dar paso a los últimos cortes?
¿De veras alguien piensa que no lo he intentado? No, los cortes no eran más que un pequeño alivio; puede que no lo entienda. Ya da igual.

Aquí, porque el agua es mi elemento. Porque me eduqué cerca del mar, con el sonido de las olas rompiendo contra las rocas clavado en lo más profundo de mi corazón, con el olor a sal inundándome cada vez que mi abuelo llegaba a casa.
Hoy, porque al mirarme en el espejo mis lágrimas gritaban por última vez: ya basta. No más.
Así, porque de cualquier otro modo sería una estupidez.
En ocasiones tu vida se torna un infierno. Y entonces te vuelves egoísta, tú eres el centro de tu mundo, estás absolutamente solo en él, y te sientes desgraciado. Crees que lo mejor para ti es desaparecer. Ser egoísta es uno de los factores más importantes para un suicida.

No atormentaré a nadie con mis penas, mis tristezas, mis dolores. Esos me los llevo conmigo en dirección a la nada. No pensar para siempre es una idea muy atractiva.
La muerte es una idea muy atractiva.
Diría unas palabras poéticas. Algo así como acabar diciendo que amo a mi familia, amigos, conocidos. Pero ni es cierto, ni sé cómo escribir tales atrocidades. ¿Cómo amar a un mundo que hacia mí sólo siente desprecio, odio, rencor?
Me despido de él y no lo echaré en falta allá donde vaya, si hay algo más allá; ya se burló de mí una vez dándome una vida que no había pedido. ¡Ahora me río yo!

Me gustaría que todos fingieran cuánto les importaba. Que me hicieran un funeral bonito, vistoso, y leyeran frases de las que no creen ni una coma. De ese modo, podría reír a carcajada limpia de lo hipócrita que es la sociedad. ¡Que vaya bonito!”
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