LAS PRISAS DE SEPTIEMBRE
A nadie se le escapa que nuestros días son cada vez más absurdos y febriles, dilapidados en un ajetreo incesante que con frecuencia se convierte en un fin en sí mismo, sin otra causa que la mera desazón que nos atenaza. La vida -sobre todo la vida en los grandes conglomerados urbanos, pues en provincias aún se puede respirar el aroma de otra vida distinta, más reposada y pródiga en solaces- empieza a parecerse demasiado a una fábrica insomne cuyas chimeneas humeasen las veinticuatro horas del día sin saber exactamente por qué, por el mero afán de no interrumpir la producción, aunque poco a poco sus almacenes se abarroten de excedentes que jamás encontrarán destino. Apretados por la premura, azuzados por una especie de vértigo insensato (como el conductor que descubre que se han estropeado los frenos de su automóvil y, para contrarrestar el miedo, para espantar la caricia de la muerte, aprieta el acelerador), hemos llegado a pensar que, a falta de otros alicientes más duraderos, el sentido de nuestro paso por la tierra se cifra en hacerlo todo a matacaballo, nerviosamente, como acuciados por un ultimátum, y a ser posible mezclando actividades, multiplicando inútilmente nuestros esfuerzos en tareas que se anulan unas a otras, hasta depararnos un saldo final de derrota. Y es que la prisa contemporánea, entre otras notas distintivas, se caracteriza por su intrínseca vacuidad: actuamos con prisa para exorcizar los males que nos rondan, con la esperanza de mantener entretenido el hastío metafísico que nos corroe, pero a la postre esa prisa no nos torna más activos ni dinámicos ni resolutivos, sino que, por el contrario, nos enfanga en un pandemónium de inagotables pejigueras que acaba convirtiendo nuestras horas en un infierno sin reposo.
Reuniones a troche y moche en las que nunca se resuelve nada, conversaciones telefónicas atropelladas que nos impiden mantener ese diálogo íntimo y sosegado que debemos a nuestra propia alma, una turbamulta de preocupaciones ociosas (valga el oxímoron) que acaban descuidándonos de lo que verdaderamente importa... La precipitación urde su telaraña y se regodea mientras nos envuelve en su sustancia pegajosa y apremiante, hasta hacer de nuestra vida una penosa sucesión de automatismos. Aquella vida beata y santa, con pocos pero doctos libros juntos, en la que aún podíamos enumerar las estrellas (pero con la prisa vino también la contaminación, que borra las escrituras del cielo); aquella bendita alegría de saber que nadie te mide el tiempo, salvo el perezoso tañido de las campanas de alguna iglesia
remota, que nada te turba ni acelera ni estraga; aquella delicia consistente en disfrutar del curso lento de las horas, como quien paladea un licor añejo, entregado al deleitoso discurrir de los pensamientos, ¿dónde han quedado?
Cada vez siento con mayor pujanza el reclamo de esa vida sin trasiegos, serena como el cristal. Quizá por eso, a la vuelta de agosto, cuando la gente regresa de sus vacaciones (que, paradójicamente, no han hecho sino estresarla aún más), me gusta perderme en algún lugar nunca declarado, inaccesible al teléfono, furtivo como esa nieve que no llega a fundirse en verano, escondida en algún nevero que aún no ha escrutado la luz del sol. Las prisas de septiembre son las peores, las más insidiosas y perentorias: quizá en ello tenga parte el sentimiento de frustración que nos han dejado las vacaciones; o quizá más bien sean fruto de ese "recambio de pilas" que algunos proclaman con una sonrisa lela y satisfecha, confundiendo la verdadera renovación interior con ese remozamiento superficial que nos convierte en lacayos de la prisa. Sea como fuere, en septiembre la gente parece como agitada por el baile de San Vito, atrapada en un torbellino de afanes superfluos: los teléfonos humean, las requisitorias se multiplican, el tráfago de insulsas banalidades elevadas al rango de asunto primordial amenaza con ahogarnos. Es el momento de huir, de tomar aire, de esfumarse.
(El Semanal, semana del 4 de septiembre al 10 de septiembre de 2005)
Lo siento, pero a pesar de lo que me ha gustado el artículo, que no ha sido poco (plas plas), sólo me salen abjetivos calificativos deplorables (que no pienso decir, ya que sólo seré intolerante de mente y con ciertos personajes...) para este noble y exquisito usuario del lenguaje castellano (*).
(*) por su libremente elegida manera de escribir.
PD: creo que editado unas cuantas veces ya está correcto xD, y edito para borrar lo de capullo, quedaba ofensivo


