Los albaneses deciden su «no futuro» en las urnas
Berisha y Nano, protagonistas de los quince años de la Albania «democrática», se vuelven a enfrentar en las urnas. La población de uno de los países más pobres de Europa asiste descreída a unos comicios en los que la única sorpresa reside en la posibilidad de que emerja una opción bisagra.
Fatos Nano o Sali Berisha. El ex presidente Berisha o el actual primer ministro, Nano. Ambos encabezan la disputa en las elecciones parlamentarias de Albania. Y ambos están empatados en las encuestas, con un 35% de intención de voto.
Berisha, del derechista Partido Democrático, aspira a arrebatar al socialdemócrata Nano la jefatura del Gobierno, acabando con ocho años de Partido Socialista en el poder.
¿Sus credenciales? Con sus grandes dotes de orador, transformó una inicial revuelta estudiantil en un movimiento de oposición general que acabó con la Albania comunista en 1990, sostenida a duras penas por Ramiz Alia, el sucesor del histórico Enver Hoxha.
Auge y caída
Presidente del país desde 1992, fue el pionero de la salvaje liberalización económica de Albania saludada en su día como ejemplo por los gobiernos occidentales. Tamaño entusiasmo provocó su caída en 1997, de la mano de una rebelión popular armada (más de 2.000 muertos) contra las «Pirámides», sociedades especulativas de crédito que él mismo fomentó y que arruinaron al ya paupérrimo pueblo albanés. Su caída dio paso a la entrada en escena de Nano, otrora experto en el Instituto de estudios marxistas-leninistas del Comité Central del Partido. «Yo soy ante todo un economista liberal», repite hoy una y otra vez.
Economista liberal y «prisionero político» de Berisha, quien le mandó en 1993 a la cárcel por «haber detraído 7 millones de dólares de ayuda italiana al desarrollo». La revuelta contra el desfalco organizado promovido por Berisha le abrió las puertas de la prisión.
Nano se presenta como el único que puede lograr el desembarco de Albania en la OTAN y en la UE. Es la peligrosa fe del converso. ¿Y Berisha? El mismo reconoce que lideró la insurrección contra el comunismo porque se sentía «corresponsable de la dictadura».
Todo es posible en Albania
En la Albania «democrática» todo es posible y es el candidato de la derecha quien critica ahora las salvajes privatizaciones y la corrupción rampante que ahoga al país.
El reformador de la izquierda albanesa le acusa de demagogo y «populista». Y es que Berisha juega ahora con el viento a favor del malestar de la población, el mismo que le sacó del poder. Un malestar visible durante las protestas y manifestaciones de febrero y marzo del año pasado.
«Cada año, 100.000 albaneses emigran para buscar trabajo en Occidente», acusa Berisha. Acaso exagera, pero no miente. Tampoco dice toda la verdad. El fenómeno era igual o más sangrante bajo su mandato.
Los datos eran y son escalofriantes. Según la ONU, el 25,4% de los 3 millones de albaneses sobreviven con menos de dos dólares diarios. «La mitad de ellos son jóvenes menores de 21 años, mientras que el 5% de la población sufre pobreza extrema, con menos de un dólar diario», asegura el informe.
La situación no explota porque los 800.000 albaneses emigrados aportan cada año a la economía del país 750 millones de euros.
Ambos, Nano y Berisha, han protagonizado durante la campaña una carrera de insultos y descalificaciones y ambos han prometido que dejarán la política en caso de derrota.
Tercera fuerza
Pero irrumpe en las encuestas con un 10% de intención de voto vital, por cuanto se descarta una eventual mayoría absoluta de uno u otro, la formación socialdemócrata disidente Movimiento Socialista de Integración, de Ilir Meta. Meta, ex primer ministro a principios de esta década y enemistado a muerte con el «padrino» Nano, aspira a convertirse en árbitro.
«Hay que desprenderse de Nano y Berisha», sostiene Meta, que les acusa de haber tomado «a Albania como rehén».
Parece el triste sino de los albaneses. Rehenes de otomanos, serbios, italianos, soviéticos... y ahora secuestrados por los cantos de sirena y las promesas hueras de la Unión Europea.
Los más marginados en los olvidados Balcanes.
Los albaneses ya no comen sus propias berzas; los clanes las importan
Tomates macedonios, naranjas griegas, patatas brasileñas: con los mercados invadidos de productos importados, los agricultores albaneses el 55% de la población tienen difícil la simple supervivencia y su malestar puede quedar patente en los comicios.
«Los productos albaneses son excelentes pero todo se queda en nuestras manos o se pudre en los campos», se queja Sanie, 40 años y la silueta de una anciana.
«Tras la caída del comunismo yo tenía esperanza. La democracia nos ha devuelto la tierra pero la vida es cada vez más difícil. Hoy, hasta una buena cosecha es sinónimo de miseria», añade.
Ha probado con todo tipo de productos. Pero, a falta de subvenciones, créditos bancarios y de una política agrícola real, no hace más que acumular deudas.
En Burizana, a 40 kilómetros al norte de Tirana, el corte diario de electricidad supera las seis horas, las canalizaciones están atoradas y el agua del grifo no corre más que una hora al día.
«¿Votar? ¿Para qué? La izquierda, la derecha... todos son iguales. Bellas promesas. Los políticos vienen, prometen, se van y todo se olvida».
Al igual que hizo su único hijo, Arben de 19 años, que se fue a Grecia, desde hace casi tantos los hombres se van de los pueblos, abandonando sus tierras, donde subsisten algunos olivares y naranjales resecados.
La parcelación de las tierras y la ausencia de las prometidas ayudas e infraestructuras han puesto a la agricultura albanesa de rodillas.
«En nombre del liberalismo, la agricultura de Albania ha sido laminada por la concurrencia de sus vecinos», denuncia el antiguo ministro de Agricultura, Hasan Halili.
Antaño, Albania exportaba más de 100.000 toneladas de legumbres al año y el tabaco reportaba anualmente al Estado 38 millones de euros.
Hoy, el país compra a sus vecinos las frutas, legumbres, cereales, aceites alimentarios, azúcar y tabaco y gasta al año 310 millones de euros, según cifras oficiales.
Todo podría ser fácilmente producido en Albania y todo es importado. Una política en la que proliferan grupos de interés, de distintas tendencias políticas, que han creado «monopolios» económicos favoreciendo las importaciones.
«La falta de control sobre las importaciones y la corrupción de las aduanas favorecen el contrabando», añade Halili. Corrupción que cierra el círculo del drama liberal de Albania. De los 40 millones de dólares en tabaco que los albaneses consumen, la mitad es, no ya extranjero, sino de contrabando.
Pues eso, que "menos mal que cayo la URSS", diran los albaneses...o tal vez no...


