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Ayla
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Mensajepor Ayla » 15 Jul 2007, 03:49

Vuelve a ser de día. Se levanta de la cama, se estira perezosamente y se lava la cara en el baño. Desayuna, se ducha, se viste, se peina. Se mira unos segundos al espejo, sólo para cerciorarse de que siguen allí las mismas ojeras, los mismos ojos hinchados, la misma piel enfermiza, la misma boca contraída en lo que más que una sonrisa es una mueca.... Sigue todo igual. Parece que hoy tampoco se despertará comprobando que todo ha sido un sueño y es otra persona totalmente diferente.
Toma el metro para ir al trabajo. A su alrededor todo son caras malhumoradas y mezquinas, incluyendo la suya. El tipo de personas que le quitarían el bastón a un ciego, y lo lanzarían lejos, sólo por el placer de ver en su rostro el miedo y la confusión mientras lo busca a tientas por el suelo.
Llega al trabajo para vivir un día más de la absurda, insignificante vida que le repugna.
Al menos tiene tiempo libre, en el que se imagina a sí misma irrumpiendo en la oficina como un ángel vengador, matando a todo aquél que se cruza en su camino. No porque les odie ni por un motivo concreto. Sería una diosa, y a los dioses les gusta destruir cosas feas porque les irritan, y destruir cosas bellas para que nadie más las disfrute, y cosas mediocres porque son la mayoría. Utilizaría algún medio rudo y brutal, como un hacha. Y la gente, justo en el momento de su muerte se arrepentiría de no haber sido más amable con ella, y ella reiría muy fuerte porque sabría que aunque lo hubieran hecho habría dado igual.
Vuelve a casa, se acuesta y desea que llegue el sueño, para tener esos benditos segundos por la mañana en los que no se acuerda de quién es, o ese momento frente al espejo en que se dará cuenta de que es otra persona.
Hasta entonces sigue viviendo la absurda, insignificante vida que le repugna.
- ¿Alega enajenación mental?
- No
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Aidita_gambita
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Mensajepor Aidita_gambita » 18 Jul 2007, 11:56

Las 5 de la tarde taurina, rondaban los 28 º de un sol que vomitaba fuego. Y allí le cité, al lado de la fuente, como hacíamos antaño. Llegó 20 minutos tarde, como de costumbre, pero esta vez no me molesté, sabía que la espera me sería recompensada. Lo vi pasar con su coche, el que en ocasiones fue nuestro nido de amor y ternura. A los 3 minutos, cuando hubo encontrado aparcamiento, apareció allá a lo lejos.

-Qué, la franja horaria? - Bromeé.
-No, me he encontrado con un atasco. - Se excusó, pero al fin y al cabo ni le escuché. Había oido tantas justificaciones, factiblemente falsas, salientes de su boca, que me habia vuelto inmune a ellas.

Al darle dos besos, pude sentir aquel olor característico que indicaba su presencia, aquella esencia que me había obsesionado desde el momento en el que cualquier halo de dignidad y orgullo que me pudiera quedar en pie se desvaneciera fulminantemente en cuestión de medio segundo, concrétamente desde la pimera vez que me besó. Por un momento sentí que me dió un vuelco el corazón al recordarlo... y en fraciones de segundo miles de recuerdos, emociones y sensaciones se resumieron en un escalofrío que recorría todo mi cuerpo.

Pero no habiamos quedado por gusto, sino para solucionar un asunto más del tipo burocrático. De unos meses atrás hasta el momento solo me ponía en contacto con él por unas deudas monetareas que se remontaban al verano anterior. La verdad es que hubiera preferido que hubiera sido por otra cosa, desde decirle lo bonito que era el cielo hasta decirle lo mucho que le echaba de menos, pero dadas las circustancias era mejor así, que me viera como alguien que pedía por su cabeza en vez de alguien que pedía por su corazón.

La historia todos los meses era la misma: "A principio de mes os pago, no os preocupeis", y cuando llegaba dicha fecha, desaparecia, como si se le hubiera tragado la tierra.

Tras meses y meses de intentos fallidos de recuperar el dinero, y en cierta manera de no perderle del todo, decidí poner fin al asunto y solucionarlo de una vez por todas.

Fuimos a aquel café que fue testigo de todas nuestras etapas... Antes, durante, y después de ser felices. No habiamos ido muchas veces, pero las que fuimos eran ocasiones especiales, para bien o para mal.

Y esta, no era una escepción.

Empezamos hablando del asunto del dinero (que como era de esperar, no lo tenía), pero acabamos dispersandonos de lo importante, como siempre. Otra cosa que un tiempo atrás me molestaba, pero esta vez me importaba más bien poco. Tampoco me interesaba que las últimas palabras que cruzara con él fueran de discusión. Así que le dejé que se explayara, incluso que se riyera, cosa que me causó el segundo vuelco al corazón de la tarde, al recordar aquella risa que hacia que el mundo se parase.

Pasamos allí un par de horas delante de las tazas vacias... café solo y con leche... todo me hacía echar la vista atrás.

La tarde estaba siendo, contra todo pronóstico, agradable, asi que cuando empezó a oscurecer le propuse que fueramos a algún mirador, que total un rato no le supondría ningún problema, ya que al día siguioente no teníamos nada importante que hacer ninguno de los dos. Terminó accediendo, supongo que le ablandó lo bien que transcurrieron las horas en la cafetería.

Llegamos a un bonito mirador después de 40 minutos al volante. Bajamos en un lugar donde la vista era magnífica, el mar totalmente en calma, rodeados de montaña, el viento susurrando en nuestros oidos, la luz del faro al fondo... la verdad es que resultaba precioso...aunque lo hubiera disfrutado más en otro momento o si la situación hubiera sido distinta.

Me apollé en la pequeña pared para contemplar aquel paisaje. Él se acercó e hizo lo mismo. Corría la brisa fresca por encima de mis hombros y se me erizaba la piel del frio, pero podía sentir su calor a mi lado izquierdo.

Saboreé aquel momento para que nadie me lo robara, pero no separé los pies del suelo. Más que por embelesamiento, fue puro egoísmo. Le tenía ahí, robándole tiempo, robándole su presencia, robándole un momento más que permanecería en mi recuerdo, y que tampoco me podría arrebatar.

Rompí el silencio pronunciando su nombre, y me miró. Con mi cara más afable le sonreí:

-Anda, ven aquí...

Sonriendo él también, se separó de la pequeña pared y se giró hacia mí. Le rodeé la nuca con el brazo derecho, hundí mi cara en su cuello aspirando su olor nuevamente como si de ello dependiera mi vida, mientras que con la izquierda le apuñalaba el costado.

Se quedó totalmente quieto. Me separé despacio para mirarle a los ojos, los cuales estaban totalmente abiertos, y tras dos segundos de observar su mirada confusa esperando encontrar respuesta en la mía, se miró el costado ensangrentado con la navaja aún clavada. Su respiración era lenta y entrecortada. Volvió a mirarme a los ojos sin terminar de comprender. Le besé los labios cálidamente y saqué la navaja para clavarsela nuevamente, esta vez en el pecho. Mientras le cambiaba la expresión del rostro dibujando una mueca de dolor, se dejó caer al suelo. No le solté hasta que estubo totalmente estirado sobre él. Me incorporé y me quedé inmovil, notaba como la sangre caliente galopaba a toda velocidad por mis venas.

Me arrodillé a su lado lentamente. Él me miraba agonizante intentando articular alguna palabra, supongo que un intento fallido de construir una pregunta. Posé mi dedo índice sobre su boca para evitar sus inútiles esfuerzos.

-No digas nada - Le dije susurrando - Créeme que esto me duele más que a ti. Te asesinaste hace ya mucho tiempo, cuando dejaste de ser el mismo. Yo sólo estoy rematando la faena.

Sé que cojí de nuevo la navaja, pero lo siguiente que recuerdo es de estar arrastrando su cuerpo montaña abajo sobre una manta que había visto en el coche mientras nos dirigíamos allí.

Dejé el cuerpo entre unos arbustos, pero solo provisionalmente, debía darme prisa y bajar a la ciudad con tiempo para acabar lo empezado antes del amanecer. Volví al coche y dentro me cambié la camisa manchada de sangre por otra que llevaba en el bolso, y la dejé debajo del asiento. No sabría decir cuanto tardé en bajar y en subir de nuevo al mirador con la pala, posiblemente una hora y medica, o incluso dos horas, tiempo que invertí en sentirme poderosa y saborear la venganza que estaba llevando a cabo. Era una sensación excitante y superior, algo así como el niño que mata a las hormigas con una enorme lupa. Ahora yo era ese niño, soloq ue mis métodos eran menos sutiles.

Volví al lugar que resguardaba mi crimen y seguí desplazando el cuerpo hasta un paraje más apropiado. Estaba amaneciendo cuando heché la última palada de tierra y presioné con la punta.

Respiré y me sequé el sudor con el antebrazo, pero lo sentí arder a causa de el contacto con los arañazos. Cuando hago memoria lo recuerdo todo oníricamente, confuso, pero aún tengo alguna cicatriz, supongo por las zarzas de las sendas que recorrí cargando el bulto. Volví al coche y tecogí sus efectos personales, ahora estaba a cargo de sus recuerdos, aunque fueran materales. era yo la responsable de que no se perdieran en el olvido, puesto que nadie estaba en conocimiento de lo sucedido aquella noche. Con el coche lo único que hice fue acercarlo hacia el acantilado, quitar el freno de mano y empujar. Sí, poco elaborado la verdad, pero eficaz al fin y al cabo. Cayó al agua y se sumergió completamente.

Ya podía volver.

Lo cierto es que nadie le ha echado de menos. Aveces a gente me pregunta por él, y sin irrumpir mi sosiego y encogiendome de brazos, contesto:

-Habrá muerto...
Me gustan mis errores, no podria renunciar a la deliciosa libertad de equivocarme.
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Zabío
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Mensajepor Zabío » 04 Ago 2007, 22:17

ÁNIMO DE LUCRO

El misántropo se sacude un poco el polvo de la gabardina gris y se pasa la mano por la tupida barba justo antes de entrar a un nuevo bar recién inaugurado en el barrio. Allá por donde pasa desprende un olor profundo y agudo, desagradable en cualquier caso. Camina arrastrando los pies, como sin fuerzas, como le permiten los zapatos desgastados y sin apenas suela. A duras penas consigue llegar hasta la barra del bar, en la que se apoya y espera cuarenta y cinco segundos hasta que el camarero termina de rellenar una cámara de cocacolas y se dirige a atenderle. Durante ese tiempo, el único cliente del local, un hombre de más de cuarenta años, gordo y medio calvo mira de reojo desde la otra punta de la barra la escualida figura del misántropo, sus pantalones con agujeros y la suciedad que se desprende de su grasiento pelo gris. Cuando el camarero llega donde se apoya el misántropo se produce un sencillo intercambio de saludos y el típico “Dígame” del camarero, que esta vez suena un tanto diferente a los habituales dígames que pronuncia al cabo del día. Entonces el misántropo lo mira fijamente a los ojos y anuncia con una voz débil, inexpresiva y más bien grave que no tiene dinero, que tiene frío y que si por favor le podría poner un café con leche muy caliente, que se lo agradecería enormemente. Ante la súplica del misántropo,iu el camarero sujeta un trapo azul con fuerza entre las dos manos, esboza una leve sonrisa de seguridad y pronuncia un rotundo pero tranquilo “No”. La reacción del misántropo es una ligera afirmación con la cabeza, y un adusto “Gracias” que hace coincidir con una media vuelta robótica con la intención de iniciar su retirada del local. Pero antes de cruzar la puerta es interrumpido por el camarero: “ No puedo regalarte un café porque esto es un bar, una empresa privada. Es un negocio con ánimo de lucro completamente integrado en un sistema capitalista, que atiende a la ley de la oferta y la demanda y que se abastece de las ganancias producidas por el intercambio de bienes y servicios por dinero”. Tras atender desganadamente a la explicación del camarero, el misántropo se limita a girar la cabeza y continuar su marcha. Baja el pequeño escalón de la puerta con la pesadez de un elefante y arrastrando los pies se pierde de la perspectiva del camarero, que mientras organiza unos cuantos vasos con profesionalidad, simulando sonreír, con la satisfacción de un trabajo bien hecho.

Un poco más cansado y más sucio, el misántropo se aleja del local, y tras provocar una pequeña nube de polvo a la altura de su cadera saca una especie de tarjeta de su bolsillo, con la que inmediatamente abre la puerta de un Mercedes S500 negro, arranca y desaparece rápidamente del barrio. Tras veintisiete minutos de camino, el misántropo guarda el Mercedes en el garaje, apaga la luz y con la misma pesadez sube las escaleras que le separan de la entrada a la casa, introduce la clave de cuatro dígitos en la alarma y tras cruzar el hall pasa directamente al vestidor, donde se quita la sucia gabardina y la cuelga en una percha, en el sector de los trajes oscuros, junto a dieciocho chaquetas negras y grises. A continuación entra en la cocina y se sirve un café ya hecho, al que tras calentar un minuto y medio en el microondas le añade un pequeño chorro de coñac. Con desgana se dirige hasta el salón, se tira en el sofá y con el mando a distancia enciende el televisor, sin importar qué canal ni qué programa salga de su pantalla de cuarenta y cinco pulgadas. Quince minutos más tarde, el misántropo pulsa en el mando el botón de apagado, y la casa queda en perfecto silencio. Se quita la ropa y tras conectar nuevamente la alarma, camina hacia el dormitorio, exclama en voz alta “Mierda de capitalismo”, retira la colcha y se acuesta. Mientras, a veintisiete minutos de allí, el camarero se afana en barrer el suelo del bar. Le llevará trabajo, ya que el día ha sido intenso y los resultados saltan a la vista. Una gota de sudor cae de su frente justo en el momento en que con la escoba da un golpe involuntario a la pata de una mesa, de la que cae estrepitosamente un cenicero lleno y dos vasos con hielos semiderretidos, estampándose contra la loseta y deshaciéndose en cientos de pedazos, lo que hace que el camarero tire la escoba con fuerza contra la pared y exhale un potente “Mierda”.

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robert
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Mensajepor robert » 21 Nov 2007, 17:24

Aeván despertó de repente, abrió los ojos y se vio en un lugar que no conocía. Aeván no conseguía recordar cuándo y cómo había llegado hasta allí. Antes de despertarse, nada. No era capaz de valorar su edad, no podía saber si tenía 15 años, 60 o 500, no tenía un punto de referencia desde el que empezar a contar.

Aeván miró a su alrededor y, sin embargo, lo reconoció todo, sabía qué era un árbol, qué un pájaro…Aeván sabía distinguir cualquier cosa, parecía saberlo todo sobre ese mundo que le rodeaba. Sabía que del alcornoque se podía hacer corcho, que chocando entre sí dos piedras concretas podía hacer fuego. Todo le era familiar, sin embargo no podía ubicarse.

Empezó a andar, decidió explorar el mundo que le rodeaba. Pronto descubrió que no estaba adaptado al entorno, los pies le dolían pues se clavaba cualquier mínima irregularidad en el terreno, el viento le hacía sentir frío y estar incómodo consigo mismo y cojeaba pues tenía una pierna más larga que otra. Al cabo de un tiempo que no supo medir le entró hambre, sabía qué podía y qué no podía comer así que recolectó los frutos que encontró comestibles y desechó los que podían causarle algún mal. Esto también resultó ser una tarea molesta y difícil pues sus brazos eran demasiado cortos y sus dedos no eran demasiado manejables, necesitaba mucha energía para conseguir arrancar el fruto más pequeño.

Aeván, cuando ya la respiración se le hizo tan pesada que no pudo seguir andando, decidió sentarse a descansar. Debajo de un árbol pudo resguardarse de un Sol que al despertar le había parecido insuficiente y que ahora le asfixiaba. Pronto cayó dormido. Y ya no despertó.

Tuvo un último sueño. Una fuerte voz en su cerebro le hacía despertar y le llamaba, cuando se levantaba de los pies del árbol sobre el que se había echado éste abría una enorme boca para hablar. Pero sólo le decía:
-Lo siento Aeván. He vuelto a fallar, no serás el definitivo.

Fue entonces cuando Dios acabó con la corta vida de Aeván, su enésimo proyecto, para proseguir en busca del ser definitivo, aquél que poblaría y reinaría el Mundo que acababa de crear.
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dejedi-M
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Mensajepor dejedi-M » 29 Dic 2007, 21:15

Hacía más o menos mil siglos que no escribía un cuento.


Érase una vez, en una gran ciudad, una niña muy pequeña. Y más pequeña aún si somos concientes de lo colosal que es un edificio al lado de un niño. De su mundo se habían extinguido ya todos los seres fantásticos y maravillosos que los magos de la palabra crearan hace tiempo para hacer que los niños de todo el mundo pudieran vivir su infancia como les correspondía. En su lugar, había quedado una fina capa de polvo grisáceo cubriendo cada página de cada libro, porque todos los niños de su mundo –creía ella- tenían sofisticados robots y máquinas que podían proporcionarles toda la emoción del mundo en la palma de la mano, y mil cosas más.

La niña tenía padres, pero sabía que ella era hija de la desesperación y el desamparo, de modo que cada tarde salía a la calle. Le daban miedo las paredes porque no se acababan nunca, mirara donde mirara; y sentía pavor por los árboles, porque o bien parecían de plástico, o bien podía escuchar sus gritos agónicos y claustrofóbicos; además, había por todas partes horribles carteles que también la atemorizaban: mostraban imágenes de personas sin mirada que siempre sonreían. Y es por todos bien sabido que las personas sin mirada no saben sonreír.

Y por todas partes la niña encontraba órdenes y más órdenes, voces autoritarias que la mareaban y que no tenían nada que ver con la risa de un hada; hombres acartonados, atrincherados en sus trajes negros, grises o azul oscuro, que no se parecían nunca en nada a un elfo o ni siquiera al tierno abuelo que le contara historias; y veía rodillas de mujeres, todas perfectas, de marfil o porcelana, con piernas igualmente perfectas hasta la mitad, donde comenzaba una superficie, siempre perfecta y lisa, de cualquier color sin vida, que acababa en un vientre plano encogido en una camisa escotada y unos labios perfilados que, desde su corta altura, sólo veía cuando, en un acto de suprema amabilidad, se le acercaban a preguntar, tanto, que olía el café y los complejos de su aliento. Y nunca veía niños, sino personas serias como las mujeres y los hombres de la calle, en miniatura, como imitaciones baratas, sin risas y sin manchas, y sin mirada. Niños que no tenían nada que ver con los niños que zurcían el mundo de las hadas con sus alegrías y sus canciones y su risa.

Y a veces veía abuelos, y abuelas; ella sabía desde su pequeñez que a las personas mayores las llevaba un autómata de blanco hasta un depósito donde dejaban que se marchitaran y pudrieran: en el mejor de los casos, un lugar lleno de falsas sonrisas sin ojos. Los abuelos y abuelas que veía, los que estaban fuera, no eran más que un vaticinio para los hombres y mujeres rígidos y semi-perfectos que paseaban a su lado: eran una versión suya en viejo, como la sutil advertencia de que el tiempo sí pasaba: una versión que intentaba camuflar las arrugas ahogándolas en alcohol y que se consolaba pensando que todo podría haber sido peor. “Acabaréis así, como nosotros”, parecía chirriar su piel apergaminada.


La pequeña veía todo aquello, y sentía miedo, pánico, horror, pavor; pero no decía nada. Porque ella tenía una misión más importante.
Ella era una niña, y todos los niños y niñas del mundo tienen grandiosas misiones cuando nacen, aunque pocos se acuerden de buscarla más tarde; y ningún niño sabe cuál es su misión. Y, aunque alguien que busca no siempre es alguien que encuentra, ella tenía la certeza de que lo encontraría.

Érase una vez, en una gran ciudad, una niña muy pequeña. Y más pequeña aún si somos concientes de lo colosal que es un edificio al lado de un niño... La pequeña continuaba su búsqueda – incansable como sólo saben serlo las criaturas tempranas.

Aquella tarde había dudado si debía salir de casa; hacía frío y el cielo estaba muy encapotado, como triste. Todo a su alrededor adquiría un brillo mortecino, una luz apagada, melancólica. Se había arrodillado en un banco de piedra, apoyando la cabeza en el respaldo; y aquella piedra algún día había sido blanca, pero aquel día estaba ya cansada de vivir inmaculada y se había unido a la fiesta gris y fantasmal. De pronto, se iluminó su mirada –ella conservaba los ojos llenos de expresión y curiosidad, siempre chisporroteando esquirlas de magia.

Nevaba.
La nieve le quemaba las mejillas y se quedó embelesada observando el cielo, preguntándose si las estrellas seguirían allá arriba, detrás de tantas capas de tristeza. No se dio cuenta de que empezaba a dolerle el cuello por mirar hacia arriba, ni tampoco del frío que le traspasaba los huesos silbando, porque estaba absorta en su contemplación; pensaba en todas las historias de fantasía que había oído o leído y que nadie más que ella conocía ya. En ellas, la Luna y las estrellas podían hablar con los niños.

-Hola, estrellas. Vosotras brilláis solas... ¿No tenéis niños que os hagan compañía? ¿No tienen los niños estrellas que los acompañen? –susurró.

Ya no esperaba respuestas de las estrellas. Sólo hablaba con la Luna. Posó la vista en un copo de nieve que parecía más níveo que el resto. Siguió su trayectoria con toda la atención que podía dedicarle: trazó un tirabuzón perfecto e irreal en el aire, antes de caer con sencillez. Una estrella debía haberle contestado.

***

Érase una vez, en una gran ciudad, una niña muy pequeña. Y más pequeña aún si somos concientes de lo colosal que es un edificio al lado de un niño... La niña creía aún en las hadas, los elfos, los duendes, los unicornios y todo tipo de criaturas maravillosas; en las brujas, las hechiceras, los secretos de las pirámides y los seres mágicos de los caminos; creía que podía hablar con la Naturaleza, con el Viento, el Sol, la Luna y las Mareas. Era la única. Pero este entrenamiento previo no le habría servido de nada ni siquiera aunque hubiera leído sobre tantas criaturas durante años;
...porque el copo de nieve había caído en el centro de la palma de la mano de alguien que ahora la miraba a los ojos sin pestañear, sonriendo; porque era una Mano en mayúsculas, tan blanca que la nieve más blanca parecía gris a su lado; porque le reían los ojos, traviesos, aniñados, mágicos; porque supo que le seguiría al fin del mundo si se lo pidiera.

***

Y parecía que le leía el pensamiento, como quien coge un libro abriéndolo al azar y ese día el azar está de su parte, como quien lee el periódico por la mañana, como quien aprendió a leer las miradas de quien aún miraba en vez de ver: Así se conocían. Porque él había caído de una estrella lejana, y ahora brillaban desde lo alto de la urbe, vigilando a todas sus marionetas, a un paso de ninguna parte.

Una cuerda es un elemento muy curioso. Cuando se dice que algo está colgando de un hilo, o que alguien está con la soga al cuello, en realidad se alude al vértigo que provoca una cuerda tensada entre edificio y edificio. Afinada, como las de un violín, para tener la seguridad de que todo irá bien.

Podemos ver, desde aquí arriba, los hombres de cartón y las mujeres con rodillas de porcelana esmaltada; y también sus miniaturas, y los abuelos de éstas como si fueran manzanas arrugadas por el tiempo.

Todos los niños tienen una misión en esta vida. Un secreto. Algo que sólo ellos pueden alcanzar. Como una meta que no es final sino principio de todo. Desde aquí arriba el mundo tiene otra perspectiva; la bóveda celeste sí tiene estrellas y no se oyen los gritos agónicos de los árboles de ciudad. Y todo lo demás queda tan lejano que parece poco más que una mentira. Yo tengo mi meta delante; mi secreto, mi misión. Mi compañero de camino.

Está al otro lado de la cuerda. Si uno de los dos se moviera, la cuerda empezaría a balancearse. Caería. Pero no tengo miedo. Sentía miedo allá abajo porque todo era irreal y el mundo de ilusiones que yo conocía no podía pasar de ser una mentira. Ahora los dos sabemos un secreto que no dejaremos escapar. Una verdad. Algo que hace que la cuerda esté siempre tensa y no resbale. Algo que no se escurrirá, nunca, entre las semanas del calendario.

El tiempo no existe.

Y, bajito, me pide que le resucite un cuento. Entonces,
digo yo, érase una vez, en una pequeña ciudad, una niña muy grande. Y más aún si somos concientes de lo grandiosa que es una niña al lado de un edificio...




dejedi, 29 de diciembre de 2007.



Para Diego =)
"Quien quiera nacer, tiene que destruir un mundo..." (H.Hesse)

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Ayla
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Mensajepor Ayla » 11 Ene 2008, 07:02

Todos los niños creen en los cuentos. Y todos los cuentos son iguales y están llenos de príncipes y amor eterno... excepto, tal vez, los de Hans Christian Andersen, e incluso éste alguna que otra vez se dejó llevar por su vena tierna; al fin y al cabo, escribió "el patito feo"... aunque también la pastora y el deshollinador y su amor imposible, y el inquietante relato sobre zapatillas rojas y la niña obligada a bailar y bailar hasta que tienen que amputarle los pies (y las zapatillas siguen bailando sólas)... y nunca he podido usar zapatos rojos.
Los príncipes salvan a las princesas. Las princesas, si son buenas y están calladas y barren y limpian y ponen la otra mejilla y todas esas cosas que se supone que debe hacer una niña buena y obediente, al final se ven recompensadas con su príncipe y su reino y viven felices para siempre jamás... Pero no hay pasión en esos maniquíes azules a caballo que sólo dan un casto beso de amor a sus amadas, sin abrir nunca los labios... puede que sea más feliz a la larga su existencia lineal, su papel de matrona, los días uno idéntico al siguiente deslizándose como una barca en un lago sin viento...
Pero tú no naciste en colchones de plumas y lechos de roble, ni siquiera en una casa humilde... naciste en medio de tormentas y destrucciones, caídas de dioses y reyes, reinos convulsos y teñidos de rojo... y sobreviviste, y ése mundo destruido fue tu casa y tu templo, y se derrumbó aún más con el paso de los años, y no pudo reconstruirse en tres días, ni en trescientos.
Y el príncipe era un niño que jugaba a hacer castillos de arena, y nunca pudo ni quiso salvarte... y un castillo eras tú, pero todos saben que eso sólo dura un día, y que a la mañana siguiente, al bajar a la playa, estaría otra vez lisa, y los granitos de arena, órganos, células, glóbulos rojos, moléculas orgánicas y átomos que intentaban guardar equilibrio la tarde anterior, se habrían dispersado. Y serías el grano de sal que escuece los ojos de la niña, la arena que se va por el desagüe al ducharnos, la gota de lluvia o lágrima que rueda en la mejilla de un desconocido. Y ya daría igual el castillo de arena..
Estabas destinada a las tormentas, a la destrucción, a todo el abanico de emociones posible concetrado en escasas 20 horas de consciencia... El Huracán. El Huracán llegó y lo cambió todo, y había un tejado arrancado donde antes había un prado, y un pájaro donde antes había arena, y no había flores en las macetas que antes sí tenías... las cogió y las prendió en tu pelo y en tu cuello. Y el aire te llevó, te levantó, acarició tu pelo, tiró de él, te dio mil dolorosos placeres exquisitos, lo llenó todo... te puso boca abajo, te abrió brazos y piernas y te subió y bajó a su antojo.... Y fuera de él todo era ruido y caos, y sólo en el caos que provocó encontraste, al final, el orden. Pero para entonces ya había pasado, se había perdido en el horizonte, nadie sabía si iba a volver.. tú tampoco.
Y no tuviste besos castos, ni nadie que envejeciera a tu lado, ni lo deseaste... porque cuando se ha bebido de la furia de los vientos, cuando has sentido el éxtasis del Huracán y lo has amado por su grandeza y no lo has temido... los príncipes parecen ilustraciones descoloridas, y el amor de los mortales pura biología e instinto de supervivencia...
Y mientras tanto la princesa que no era princesa ahora es bruja, invoca a los dioses olvidados, devora las almas de los incautos... quiere otro Huracán.
Por suerte, siguen fabricándose focos de baja presión y vientos alisios.




PD: Como el fuego abrasa una selva, como la llama devora las montañas, así persíguelos con tu tormenta, con tu huracán llénalos de terror (Salmos, 83, 14-15)
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oliglesias
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Mensajepor oliglesias » 14 Abr 2008, 22:39

Este hilo anda un poco abandonado :D

Así que a continuación os dejo un pequeño relato... me ha dado hace poco escribir algo (una historia, una novela, algo que no sea sólo poesía) y esto me salió de un tirón, no sé cómo... me salían las palabras sin que realmente pensara en ellas... No sé lo que vale, ni tampoco sé si vale algo... jeje
Pero a ver si éste puede ser el inicio de una historia que por fin consiga acabar (que llevo muchísimo tiempo intentando escribir un relato largo y nunca llego al final...)
Bueno, dejo de enrollarme, ahí lo tenéis:

-------------------------------------------------------------------------------------

Me tiro por la ventana de mi habitación y caigo encima de espinas de rosas azules sin que éstas me piquen. Me levanto y es como si flotara en el aire empujado por la cálida brisa que azota las ramas de los chopos centenarios de mi niñez. ¡Qué sentimiento más extraño! Tengo la sensación de volar hacia un lugar que desconozco pero mi alma me dice que allí seré feliz, que allí por fin encontraré el verdadero amor, el que uno anda buscando durante toda su vida. Me pregunto que dónde es ese lugar de amor y de paz y me respondo que debo dejarme llevar por mi corazón y dejar de pensar, que la hora de pensar ya pasó, ahora estoy en el mundo de los sentimientos.
Ya no floto sino que me voy elevando hacia cuotas más elevadas en las que el aire cada vez es más cálido, tan cálido que me están empezando a quemar las mejillas, incluso tengo la sensación de que mi piel va cayendo en tiritas arrancada por mordiscos de ángeles que volan a mi vera.
Sigo volando cada vez más rápido acompañado por cada vez más ángeles...
(Que ¿cómo sé que son ángeles? Pues la verdad es que únicamente por las descripciones oníricas y tradicionales que hallamos en cualquier cuento o historia. Los seres que me acompañan volando tienen largas alas blancas, de un blanco inmaculado, como los paños que cubren sus cuerpos puros... No cabe duda: son ángeles.)
Creo oír a los ángeles guiarme entre las nubes y así, tras varios minutos (¿horas, días? No tengo ni idea) por fin parece que llego al destino que me tenían previsto. Pero allí no hay nada, no hay ruido, tampoco silencio, no. No hay nada. Ni luz, ni sombra, ni calor ni frío. Nunca estuve en un lugar así. Los ángeles desaparecieron. Estoy solo.
Miro por todas partes pero mis ojos no ven nada, me hallo perdido en medio de la nada. Intento hablar pero no me sale ningún sonido de la boca.
¿Dónde estaré?, me pregunto y recuerdo que me dijeron que iba a un lugar en el que sería feliz y en el encontraría el amor. Pero, ¿cómo puedo ser feliz en un lugar vacío? ¿Cómo puedo encontrar el verdadero amor en este lugar?
De pronto, aparece un objeto en medio de la nada. Parece ser un espejo. Me acerco pero no veo nada, no. Doy un paso hacia atrás por el miedo que me está empezando a entrar en todo el cuerpo. ¿Cómo puede ser que mi imagen no se refleja en el espejo?
Decido darme la vuelta y no mirar ya más al espejo cuando dentro de mí oigo una vocecita que me dice que tengo que mirar de nuevo. En un primer tiempo resisto, pero la insistante voz de sirena me canta que si no lo hago podría morir sin conocer quién es mi verdadero amor.
Siento mi cuello girar sin que realmente lo haya decidido yo, mi cuerpo ya no obedece a mis pensamientos (la hora de pensar ya pasó, recuerdo, ahora estoy en el mundo de los sentimientos) y gira entero para posicionarse ante el espejo, y miro...
Mi reflejo sigue ausente pero creo percibir una silueta femenina dibujarse ante mis ojos, no consigo reconocerla, pero noto cómo van dibujándose también rasgos más precisos de su rostro, para mostrarme lo que andaba esperando y temiendo: Ella.

De pronto, noto el contacto de una mano sobre mi cara, abro los ojos y veo a mi novia acercando los labios para robarme un beso. Estaba soñando, pero mi despertar ahuyentó la imagen nítida que se estaba dibujando en el espejo, y ahora no consigo recordar quién era esa mujer que me miraba tan fijamente.

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“Al mundo libre, le dejo mil sueños,
Del viento libre he querido ser el dueño.”

Versos de Robe Iniesta


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