19 averías en 55 días. Muy explícita la última frase del reportaje...
Los usuarios de Renfe pasan de la ira al motín en la 19ª avería del año
• Un centenar de pasajeros cortan la vía en Martorell en otra jornada de retrasos y desinformación
• Montilla exige que se invierta tanto en obra como en atención a los afectados por los repetidos fallos
MAYKA NAVARRO
MARTORELL
Los usuarios de Renfe se cansaron primero de poner al mal tiempo buena cara (hace años ya de eso). Después, de protestar al alimón para hacer más sonora su queja en los medios de comunicación. Ayer, la 19ª interrupción del servicio ocurrida desde que comenzó el 2007 terminó en un motín de pasajeros en la estación de Martorell y en un accidentado cierre de taquillas en Vilafranca del Penedès. La cosa no fue a mayores, pero dio claramente a entender que el pandemónium en que parece haberse convertido el viaje en tren por Catalunya ha cruzado una frontera de incierto destino.
Es como un reactor nuclear sin barras de control. La crispación se realimenta a sí misma con cada nuevo impacto. Es inevitable cuestión de debate. Empresarios, sindicatos, el president Montilla, el Síndic de Greuges... Todos mediaron ayer. Próximamente, incluso, parece que habrá en el Congreso de los Diputados una sesión monográfica sobre el caso Adif-Renfe.
El suceso de Martorell, para ir por partes, fue una increíble cadena de despropósitos.
A las seis y media de la mañana se produce una avería técnica entre las estaciones de Martorell y Castellbisbal. ¿Culpa de quién? Como otras muchas veces, Renfe culpa a Adif y Adif culpa a Renfe. Por lo tanto, despropósito número uno. Falla el sistema de electrificación. Eso es lo único que queda claro.
A las 6.45, una casaca roja del servicio de información de la compañía de trenes reconoce a los impacientes pasajeros de la estación de Gelida que no sabe qué pasa. Despropósito número dos.
Número tres. Llega el tren a Martorell y los viajeros son invitados a bajar de los vagones. Cuál es la sorpresa cuando descubren que el tren se prepara para volver por donde ha venido. Ahí da comienzo el motín. "¿Lo hacemos?", se preguntan algunos. Sí. Casi un centenar de los 400 usuarios presentes en la estación saltan a las vías. No lo saben, pero horas más tarde, Jordi Prat, responsable de Renfe y Adif para el área de Barcelona desde que la avería se convirtió en cuestión casi nacional, les reñirá. Eso no se hace, dice Prat, ya que pone en peligro las vidas de los pasajeros y la seguridad del sistema. Es curioso (cuarto despropósito): precisamente en esa estación hay que pasar obligatoriamente por las vías para cambiar de andén.
La cuestión es que llega la Guardia Civil. Primero una pareja que, con malos modos, exige un rapidito desalojo. Luego llega una docena más de agentes. El quinto despropósito tiene gracia: los usuarios terminan por conocer por boca de un guardia civil qué es lo que sucede y cuánto más habrá que esperar.
A la estación llegan por fin los autocares de emergencia. Una parte del pasaje se monta en ellos. Otra parte, no. Parece una broma del mal gusto, pero a los más tozudos les suben por fin en un tren y los de los autocares, a la carrera, cambian de idea. Todos en tren.
Los viajeros llegan a Castellbisbal a trompicones. Ahora arranca, ahora para, ahora arranca.... Llegan a Castellbisbal. Sexto despropósito. Los Mossos d'Esquadra han tomado intimidatoriamente la estación. Ninguna ocupación de vías más. Esa parece ser la consigna. La espera esta vez es más breve.
El caso es que un trayecto que en condiciones normales requiere 35 minutos le ha comido a los afectados unas dos horas. ¿Es mucho? El director de Economía y Política Empresarial de Pimec, Albert Roca, calculó ayer que 15 euros podría ser, perfectamente, el precio de cada hora perdida por un usuario de Renfe. Total, que el día que la avería afecta a 100.000 personas, como en ocasiones ha ocurrido, se pierden tan tontamente 1,5 millones de euros por hora. Es difícil, no obstante, cuadrar un cálculo de las pérdidas acumuladas a lo largo del año. Unos llegan tarde al trabajo. Otros, a un examen preparado con paciencia durante semanas. Cada pasajero tiene su historia. Sumadas, impresionan.
Es un problema, no cabe ninguna duda, mayúsculo.
"Está muy claro que se están conculcando los derechos de centenares de miles de ciudadanos", subrayó ayer el Síndic de Greuges, Rafael Ribó. Es su trabajo, recoger quejas. La posición del presidente de la Generalitat, José Montilla, requiere más equilibrio. Sufre en cierto modo el desgaste de la mala gestión de una competencia que reclama (se la reconoce a la Generalitat el Estatut) y no tiene. "Estaremos encima para garantizar el cumplimiento de los plazos de todas las obras", prometió ayer.
Años y años de falta de inversión se están tratando ahora de subsanar con inversiones urgentes de cinco millones de euros en material móvil y fijo. Montilla, no obstante, subrayó que tan importante es remozar la vetusta red como "reforzar la atención a los pasajeros". La observación tiene su qué, porque las víctimas de los retrasos, cuando se les pregunta, protestan más por la incertidumbre y la desinformación que por el retraso en sí. Puede que Renfe y Adif es-
tén ya invirtiendo y mucho en material, pero en trato personal, como fue evidente ayer, queda mucho por hacer.
Por último. Tras el episodio de ayer, ¿qué? Por lo pronto, el PP ha decidido respaldar la petición de los grupos minoritarios que en el Congreso prestan su apoyo al Gobierno para que se celebre en la Cámara baja un pleno extraordinario. Con el voto de los populares, la petición saldrá adelante sin duda. Una cuestión distinta es cuándo podrá llevarse a cabo. Dicho de otro modo. Cuántas averías más se acumularán hasta tan interesante pleno.
Si se mantiene la media, el próximo lunes, toca. Más información el próximo martes.