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Estábamos solos, ella y yo; el silencio se había adueñado de la situación y sabía que era mi momento. La miré a los ojos y le pregunté si quería que le regalara un verso y de una patada, me mandó al infierno.
En el arco de entrada, la gente se agolpaba para pasar.
Invadido y empujado suavemente por la inercia, comencé a avanzar. En aquel tránsito, el brillo que alguna vez tuvieron mis ojos, fue evaporado de ellos, el corazón que se despertó en mí cuando te conocí, fue arrancado de mi pecho y servido para cenar y mi alma fue sacada de mi cuerpo, para después ser lavada, escurrida y puesta a secar, sujeta con unas grapas, al calor del averno y sin una sola gota de vida.
Alguien grita mi nombre y siguiendo esa agónica y horrible voz, me acerco al agujero del que ha emanado.
Mi Falta: Quererte.
Mi Castigo: La eternidad.
Sigo la voz que me dirige como si fuera un fantasma perdido en el olvido de la imaginación de la gente. No veo donde voy ni quienes me rodean. La tristeza que decora este lugar, impregna los hedores de la desolación, de la amargura y de los sueños que tuvieron principio pero jamás se les permitió tener final.
Mi pena: No encontrarte en mi camino.
Mi Condena: La soledad.
Vago por este austero paraje, buscando, agónicamente, una esquirla de esperanza a la que agarrarme, pero solo encuentro abruptos salientes que me recuerdan que mi corazón volvió a sentirse libre de amar y que en realidad, debería haberlo tenido encarcelado entre los barrotes de la razón.
La música del desengaño me acompaña en cada paso que doy, tiñendo de absurdas notas, los pentagramas que componen mi vida.
Mi derrota: Sentirte sin tenerte.
Mi vergüenza: La osadía.
Un mar de agua salada brota del gris de mis ojos, restregándole a la maltrecha alma que cuelga de unos hilos, su injuria a la alegría, su altanera actitud al desear algo que jamás estuvo escrito para ella, por querer sin tener permiso...
Tras una máscara decido esconder mi avergonzado rostro; no merece ni ver la escasa luz que este lugar pueda guardar en algún remoto sitio.
Los sinsabores del hastiado presente que se me plantea, no me importan. No, ya no. Como pude creer que un ser como yo, un duende que habita en los bajos fondos, un despojo de un error de la naturaleza, podría contar con el brillo de la suerte de frente, para poder compartir contigo, unas míseras sonrisas y unos taimados besos.
Mi error: La esencia pura.
Mi destino: La locura.
Agotado de las burlas de los seres que aquí ¿viven? , me paro para descansar, si es posible, de la tortura que el recuerdo realiza en mi a cada segundo, de los destrozos que el deseo causo en mi ánimo de desertar y de un hueco en mi cuerpo que aun trata de recuperar la... no, no sé porque sigue luchando por algo que jamás volverá.
Mi mirada se extravía hasta cruzarse con una puerta de salida y se aproxima hacía ella seguido de mis restos.
La idea de volver a palpar ese bálsamo libre, sin mezcla, honesto y puro vuelve a zumbar entre mis oídos, a repetirse, a animarme a sentir esa dulce condena de nuevo.
Mi mano se posa sobre el pasamanos y empujo, cegándome, un destino que se me antoja conocido.
Estábamos solos, ella y yo...
Mi camino: Luchar.
Mi Fin: No olvidarte.
Saluditos para todos




